42. Capítulo 42 #2
A Mara se le encogió el estómago. Había llegado el momento; tenía un nudo enorme en la garganta y apenas podía tragar.
Las manos empezaron a temblarle y el corazón le latía desbocado.
Ya estaba bien, no había escapatoria ni más excusas.
Si no aprovechaba este momento, todo habría sido en vano. Automáticamente, levantó la mano.
—¿Sí? ¿Hay otra pregunta ahí atrás?
Sergio estiró el cuello intentando ver a Mara, pero ella se había ocultado tras los otros alumnos hasta ese instante.
Ahora se puso de pie. Lentamente y con cuidado, irguió el tronco para no asustar a Sergio.
Mara se aclaró la garganta. Ojalá su voz no la traicionara ahora. De los puros nervios, sentía la necesidad imperiosa de beber un poco de agua, pero lamentablemente no había ninguna a mano. Pues tendría que ser así. —Yo tengo algo más que decir.
Los ojos de Sergio se abrieron de par en par por la sorpresa. —¿Qué haces tú aquí? —Entonces su rostro se cerró. Entornó los ojos y la sonrisa dejó paso a una expresión severa.
Mara tragó saliva. Ese no había sido precisamente el recibimiento que esperaba.
Pero ¿qué esperaba en realidad? ¿Que la recibiera con los brazos abiertos antes incluso de que hubiera pronunciado una sola palabra?
Eso habría sido pedir demasiado y sería cualquier cosa menos realista.
Ahora lo que importaba era convencer a Sergio de que podía confiar en ella.
De que no había nada por lo que tuviera que desconfiar. De que nunca le había mentido.
—Sergio, tengo que hablar contigo. No respondes a mis llamadas, no me abres la puerta. ¿Qué otra cosa podía hacer? La única posibilidad de verte es aquí, en la universidad.
—Mara, estoy trabajando. No tengo tiempo para conversaciones privadas, y tampoco creo que mis alumnos puedan aprender nada de ti.
—Al contrario, creo que simplemente tienes que tomarte ese tiempo ahora. Si quieres, les preguntamos a tus alumnos, pero creo que no les importa si les robo unos minutos de su valioso tiempo, ¿verdad?
Mara miró por el auditorio. Se había hecho un silencio sepulcral, se habría podido oír la caída de un alfiler. Todos los estudiantes la miraban con atención y negaban con la cabeza o le hacían un gesto de aprobación con el pulgar.
—¿Ves? No hay objeciones, así que por favor: escúchame solo unos minutos. ¡No hace falta que digas nada, pero escúchame!
—Mara, por favor, esto no conduce a nada. Aparte de dejarme aquí como un soberano estúpido.
Se dirigió a sus alumnos: —La clase ha terminado por hoy, pueden irse. Lean para mañana de la página doscientos veintiocho a la doscientos cuarenta.
Un murmullo recorrió el aula mientras el conjunto de estudiantes abandonaba la sala. En el pasillo se siguió oyendo el alboroto durante un buen rato.
Sergio guardó sus cosas en el maletín e intentó rechazarla, pero ella vio el brillo en sus ojos que lo delataba.
Inconscientemente, él quería darle una oportunidad, ella podía sentirlo.
Y no habría sido Sergio si no se hubiera subido las gafas en ese preciso instante.
Le había cogido tanto cariño a ese y a otros de sus pequeños tics que no pudo evitar sonreír.
—Sergio, sé que te sientes traicionado. Piensas que te he utilizado y mentido durante meses, que te he engañado y que todo era una farsa.
Y, en realidad, si nos ponemos estrictos, yo también podría estar indignada.
Porque todo eso de lo que me acusas, sin llegar a ponerlo en palabras, también me hiere a mí.
Nunca te he dado motivos para dudar de mi amor.
Podías confiar en mí a ciegas, y puedes seguir haciéndolo hoy mismo.
—Sí, nada más fácil que eso. Pero ¿dónde te has dejado a tu prometido? ¿Va a aparecer de nuevo a la vuelta de la esquina para demostrarme lo idiota que soy?
A Sergio parecía haberle dejado de importar que Mara lo hubiera asaltado allí mismo, en la universidad. Las emociones habían tomado el control, y eso era exactamente lo que Mara esperaba.
—Vincent ya no es mi prometido, Sergio. Lo fue durante mucho tiempo, sí. Quizá debería habértelo contado, pero esa relación estaba más que terminada cuando nos conocimos.
—¿Y por qué te buscó aquí entonces? A mí no me pareció que esa relación estuviera terminada, en absoluto.
Sergio negó con la cabeza y bajó la mirada al suelo.
Habían desaparecido toda la seguridad en sí mismo, el orgullo y el entusiasmo que irradiaba hace apenas unos minutos como profesor.
Ahora volvía a ser Sergio, el hombre que dudaba de su propio valor, el que no creía que alguien pudiera amarlo.
Debía de estarse sintiendo otra vez como en todas sus relaciones anteriores: insignificante y falto de afecto.
A Mara se le partía el corazón al saberse culpable de ello.
—Sé que lo que viste sugería otra cosa, y creo que Vincent lo planeó precisamente así.
No quería aceptar que yo no iba a volver a Hamburgo con él.
Pero para mí, esa historia ya era pasado.
Vincent me engañó y, por mucho que intenté olvidarlo, siempre estuvo presente.
Durante mucho tiempo estuve muy enfadada con él, me resultaba imposible perdonarlo.
Pero ahora ya lo he hecho, porque me he dado cuenta de que ya no significa absolutamente nada para mí.
No es importante, ni para mí ni para ti.
Vincent es un personaje secundario en mi vida; sí, es algo que no puedo deshacer y, en realidad, tampoco quiero.
Con Vincent viví momentos buenos y malos; al final pesaban más los malos, pero yo no quería verlo.
Me aferré mucho tiempo a una relación que no era buena para mí y a un hombre que no encajaba conmigo.
Solo gracias a ti y a tu amor he podido comprenderlo.
Mara bajó lentamente unos cuantos peldaños. En ese momento se abrió la puerta lateral junto al escritorio y entró Stefano.
—Sergio, ¿puedo...?
Stefano enmudeció a mitad de la frase al darse cuenta de la delicada situación en la que acababa de irrumpir.
—Ahora no, Stefano.
—Entendido. —Stefano cerró la puerta desde dentro y se apoyó contra ella para evitar que entrara nadie más. O para impedir que Sergio huyera, Mara no lo tenía claro. En cualquier caso, ninguna de las dos opciones era mala.
—Mara, todo eso no son más que palabras vacías.
¿Cómo voy a saber que puedo confiar en ti?
Me refiero a que ese hombre aparece, te abraza y te besa.
Y tú simplemente dejas que ocurra. No dijiste ni una palabra, no te apartaste de él ni me explicaste qué demonios estaba pasando. ¿Qué quieres que piense?
—Lo sé, Sergio, y lo siento muchísimo. En ese momento simplemente no supe reaccionar.
Que Vincent apareciera aquí me pilló tan desprevenida que me quedé en estado de shock.
Nada de aquello me parecía real, era como una pesadilla.
Solo cuando te marchaste fui consciente de lo que había hecho.
Pero Sergio, te lo repito: nunca te he mentido ni te he engañado.
Mi amor por ti ha sido y es real. Estos últimos días han sido un infierno sin ti.
Despertar por la mañana sin ver tu cara radiante es como si el sol no volviera a salir.
A Mara se le quebró la voz un instante y las lágrimas corrieron libremente por sus mejillas.
Pero no le importaba. Sergio podía ver perfectamente lo mucho que le afectaba la situación y lo en serio que se tomaba sus palabras y sus actos.
Siguió hablándole con insistencia, diciéndole todo lo que sentía, sin filtrar sus pensamientos antes de pronunciarlos.
Quería que lo escuchara todo. Quería que sintiera que lo amaba de verdad.
—Un día sin ti es un día perdido, e incluso la belleza de Florencia pierde sus colores.
No me imagino una vida sin ti, Sergio. Y no la quiero.
Por favor, danos otra oportunidad; no dejes que termine ahora lo que apenas acaba de empezar.
Una vida nueva, que valga la pena vivir, con trescientos sesenta y cinco días al año para disfrutar juntos.
Por favor, confía en mí y dame una oportunidad más.
Mara había bajado más escalones durante su declaración de amor, pero aún no quería dar los últimos pasos. Todavía veía la duda en los ojos de Sergio; no había logrado disiparla del todo. El aula seguía en silencio. Incluso Stefano parecía contener el aliento, siguiendo la escena con tensión.
Sergio volvió a negar con la cabeza. —Mara, todo eso suena muy bien, y habría sido el hombre más feliz del mundo si me hubieras contado todo esto hace una semana.
Pero las circunstancias han cambiado. No sé cómo puedo volver a confiar en ti.
Lo que pasó me ha sacudido hasta lo más profundo.
Mi corazón se ha roto en mil pedazos y sencillamente no sé si puedo volver a recomponerlo.
No puedo actuar como si nada hubiera pasado. Me has herido demasiado.