33. Capítulo 33
—Mara, ¡qué alegría que estés aquí! Sergio, tú también, por supuesto.
Ornella se había lanzado hacia ellos en cuanto abrieron la puerta de su joyería.
Todo cambiaba muy rápido: ahora Mara ya recibía el saludo de una vieja amiga, y él era solo el acompañante.
Pero a Sergio no le importaba. Al contrario, estaba inmensamente agradecido a Ornella por tratar a Mara con el mismo cariño que a él.
Mara se lanzó entusiasmada a los brazos abiertos de Ornella. Sergio observó sorprendido cómo las dos mujeres se daban un largo abrazo, como si se conocieran de toda la vida.
—Venid, os voy a preparar un expreso. ¡Sentaos! Tengo algo que contaros.
El corazón de Sergio dio un pequeño vuelco. ¿Acaso Ornella ya le había buscado un trabajo a Mara?, ¿había encontrado algo en tan poco tiempo? Si era así, sus plegarias habían sido escuchadas.
Sergio se subió las gafas una vez más. Tenía que deshacerse de ese tic de una vez, pero por mucho que se lo propusiera, cuando llegaba el momento ni se acordaba.
Lo hacía de forma automática y sabía que le daba un aire de profesor despistado.
Pero en aquel momento aquello no era importante, y mientras a Mara no le molestara, no tenía por qué cambiarlo necesariamente.
—Bueno, escuchad: he estado en la calle de al lado, con mi buena amiga Maria. Tiene una boutique de mujer con unos vestidos exquisitos. Sergio, ¿tú la conoces, verdad? Te la presenté una vez.
Ornella miró a Sergio con gesto inquisitivo, y él se devanó los sesos intentando recordar si realmente conocía a esa tal Maria.
De forma consciente, desde luego que no, pero si la viera, seguro que se acordaría.
No podía decirle eso a Ornella. Ella lo miraba con tal orgullo y expectación que no tuvo corazón para hacerlo.
Bueno, una pequeña mentira piadosa no haría daño en este caso.
—Claro, Maria. Me acuerdo —dijo Sergio sonriendo, y esperó de todo corazón que Ornella no siguiera indagando y descubriera su pequeño embuste. Ella lo miró con una ceja levantada, pero continuó con su relato.
—Yo misma no puedo permitirme esa ropa tan fabulosa, ni siquiera cuando Maria me la deja a precio de coste, pero eso no viene al caso.
He hablado con ella sobre ti. Le he contado que trabajabas en una boutique de lujo en Hamburgo y le he metido el gusanillo de a cuántos turistas alemanes podría atraer si pusiera un aviso en su escaparate indicando que en la tienda se habla alemán.
¿Quizá lo has visto ya? En mi escaparate también tengo esa pequeña pegatina.
Es un truco genial para que los turistas alemanes entren en la tienda.
En el centro de Florencia hay muchísimas boutiques y los clientes a veces no saben exactamente dónde entrar.
Pero si ven una pegatina así en el escaparate, ya han superado el mayor obstáculo y se sienten bienvenidos de inmediato.
Todo eso se lo he contado, y ahora escuchad...
Sergio se enderezó en el asiento. Las explicaciones de Ornella habían sido muy positivas hasta aquel momento y el brillo en los ojos de su vieja amiga le hacía esperar lo mejor.
—Estaría encantada de que fueras a presentarte. ¿No es fantástico?
Ornella dio una palmada y soltó una carcajada. Mara se levantó de un salto, rebosante de alegría, y abrazó con fuerza a la italiana.
—¡Ornella! ¡Es fantástico! No sé cómo agradecértelo.
—Oh, cara, no tienes que agradecérmelo para nada. Con ver el brillo en los ojos de Sergio cuando te mira, ya es agradecimiento suficiente. Solo quiero que el chico sea feliz de una vez, y tengo la sensación de que tú podrías ser la razón por la que por fin le dé una oportunidad a su vida.
Sergio no había dicho nada hasta entonces. Había seguido la escena en silencio, deleitándose con la alegría de las dos mujeres más importantes de su vida.
—Sergio, ¿qué dices a esto? ¿No es fantástico?
—Sí, Mara, lo es de verdad. Siempre supe que eras alguien muy especial, Ornella. Te agradezco que te involucres tanto por nosotros y por nuestro amor.
—¡Venga ya!, si parece que haya conseguido la paz en el mundo.
Solo he hablado con ella. Hablo a menudo con Maria, ¿sabéis?
Es una buena amiga y creo que deberíamos ir la semana que viene mismo.
Este fin de semana hay demasiado jaleo en Florencia.
Lo mejor es que esperemos a principios de la semana que viene; entonces iré con Mara a ver a Maria y ya veremos. ¿De acuerdo?
—Por supuesto, no tengo nada que hacer de todos modos. Aparte de las clases de italiano, que vamos a empezar mañana de verdad, no tengo ninguna tarea por el momento.
Sergio notó en Mara que ese tema la agobiaba más de lo que quería admitir. Por supuesto que no tenía tareas de momento, todavía estaba en fase de adaptación. Pero gracias a Ornella eso cambiaría pronto, y entonces Mara seguramente también podría imaginarse un futuro en Florencia. Con él.
Ella le había contado a menudo que amaba su trabajo en la boutique.
Que le producía una gran alegría asesorar a las clientas y sacar lo mejor de ellas.
Y él estaba seguro de que en Florencia podría poner eso en práctica al menos tan bien como en Hamburgo.
Al fin y al cabo, Florencia era famosa en todo el mundo del diseño.
Aquí había diseñadores con un talento natural, tiendas de alta calidad y los clientes con las carteras adecuadas.
Sergio sacudió ligeramente la cabeza. Al final, su plan había salido a la perfección, aunque por el camino había tenido sus dudas.
En un primer momento todo le había parecido muy lógico, y estaba claro que solo Ornella podría resolver el problema.
Pero después de que ambas mujeres se mostraran sumamente sorprendidas y ofendidas por su iniciativa en la última visita, casi había archivado su plan.
Que ahora fuera a resultar tan sencillo le sorprendió, e intentó encerrar y guardar bajo llave ese sentimiento de felicidad que se extendía por su pecho.
No quería que sus pensamientos negativos lo arruinaran todo.
Quería ser optimista por una vez en la vida, creer que, gracias a esta oportunidad única, sería posible una vida con Mara.
Era importante que él también le transmitiera a Mara que creía en ella y en su éxito.