27. Capítulo 27 #2
Con destreza, extendió la mantita que había sacado de su mochila.
Luego sacó agua y zumo, fresas, trozos de sandía y de piña ya cortados.
Además, había traído pan con prosciutto y grissini.
También llevaba un pequeño cuenco con ensalada de tomate y mozzarella.
Y, por supuesto, no podían faltar los omnipresentes cantuccini.
Cantuccini y cipreses, dos cosas que para Sergio pertenecían irremediablemente a la Toscana.
—¿Cuándo has preparado todo esto?
—Esta mañana, cuando todavía dormías profundamente.
—¿En serio? ¿Todo esto?
Sergio se encogió de hombros. —Sí, no es para tanto.
—Bueno, si tú lo dices.
Mara levantó una ceja y se dejó caer sobre la manta.
Sergio hizo lo mismo. Juntos dieron buena cuenta del picnic.
El pan recién hecho con el jamón sabroso casi se deshacía en la boca.
La fruta fresca desprendía un aroma intenso, y la vida de Sergio era, en ese momento, más perfecta que nunca.
Él estaba bien si Mara estaba bien. Miró enamorado a su elegida.
Sus ojos literalmente brillaban y nunca había estado más guapa que en ese instante.
—Sergio, esta excursión ha sido una idea grandiosa. Es tan maravilloso estar aquí. Tan tranquilo y pacífico, tan amplio… No sé ni cómo decirlo. Me siento realmente libre aquí.
—Sí, puedes mirar hacia cualquier dirección sin ver ni una sola casa. Uno casi se siente como si estuviera completamente solo en el mundo, y a mí personalmente eso me parece algo incomparable.
Sergio volvió a sentirse inseguro. Sentía que Mara estaba sinceramente entusiasmada con el entorno, pero aún no sabía valorar si ella también era tan solitaria como él. Sin embargo, no parecía molestarle, y él suspiró aliviado.
—¿Qué te parece si seguimos un poco más? Ahora viene un tramo con algunas curvas. No es nada del otro mundo, pero para ti seguro que será algo nuevo. ¿Te importa? Lo digo por si acaso no te sienta bien después del picnic.
—No, no me importa en absoluto. ¿Sabes qué? Creo que también me gustaría probar a conducir la Vespa. ¿Me dejas?
Sergio frunció el ceño. —Has dicho que nunca habías llevado un ciclomotor, ¿verdad? ¿Estás realmente segura de que quieres probarlo?
—Claro, la ocasión es propicia. Estamos aquí completamente solos en el mundo, no hay tráfico que pueda ser peligroso para nosotros. Si puedo aprender, es aquí, y contigo. ¡Venga, vuelve a recogerlo todo!
Mara tiró de Sergio animadamente para que se pusiera de pie.
Tras su escepticismo inicial, ahora se le había metido en la cabeza aprender a conducir la Vespa y no había quien se lo sacara.
Pero tenía razón. El peligro ahí fuera era realmente insignificante.
¿Qué podía pasar? Sergio tenía que aprender de una vez a confiar y no darle vueltas a todo durante horas.
—De acuerdo. Dame dos minutos y nos ponemos en marcha.
Sergio le dio a Mara unas breves instrucciones sobre cómo manejarse mejor con la Vespa.
Lo de inclinarse en las curvas ya lo había practicado de sobra y Sergio se había quedado sorprendido de lo bien que lo había hecho.
Su compañía también resultaba muy agradable en la Vespa.
Pero ahora se intercambiarían los papeles, y aunque Sergio sabía que tenía que confiar en ella, sentía un cosquilleo extraño en el estómago.
Una vocecita en su interior quería advertirle de todo tipo de peligros.
Apartó sus dudas impaciente. Él y su instinto otra vez.
¿A qué tenía miedo? Era sencillamente ridículo que se preocupara tanto.
Hasta que se mudó a Italia, él tampoco se había sentado nunca en un ciclomotor; había aprendido solo y pronto había empezado a disfrutar simplemente por el hecho de recorrer los alrededores relajadamente.
¿Por qué entonces Mara no iba a ser capaz de conducirlos seguros hasta la siguiente ciudad?
Seguramente solo era la sensación extraña de sentarse atrás.
—¿Y estás realmente segura de que queremos seguir adelante con esto? —Sergio prefirió asegurarse una vez más, aun a riesgo de que Mara lo tomara por un loco de remate.
—Claro que sí. ¿Por qué estás tan nervioso? Solo quiero probarlo. De alguna manera, forma parte de mi nuevo «yo» el hacer cosas imprudentes de vez en cuando y no pensar en todo hasta el día del juicio final. ¿Puedes entenderlo?
Mara lo miró con sus ojazos. ¿Cómo podría haberle negado cualquier deseo?
—Bien, pues sigamos.
Mara aprendió rápido a manejar la Vespa, y Sergio tenía la sensación de que no hubiera hecho otra cosa en su vida que andar de aquí para allá con el ciclomotor.
Para él era extraño ir sentado detrás, pero también relajante.
Así podía disfrutar aún mejor del paisaje, podía absorber cada instante y cada vista.
Se apretó contra Mara y se acurrucó contra su espalda.
Una sensación incomparable tenerla así entre los brazos.
Incluso más bonito que sentirla a ella detrás de él.
Quién sabe, tal vez encontrarían un lugar idílico donde pudieran acercarse todavía un poco más.
—¿Qué tal lo hago?
—Fantástico, como si fueras una experta.
Mara volvió la cabeza y le sonrió a Sergio.
Vio la alegría en su rostro, una vitalidad desbordante que se había apoderado de ella.
La Vespa no corría mucho, pero se experimentaba una sensación de libertad al conducirla.
Por eso solía preferir el ciclomotor al coche.
Tenía ambos, pero a Eleonora la quería de verdad.
Su coche no era más que un medio para un fin.
—Ya sabía yo que podía hacerlo. —Mara se volvió una vez más y Sergio no se cansaba de mirar su rostro radiante.
—¡Mara, cuidado!
Como en una película y con demasiada lentitud, se dio cuenta de que se aproximaban a una curva y, en el mismo instante, vio venir hacia ellos el camión rojo.
El grito de Sergio, que debería haber advertido a Mara, se ahogó en su propia cabeza. No pudo articular ni un solo sonido.
Mara había girado la cabeza bruscamente hacia delante, probablemente su expresión de espanto la había impulsado a ello.
Pero no iba a poder esquivarlo. ¿Hacia dónde?
A la derecha, la ladera caía en picado y a la izquierda, justo delante de la alta pared de roca, venía de frente el camión.
Estaban atrapados en esa situación y no tenían ninguna posibilidad de escapar a lo inevitable.
Como si fuera una película, Sergio vio desfilar ante sus ojos los últimos momentos bonitos con Mara. Siempre había pensado que aquello no era más que una frase hecha, pero era totalmente cierto. Ante la muerte, miró el dulce rostro de Mara.
¿Se acababa todo aquí? Si moría ahora, al menos su vida habría tenido un sentido gracias a Mara; al menos habría podido disfrutar de algunos momentos hermosos, y por eso estaba agradecido.
Antes incluso de que pudiera terminar sus últimos pensamientos, sintió el impacto y se vio envuelto por una oscuridad liberadora.