8 Decker
DECKER
Me tomo mi tiempo al volver por la carretera y doblar la esquina hasta mi camioneta, con el vaso caliente contra las yemas de mis dedos. No quería que reconociera mi vehículo, pero había otro igual aparcado delante. No era lo ideal.
Subo, bajo el parasol para bloquear el sol de la tarde y coloco el café en el portavasos. Tengo una reunión a la que acudir, como casi todos los domingos: dentro de quince minutos, pero se tarda treinta en llegar. Seguro que me lo echarán en cara.
Me incorporo a la carretera. Mis tareas como portero siempre terminan en la madrugada de los domingos. Everett es profesor. Lawson es policía, pero normalmente tiene los domingos libres —si trabaja el fin de semana, no es hasta tarde.
West es el único cuyo domingo es el día más ocupado de la semana.
Sería más interesante si creyera en Dios.
O quizás es más interesante porque no cree, y ni un alma ha notado jamás que su conducto hacia el Todopoderoso es un pagano asesino.
No estoy seguro. Supongo que nunca he pensado lo suficiente en ello para decidirlo.
Y ahora... tengo otras cosas en las que pensar.
La brisa de agosto peina con sus dedos mi barba mientras me dirijo a las afueras.
Cuando ella dijo por primera vez que yo era un monstruo, pensé que me había arrastrado a esa habitación para decirme que me había pillado vigilando su casa —que la policía estaba esperando para detenerme.
Tal vez que iba a cortarme la polla, ya que para entonces la tenía fuera.
Eso habría sido una página de mi manual de estrategias.
Es mejor que tu presa esté vulnerable antes de hacer tu movimiento. Intenté disculparme, pero entonces...
Eres un monstruo. Me encanta, joder.
Le encanta —¿me quiere? No tengo clara la distinción entre esas frases, aunque Everett me ha asegurado que existe.
En mi experiencia, la palabra amor se utiliza como moneda de cambio.
En un interrogatorio, Por favor, quiero a mi mujer significa Por favor, no me mates.
Pero cuando amenacé a sus mujeres, ni un solo hombre dijo jamás: Por favor, la quiero, mátame a mí en su lugar.
La única otra vez que escuché Te quiero en un contexto similar a Naomi... bueno. No me gusta pensar en eso.
Pero Naomi es diferente. Eso no era una moneda de cambio. Naomi simplemente reconocía que había identificado lo que soy —un monstruo. Un salvaje. Quizás ella tiene su propia bestia con la que lidiar, lo que le permite reconocerla en mí. ¿Tiene un lado oscuro que nunca he visto?
Hay señales de que este es el caso. Prefiero la vigilancia analógica, salvo un vistazo rápido a las redes sociales, así que no sé mucho sobre su pasado.
Pero hice una búsqueda en Google que mostró una sola noticia.
Un allanamiento de morada que salió mal, el padrastro con el cráneo destrozado por una pala.
Ella tenía diecisiete años. Pero una pala no es el instrumento típico de un ladrón.
Se me tensa el pecho; el dolor reconoce al dolor. ¿Es ella como yo? ¿Aunque sea un poco?
No puedo estar seguro. Pero en lugar de huir gritando de la bestia en mi interior, como habrían hecho la mayoría de las mujeres, ella me atrajo hacia sí, me amó. O amó eso. Todavía tengo problemas con la distinción.
Pero no estoy seguro de que importe. No dormí nada anoche, ni siquiera quise ducharme. Me quedé tumbado con su ropa interior rasgada en la cara, empapándome de su olor. He estado entumecido toda mi vida, y hoy... no lo estoy.
No me malinterpretes, no soy tan estúpido como para pensar que de alguna manera ella cambió mis emociones a encendido.
Muchos psicópatas tienen personas que les aman y eso no les hace sentir.
Mis camaradas han sangrado juntos, han matado juntos, y no hay amigo más cercano que aquel que ha observado tus ojos mientras quitas una vida.
Pero la lealtad no es lo mismo que el amor. Y todos lo sabemos.
Pero me gusta la manera en que mi corazón se siente un poco oprimido, cómo late más rápido desde que ella me tocó.
Me gusta cómo se me seca la boca cuando pienso en ella.
Incluso esas sensaciones de ataque cardíaco, la manera en que mi pecho se aprieta incómodamente, ese hormigueo detrás del esternón...
Me gusta muchísimo.
La grava cruje bajo mis neumáticos mientras recorro el largo camino de tierra que conduce a la iglesia de West. ¿Debería haber entrado primero en la cafetería, en lugar de esperar para asegurarme de que ella entraba? Probablemente. Habría sido menos sospechoso, por la forma en que me soltó.
Pero aunque sonaba molesta, su rostro era un conjunto de microexpresiones contradictorias. Estaba emocionada de verme. También quería darme su número. Solo quiere tener el control; tiene que tener el control por lo que pasó con su ex. Es una prueba.
Deslizo mi camioneta en una plaza de aparcamiento cerca de la parte trasera del aparcamiento de San Miguel y me apresuro a través del asfalto agrietado.
West vive en un apartamento en el sótano que los cuatro renovamos justo después de llegar aquí. Corrección: justo después de que él nos trajera a Mercer Point.
La familia de West es dueña de este pueblo, y dijo que era un buen lugar para que tipos como nosotros nos mezcláramos: lo suficientemente pequeño y rural para que una persona bien conectada se mantenga informada, pero lo suficientemente grande para que un hombre sea invisible.
Podemos ser quienes realmente somos aquí, aunque con algunas limitaciones importantes.
La puerta principal se abre sin hacer ruido, con las vidrieras proyectando cortes de colores sobre los brillantes bancos de pino. El suelo reluciente apesta a aceite de limón.
Pero la escalera del sótano detrás del altar huele a café rancio.
West dirige una reunión de Narcóticos Anónimos después de los servicios los domingos, y el olor siempre perdura.
A veces huele a tarta, a los dónuts que compra para el grupo.
Pero siempre huele a sudor también: el almizcle de la desesperación, el hedor agrio de la heroína de anoche filtrándose a través de los poros.
En cuanto se marchan, West monta la mesa de póquer.
Es solo una mesa plegable, pero tenemos dos barajas y un maletín lleno de fichas.
No es exactamente un comportamiento «adecuado» para un sacerdote, pero West probablemente podría salirse con la suya.
Quizás apueste, puede que ni siquiera sea creyente, pero jamás ha hecho daño a un niño, y el Vaticano permite que esos tipos sigan por ahí.
De todos modos, lo mantenemos en secreto. La iglesia perdonó a West sus pecados una vez, cuando se unió a sus filas. No lo harán de nuevo.
Everett, Lawson y West ya están aquí, sentados en sus sitios habituales, con sus rasgos marcados bajo los fluorescentes. No hay ventanas en el sótano, así que sin importar la hora del día, las luces del techo zumban como cigarras.
—Vaya, vaya, vaya, mirad quién se ha dignado a honrarnos con su presencia.
Everett cruza los brazos y levanta una ceja lo suficientemente alta como para asomarse por encima del grueso marco de sus gafas.
Es hilarantemente discreto, con su mechón de pelo castaño claro demasiado largo, cayendo sobre su frente —el típico «profesor» con una rebeca verde oliva y pantalones caqui.
Estoy seguro de que sus alumnos de cuarto curso piensan que es un empollón. Y lo es, en cierto modo.
—Me he dormido —digo mientras me deslizo en la última silla plegable y coloco mi café sobre la mesa.
Lawson frunce el ceño ante el vaso, su pelo castaño rojizo oscuro cortado al rape como una llama casi del mismo color que su camiseta: Bigfoot tampoco cree en ti. —¿The Bean? ¿Desde cuándo vas ahí?
—Sí —West hace un puchero—. Hoy he hecho el café especialmente asqueroso solo para ti. —Pero él también está mirando de reojo el vaso.
—¿Cómo se llama? —pregunta Everett al mismo tiempo que Lawson dice—: ¿Quién es la víctima?
Mierda. Normalmente no cazo en Mercer Point, ninguno de nosotros lo hace, pero conocen la mirada. No debería haber ido a la cafetería hoy. Nunca he llegado tarde a una partida de póquer. Excepto una vez.
Mi silencio es todo lo que necesitan. El ceño de West se frunce. Lawson parpadea. Los ojos de Everett se abren de par en par.
—Joder, tío —Lawson se recuesta en la silla plegable y cruza los brazos—. ¿Quién es ella?
Podría mentir, supongo. Pero si sospechan que no estoy diciendo la verdad, todos me darán la lata.
—No es como antes.
—Que no sea Tara no significa que sea algo bueno.
Mi pecho se tensa. No hablamos de Tara. Nunca. Y fuera o no buena para mí, ella dijo que me quería, lo que me hizo querer conservarla. Me hacía sentir que no era un monstruo, aunque no me hiciera sentir ese cosquilleo como lo hace Naomi.
—Tara era una sociópata —continúa Lawson—. Y te convenciste a ti mismo de que era el amor de tu vida.
—No me convencí de nada.
West se pasa una mano por su espeso pelo negro, muy al estilo de George Clooney en Ocean's Eleven. —Decker...
—Ella se me insinuó a mí anoche en el club —digo—. Prácticamente me arrastró al cuarto de mantenimiento. Yo no ligué con ella ni nada.
—Venga ya —espeta Lawson—. Fue al único club de baile en dos horas a la redonda de Mercer Point, se emborrachó lo suficiente para tomar una mala decisión, y tú fuiste lo bastante caballero como para aprovecharte Menudo héroe estás hecho.
—No fue una mala decisión, y no me aproveché. Ella es... diferente.
—Eso dice cada idiota delirante. —Lawson niega con la cabeza—. ¿Sabes cuántos de esos tíos veo en mi trabajo? Todos piensan que su víctima es especial, que en secreto lo desea, que solo se está haciendo la difícil.
Mi visión se torna roja—la furia es una emoción que nunca he tenido problemas en sentir. Está equivocado. Ella se me insinuó. Me desea. Solo está nerviosa por lo de su ex, así que está... haciéndose la difícil.
—Ella no es una víctima —gruño, intentando mantener la voz firme.
—Aún no —dice West.
El silencio que sigue es ensordecedor.
—Decker... —West suspira—. Tienes que parar. Sea lo que sea lo que crees que está pasando entre tú y esta mujer, no es real. Está en tu cabeza, igual que antes.
—No puedo ayudarte si la cagas otra vez —dice Lawson, con voz queda, pareciendo en todo momento el típico poli taciturno.
—¿Por qué no la llamas y la invitas a tomar algo? —dice Everett—. Deja que la evaluemos.
Ni de coña. Solo quieren saber quién es ella. Es lo mismo que hicieron con Tara.
Y entonces desapareció.
—No tengo su número.
West arquea una de sus espesas cejas, tirando del alzacuellos.
Normalmente se lo quita antes de que lleguemos aquí, se cambia a una camisa clerical de mezcla de seda y pantalones negros, zapatos negros pulidos, todo hecho a medida como corresponde a un hombre de su posición—la parte rica, no la parte de «hombre de Dios».
Pero parece que hoy olvidó el alzacuellos.
O, a juzgar por cómo me mira, solo estaba esperando una razón para interpretar al Padre Pierce.
—¿Lo perdiste?
—Ella... No me lo dio—dijo que era cosa de una sola vez. Pero no puedo decir la segunda parte en voz alta. Porque realmente suena descabellado cuando lo contrapongo a la idea de que ella me desea.
¿Tienen razón? ¿Me lo estoy imaginando?
—¿Entonces no intercambiasteis números? —dice Everett lentamente, como si hablara con uno de sus alumnos—. ¿Le preguntaste?
Frunzo el ceño, reproduciendo la cafetería en mi cabeza. Dijo que era cosa de una sola vez, pero definitivamente quería que fuera algo más.
—Ha tenido malas experiencias con hombres, así que está siendo cautelosa. Pero quería darme su número. La mirada en sus ojos...
—Tu formación te está confundiendo —dice Everett—. Malinterpretar, incluso ver solo lo que queremos ver... todos hemos pasado por eso. —Me mira directamente—. ¿Recuerdas por qué hacemos esto cada semana, hermano?
Me llevo el café a los labios. Estamos aquí para mantenernos a raya unos a otros. Tenemos algo bueno en Mercer Point, y no podemos dejar que la vida en este pequeño pueblo se vuelva desordenada.
Pero en ninguno de nosotros se puede confiar. No estando solos.
Todos somos monstruos. Todos tenemos nuestras debilidades. Y un monstruo que cruza la línea debe ser eliminado por el bien común. Es pura lógica.
—La dejaré en paz —digo. Pero estoy mintiendo.
Y por las expresiones de sus caras, lo saben.