Código de silencio (Amores en la Segunda Guerra Mundial nº 7) Capítulo 23 Silencio de guerra
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Capítulo 23 Silencio de guerra

No quedó nada sobre el balasto de acero salvo dos líneas paralelas que brillaban con una grasa grisácea bajo la cellisca persistente de Buckinghamshire.

El aire se asentó de golpe, pesado y frío, cargado con el olor agrio a carbonilla húmeda y al azufre de los hogares apagados.

Alistair Finch permaneció inmóvil al borde de la línea de cal apagada del andén.

Los dedos de sus pies estaban insensibles dentro del cuero empapado de sus zapatos.

Metió la mano izquierda en el bolsillo del abrigo raído; la tela de paño rancio estaba helada.

La derecha continuaba pegada al vientre, inmóvil bajo el forro desgastado, con las capas de lienzo y esparadrapo marrón punzándole la falange en un compás seco y constante.

Un cabo de la Policía Militar, plantado junto a la báscula de paquetería, carraspeó con aspereza y golpeó la cantonera de su fusil Lee-Enfield contra los adoquines.

Alistair dio media vuelta sin mirarlo.

Cruzó el paso a nivel con pasos mecánicos, eludiendo los charcos de agua ferruginosa que cubrían las traviesas de pino alquitranado.

La carretera hacia Bletchley Park era una franja de barro arcilloso flanqueada por setos de espino pelados por el invierno.

Caminó pegado a la cuneta. Dos camiones Bedford QLD de tres toneladas pasaron rugiendo en sentido contrario, con las lonas caqui azotadas por el viento del este, salpicando las perneras de su pantalón de franela con una marga amarillenta y densa.

El olor a gasolina pesada y a caucho vulcanizado caliente cortó el vaho que Alistair expulsaba a ráfagas cortas.

Avanzó tres cuartos de milla con la barbilla hundida en las solapas del abrigo. No se detuvo a recomponer el vendaje del índice, aunque la sangre coagulada tiraba de la piel viva cada vez que el brazo oscilaba con el paso.

Alcanzó la garita norte del complejo. La alambrada de espino vibraba bajo la llovizna con un gemido metálico.

Bajo el cobertizo de chapa ondulada ya no estaban los hombres de la sección de Marcus.

Dos centinelas de reemplazo, con las insignias del regimiento de infantería ligera de Oxfordshire y las polainas sucias de caliza, le cerraron el paso con una bayoneta cruzada sobre el listón de madera pintado a franjas blancas y rojas.

—Pase civil y registro de turno —exigió el soldado más joven. Tenía la piel enrojecida por el sabañón y la boca apretada en una línea torpe.

Alistair sacó con torpeza su cartulina de identificación del bolsillo del chaleco, usando el pulgar y el dedo medio de la mano derecha para no flexionar la articulación herida.

El centinela tomó el documento, cotejó la fotografía sellada en seco y recorrió con la vista la ropa desaliñada del matemático: la camisa sin botones en el cuello, las manchas de grafito en la mandíbula y el lodo seco que le cubría las rodillas.

—Matemático de la Hut 8 —masculló el centinela, estampando el cuño de control de las trece horas con un golpe seco de la palma—. No se desvíe del camino de tablas. Hay orden de tiro preventivo fuera de las sendas balizadas. Pase.

Alistair cruzó la cancela sin responder.

El recinto de Bletchley Park hervía bajo la llovizna con la indiferencia brutal de una fábrica en plena producción de guerra.

Una hilera de ciclistas del Servicio Femenino Naval (WRNS), con las capas de agua azul marino hinchadas por el viento, pedaleaba a toda prisa entre los barracones de ladrillo hacia el comedor de servicio.

Junto a las tolvas de la mansión victoriana, tres soldados con los torsos cubiertos de polvo negro descargaban carbón de hulla a paladas regulares desde un volquete.

Las palas de hierro resonaban contra la chapa: un compás metálico, monótono, que se clavaba en las sienes como un clavo frío.

Nadie alzaba la vista. Nadie se detenía a observar el paso vacilante del analista civil.

La maquinaria militar trituraba las horas, los barcos y los nombres con la misma eficacia con que el fuego de la caldera había devorado los papeles de la taquilla dos horas antes.

Alistair empujó la puerta batiente de la Hut 8 con el hombro izquierdo.

El golpe de calor denso y cerrado de la nave central lo recibió como un muro.

Olía a café de achicoria recalentado en cacerolas de estaño, a lana empapada secándose contra las tuberías de vapor y al polvo de tiza en suspensión que caía desde las pizarras de cálculo.

En las bancadas, una treintena de analistas y traductores continuaban encorvados sobre las tiras perforadas, con las plumillas arañando las cuadrículas en un susurro continuo.

Alistair levantó los ojos hacia la pasarela de madera elevada que dominaba el pasillo este.

El puesto de vigilancia estaba ocupado.

No había capote largo ni hombros anchos recortados contra el montante de pino.

Un teniente de intendencia de rostro cetrino y gafas redondas de montura de alambre permanecía sentado tras la barandilla, anotando números en una libreta de tapas negras con una pluma nueva.

Llevaba la guerrera impecable, sin una mota de barro en las bocamangas, y el barboquejo de la gorra ajustado con un rigor de manual que nunca había conocido el barro del desierto.

El oficial no miró hacia la puerta cuando Alistair entró; su atención no vigilaba cuerpos ni respiraciones, solo controlaba la rotación horaria de los formularios de entrega.

Alistair avanzó por el corredor central. Las suelas de sus zapatos crujieron sobre las tablas húmedas. Se detuvo frente a la bancada cuatro.

El taburete cojo seguía allí. La superficie de pino mostraba la quemadura oscura de la tinta ferrogálica derramada días atrás, una mancha indeleble con bordes dentados que el cepillo del fogonero no había logrado arrancar.

Alistair apartó el abrigo hacia atrás con la mano izquierda y se sentó despacio.

La rigidez de la espalda le arrancó una respiración corta entre los dientes.

Apoyó ambas manos sobre la madera cruda. La izquierda, abierta, con las yemas frías apoyadas en el borde astillado.

La derecha, cerrada a medias, con el vendaje sucio de esparadrapo marrón descansando exactamente en el límite de la mancha de tinta. A tres pulgadas de su pulgar reposaba un lápiz Faber de mina blanda, afilado de nuevo por el jefe de turno con cortes limpios de navaja.

Alistair flexionó los dedos sanos y tomó el grafito.

El habitáculo técnico acorazado del fondo tembló.

El motor trifásico de la máquina Bombe naval número cuatro despertó con un bramido electromecánico que sacudió los travesaños del suelo bajo sus pies.

Los sesenta tambores de baquelita comenzaron a girar a régimen forzado.

El chasquido rítmico de los engranajes de cobre y latón llenó la estancia con su cadencia de granizo metálico, amortiguando cualquier pensamiento, cualquier eco de pasos sobre los adoquines de una estación lejana.

Un ordenanza naval de la Royal Navy depositó sobre el banco cuatro un nuevo fajo de tiras telegráficas recién llegadas de la estación receptora de Scarborough: una serie interceptada en la red naval del Báltico, encabezada por grupos de cinco letras rojas.

El papel continuo olía a tinta fresca y a cera.

Alistair acercó la primera cuartilla. Apretó los molares hasta que los músculos de la mandíbula se tensaron con una dureza de pedernal.

Sus ojos no se desviaron hacia la puerta ni hacia el andén vacío donde el tren ya corría hacia Londres.

No habría mención en los despachos oficiales de Whitehall.

No habría actas, ni medallas, ni una sola línea mecanografiada en los archivos de la Corona que consignara la existencia de un billete arrugado con una constante matemática pegado al pecho de un capote militar.

Alistair apoyó la punta del lápiz sobre la primera celda vacía de la cuadrícula y comenzó a calcular.