Cipreses, amor y tú: Latidos en Florencia (Latidos en la Toscana 1) 40. Capítulo 40 #2
89%

40. Capítulo 40 #2

Mara tomó asiento en el acogedor rincón donde se había sentado tantas veces.

Allí Ornella se había esforzado al máximo para que mejorara su italiano, y allí habían forjado sus planes de futuro.

Cuántas veces se había sentado allí con Sergio a escuchar a la italiana, que cada día tenía historias peculiares que contar.

De Florencia, del vecindario o de sus clientes.

Ornella siempre tenía una anécdota para animarla.

Y estaba segura de que Ornella le creería.

Sabría que no había fingido nada y que cada palabra había salido directamente de su corazón.

Sabría que amaba a Sergio con toda su alma.

Y si alguien podía aconsejarla, esa era Ornella.

—Cielo, ¿qué ha ocurrido? —La italiana la estrechó con fuerza contra su pecho.

—Ornella, lo he estropeado todo. Sergio...

—¿Qué pasa con el chico? ¿Qué ha hecho ahora? ¿Ha vuelto a llevar a cabo uno de sus planes sin pies ni cabeza sin consultarlo contigo? ¡Ahora mismo le voy a cantar las cuarenta!

—No, esta vez Sergio es el perjudicado. Yo lo he destruido todo.

—¿Qué ha pasado? —Los ojos de Ornella se entrecerraron.

La ligereza había desaparecido de su expresión.

Mara sabía que Sergio era como un hijo para Ornella.

La mujer mayor se había tomado como misión en la vida apoyar a Sergio, animarlo y estar ahí para él.

De repente, Mara se dio cuenta de que no iba a ser nada fácil convencer a Ornella de que no había herido a Sergio a propósito.

—Yo no quería que pasara nada de esto. Ornella, ha habido un malentendido enorme. Sergio cree que estoy prometida y que solo he estado fingiendo estos últimos meses.

—¿Qué? ¿Pero cómo se le ha ocurrido semejante tontería? Eso es un disparate. ¿Qué tiene el muchacho en la cabeza?

Mara levantó la mano para hacer callar a Ornella. Con las palabras saliendo a duras penas y tropezando una y otra vez, intentó aclararle a la italiana lo que había sucedido. Sabía que todo sonaba terriblemente caótico, y veía en la cara de Ornella que le costaba seguir su explicación.

—A ver, hija, ve más despacio. Te diré lo que he entendido y tú me confirmas si es correcto. ¿Tienes un prometido? Y ha aparecido cuando estabas cenando con Sergio. ¿Él ya lo sabe y se ha atrincherado en su casa? ¿Es así?

Ornella estaba indignada, su voz había ido subiendo de tono y miraba a Mara con los ojos echando chispas de rabia. Al parecer, no había captado el punto en el que Mara explicaba que no estaba prometida en absoluto. Naturalmente, ahora estaba alterada y pensaba que Mara era una desalmada.

—No, Ornella, no es eso. No estoy prometida. Estuve prometida con Vincent, pero rompimos el compromiso mucho antes de que yo viniera a Florencia. Vincent me engañó y nos separamos. Ya no estamos prometidos. Solo montó un numerito lleno de mentiras, pero Sergio se lo creyó.

Ornella la miró pensativa. —Está bien, te creeré, Mara.

He llegado a conocerte como una persona abierta, amable y sincera.

Por eso no creo que fueras capaz de engañar a Sergio durante meses.

Y a mí mucho menos. Soy una excelente fisonomista de almas y rara vez me he equivocado.

Te aprecio mucho y sigo pensando que eres la mujer ideal para Sergio.

—Gracias, Ornella, eso significa muchísimo para mí. Me quitas un gran peso de encima.

Mara se lanzó a los brazos de Ornella y la apretó con fuerza.

No se había dado cuenta de que, durante todo ese tiempo, había estado clavándose las uñas en el muslo por la tensión.

Solo ahora sentía cuánto le dolía. El agobio fue desapareciendo lentamente.

Si Ornella podía creerla, Sergio, con suerte, también podría.

—Me alegra tanto que me creas, Ornella. Sé lo unida que estás a Sergio y, por favor, tienes que creerme cuando te digo que nunca quise hacerle daño.

Quiero a Sergio por encima de todo y tengo que arreglar esto.

Debo convencerle de que puede confiar en mí, de que todo ha sido un malentendido estúpido.

—Tendrás que hacerlo, pero no quiero darte demasiadas esperanzas.

Cuando Sergio está herido, suele retirarse como un animal herido.

Se encierra en su casa, solo sale para ir a trabajar y no mira ni a derecha ni a izquierda.

Seguro que ahora será igual. Se atrincherará en su piso y le dará vueltas a sus pensamientos.

Debes saber que Sergio ha tenido diversas relaciones en los últimos años.

Por desgracia, no salieron como yo esperaba. Hubo algunas chicas muy majas...

Mara enarcó las cejas. Definitivamente, aquel no era el momento adecuado para que la informara sobre las ex de Sergio.

En el fondo, ni siquiera quería imaginar que él hubiera estado con otras mujeres antes.

Sabía que era así, por supuesto, pero no necesitaba recordarlo precisamente ahora. ¿A dónde quería llegar Ornella con eso?

Pareció que ella se percataba del desconcierto de Mara y continuó hablando rápidamente: —Ninguna de ellas era tan importante para Sergio como tú, no pienses eso.

Eran relaciones más bien superficiales. Nunca esperé que llevara a ninguna de esas mujeres al altar.

Pero pasaba un buen rato con ellas, y eso era lo principal.

A mí lo único que me importaba era que el chico estuviera bien.

Mientras duraban las relaciones, parecía ser así.

Sin embargo, todos esos romances terminaban igual.

Ellas rompían de repente, de la noche a la mañana, y Sergio se quedaba solo otra vez.

No sé qué le habrán dicho, pero lo que sí sé es que cada vez se sentaba aquí en mi tienda como un alma en pena.

De forma parecida a como estás tú ahora, con la cabeza y los hombros caídos y el ceño fruncido.

Y con cada una de esas relaciones que se rompía, la autoestima de Sergio menguaba.

Llegó un punto en el que ya no se valoraba a sí mismo.

Pensaba que era un perdedor al que la vida trataba mal, no tenía ninguna confianza en sí mismo.

Mara tragó saliva. Sabía que Sergio era extremadamente introvertido y, por supuesto, había notado que había cambiado en los últimos meses.

El reservado profesor se había convertido en una persona llena de vida.

Disfrutaba enseñándole las maravillas de su Toscana y había florecido de verdad.

Ella también se había dado cuenta. Pero que su confianza estuviera tan dañada la dejó conmocionada. Miró a Ornella con tristeza.

—Sí, lo sé, es difícil de entender. Pero eso no cambió hasta que tú entraste en la vida de Sergio.

De repente volvía a tener alegría de vivir, reía y cavilaba mucho menos.

Ha cambiado mucho. Tú lo has cambiado. Para mejor.

Y por eso es importante que volvamos a encarrilar esto.

Estáis hechos el uno para el otro y a Sergio le mataría perderte.

No quiero ni imaginarme cómo se siente ahora mismo.