Cipreses, amor y tú: Latidos en Florencia (Latidos en la Toscana 1) 12. Capítulo 12
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12. Capítulo 12

—¿Y tú quién eres?

—Soy Mara.

—Encantado de conocerte, Mara. Yo soy Hannes.

—El joven de pelo corto y rubio le tendió la mano con una sonrisa de oreja a oreja.

Mara se la estrechó con amabilidad, aunque deseó no haberlo hecho al instante.

La mano de Hannes estaba literalmente pegajosa de lo mucho que le sudaba.

Mara retiró la suya rápidamente y se la frotó contra el pantalón como si fuera un gesto casual.

—Bueno, voy a ver qué anda haciendo mi amiga.

—Mara buscó a Lissy con la mirada, implorando ayuda.

Esa noche, su amiga la había arrastrado una vez más a una discoteca.

La música estaba altísima y los bajos hacían vibrar su cuerpo, pero Mara no lograba relajarse.

Sabía que Lissy lo hacía con la mejor intención; quería evitar que se quedara en casa hundida en la miseria.

Se lo agradecía, pero aquella era ya la tercera noche consecutiva que salían.

Mara ya no estaba acostumbrada a salir tanto.

En su relación con Vincent, se bastaban el uno al otro y no necesitaban fiestas ni grandes movidas a su alrededor.

Jamás habrían acabado en un local como aquel.

No era, ni de lejos, el estilo de Vincent.

Si él quería hacer algo, tenía que ser exclusivo.

Le encantaba llevarla a inauguraciones de exposiciones o, de vez en cuando, a cenar a sitios elegantes.

Todo tenía que ser siempre de primera categoría y caro.

Nunca habría conseguido meter a Vincent en una discoteca normal.

Eso significaba que no tenía que preocuparse por encontrárselo allí, lo cual era un punto muy a favor del local.

—¿Quieres bailar?

Mara suspiró. Por lo visto, Hannes era de los pretendientes pegajosos.

En las últimas noches, se le habían acercado muchísimos desconocidos, y podía darse por satisfecha si la cosa se quedaba solo en palabras.

Más de uno se había puesto realmente pesado.

Había conocido ya a varias especies: los plastas de los que costaba horrores librarse, los «guays» que querían impresionarla a toda costa y, cómo no, los machitos que le hacían sentir que debía estar agradecida de que se rebajaran a su nivel.

Ninguno era su tipo, y dudaba mucho que fuera a encontrar a un hombre adecuado en un sitio así, pero Lissy no daba su brazo a torcer con sus planes.

—Verás, esto... Hannes, ahora mismo esta música no me va mucho.

—¿Ah, no? ¿Y qué te gusta escuchar?

—De todo un poco, pero esto precisamente no. —Mara no sabía cómo quitarse de encima a aquel tal Hannes. No era para nada su tipo, pero tampoco quería ser borde.

—Lissy, ahí estás. Te he estado buscando por todas partes. —Mara intentó que su mejor amiga captara por sus gestos que necesitaba librarse de aquel hombre. Pero, de repente, Lissy pareció no entender nada de lo que Mara intentaba decirle.

—Mara, qué bien, veo que ya has encontrado acompañante. Mira, ¿te presento a Mario?

Un hombre moreno de aspecto mediterráneo le tendió la mano.

Mara volvió a estrecharla, pero esta vez se vio sorprendida por un apretón firme pero agradable.

Lissy se había llevado la mejor parte, como siempre.

Sobre todo porque Mario era un auténtico bombón.

Esbelto y fibrado, sus ojos negros brillaban con picardía y el pelo oscuro le caía sobre la frente con un aire rebelde. Qué suerte tenía Lissy.

—Sí, bueno, ya sabes...

—Eso es estupendo, Mara. Disfruta de la noche y pásalo bien. Yo pienso hacerlo.

Lissy se agarró del brazo de Mario entre risitas y lo arrastró a la pista de baile. Él se dejó llevar encantado.

—¿Seguimos a tu amiga? ¿O prefieres tomar algo? ¿Puedo invitarte?

—Verás, Hannes, creo que me voy a ir a casa ya.

—¿Qué? ¿Tan pronto? Si no son ni las once.

—Lo sé, pero de repente me ha entrado un dolor de cabeza terrible, no me encuentro muy bien. Además, mañana tengo que trabajar y creo que lo mejor será que me marche.

—Vaya, qué pena, pero bueno, si no te encuentras bien, no se puede hacer nada. —Hannes agachó la cabeza. Seguramente esperaba algo más de la noche. Pero al momento volvió a sonreírle—. ¿Nos intercambiamos los números? Así podemos quedar algún día de estos.

—No, creo que no tiene sentido. No me lo tomes a mal, Hannes. Seguro que eres un chico estupendo, pero creo que con una noche tengo suficiente. Hasta luego.

Mara se dio la vuelta rápidamente y caminó hacia la salida.

Solo se detuvo un momento en el guardarropa para recoger su chaqueta.

Tenía que salir de allí cuanto antes o no se quitaría a ese tipo de encima en la vida.

Lissy ni siquiera se daría cuenta de que se había ido a casa.

Se lo estaba pasando en grande en la pista con su Mario.

Desde luego, ninguno de los dos parecía tener miedo al contacto físico.

Al contrario. Mara más bien pensó que quizá ellos también deberían irse pronto a casa para seguir allí con lo que acababan de empezar.

Mara sonrió. Su amiga era una fiestera de los pies a la cabeza y se alegraba de todo corazón de que disfrutara.

Lissy no tenía compromisos y debía aprovechar.

Aunque eso significara seducir a un hombre distinto cada semana.

Conocía a Lissy desde hacía tanto tiempo que sabía que su amiga no iba a dejar que nada le estropeara las ganas de fiesta.

Y no tenía por qué. Lissy era perfecta tal y como era.

Pero para Mara, aquello empezaba a ser agotador.

Ella lo único que quería era pasar una noche tranquila en el sofá de su casa.

Poner los pies en alto, picar algo mientras navegaba por Netflix y ver una de sus películas favoritas.

Además, había un par de series que tenía muchas ganas de ver.

Eso también había sido difícil con Vincent.

Casi nunca se ponían de acuerdo. El gusto cinematográfico de Vincent no era, por decirlo suavemente, el suyo, y por eso a menudo había tenido que ver cosas que no le interesaban lo más mínimo.

Para cuando llegaban al trigésimo octavo documental de animales, ella solía estar ya en otro mundo o profundamente dormida.

Pero ahora el televisor era suyo y solo ella decidiría la programación.

Así que, directa a casa y al sofá. Le apetecía estar a solas consigo misma.

Hasta ahora no había tenido tiempo ni para respirar ni para reflexionar.

Y tenía que pensar en su futuro y procesar el pasado.

Las heridas que Vincent había dejado eran profundas y estaban muy recientes.

Aún no se había acostumbrado a la idea de volver a estar soltera.

La perspectiva de valerse por sí misma y decidir sobre su propia vida la abrumaba.

Durante los años de su relación, Vincent había llevado la voz cantante.

Ella se había plegado a sus deseos a menudo y ahora se preguntaba por qué.

Tenía la sensación de haber renunciado a una parte de sí misma solo por agradarle.

Y, visto con perspectiva, se daba cuenta de que aquello no había estado bien.

Quizá incluso había sido eso precisamente lo que había empujado a Vincent a los brazos de otra mujer.

Posiblemente ella ya no le resultaba lo bastante interesante porque siempre se lo había puesto demasiado fácil.

Mara se llevó la mano a la frente. El dolor de cabeza se lo acababa de inventar como excusa para librarse de su pretendiente, pero ahora le dolía de verdad de tantas vueltas que le daba a todo lo relacionado con su ex-prometido.

Tendría que lidiar con esos pensamientos y sentimientos durante las próximas semanas y meses para poder superar a Vincent algún día.

Ya no había un «nosotros». Solo estaban ella y Vincent, pero por separado.

Ella lo había decidido así, era lo mejor, y ahora tenía que afrontar las consecuencias.

Tenía que empezar de una vez a poner orden en su vida y volver a aprender quién era ella en realidad.

Aunque Vincent no se había mudado del todo mientras ella estaba en Florencia, se había llevado lo más necesario y se había instalado de momento en casa de su amigo Lukas.

Así se lo había escrito por mensaje. Al menos era un primer paso y le facilitaba mucho las cosas.

Esperaba que esa separación física la ayudara a poner punto final de una vez.

Vincent seguía tan presente en sus pensamientos y en su corazón como si todavía compartieran el piso y su vida.

Aquello tenía que acabar. Pero ¿cómo iba a conseguirlo?

Mara se subió a un taxi y le dio su dirección al conductor. Con un profundo suspiro, se dejó caer en el suave asiento de cuero y cerró los ojos, agotada.