6. Capítulo 6
—¡Dios mío, Mara, ya estamos aquí! —Lissy dio una vuelta sobre sí misma con las manos en alto. Se le había soltado un poco el pelo rosa durante el vuelo y algunos mechones le caían desordenados sobre la cara, enrojecida por la emoción. Pero a Lissy esas cosas no le importaban.
Acababan de bajar del autobús que las había llevado desde el aeropuerto directamente al casco antiguo de Florencia.
Había que reconocerles algo a los italianos: el transporte público parecía funcionar a la perfección.
Mara había oído muchas veces que viajar en tren por Italia era mucho más fácil y, sobre todo, más barato que en Alemania.
Ahora estaban en pleno centro de Florencia.
La estación de autobuses estaba justo al lado de la estación central, así que pudieron encaminarse a pie directamente hacia el casco histórico.
Aquí todavía no se veía mucho de los impresionantes edificios que Mara había estudiado en la guía de viajes, pero eso cambiaría pronto.
Mara le sonrió a su feliz amiga. Era un placer tenerla a su lado.
Y se sentía aliviada de haber podido dar la espalda a Hamburgo.
Precisamente en aquella situación insoportable, estas vacaciones le venían de maravilla.
Mara dio un suspiro. Sí, después de estos días en Florencia, seguro que el mundo ya no parecería tan sombrío.
Quería recargar pilas aquí para luego recoger los pedazos de su vida.
—¡Vamos! ¿En qué estás soñando ya otra vez? Creo que tenemos que ir por aquí.
—¿Estás segura?
Lissy se quedó mirando el móvil y lo giró bruscamente en varias direcciones.
Tenía abierto un plano de Florencia e intentaba averiguar cuál de las numerosas calles debían tomar para llegar a su hotel.
Mara sabía por experiencia que dejar la navegación en manos de Lissy no era una idea muy brillante.
En sus vacaciones anteriores, las había guiado por el camino equivocado de forma sistemática.
A menudo acababan en cualquier parte menos donde querían ir.
Especialmente en Barcelona habían descubierto así algunos rincones fantásticos que no tenían en la lista; pero ahora lo que más deseaba era llegar al hotel por el camino más rápido para librarse de la maleta.
No pasaba nada si después se perdían por los estrechos callejones de la ciudad, pero con la maleta resultaba demasiado pesado.
—¡Anda, déjame a mí!
—Que no, que esto lo controlo yo.
—Ay, Lissy, ¿de verdad estás segura?
Lissy resopló y puso morritos. Luego le tendió el móvil a su amiga.
—Vale, si tú lo dices, mira tú por dónde tenemos que ir.
Mara no se lo hizo decir dos veces y agarró el móvil de su amiga.
Rápidamente se hizo una idea de dónde estaba exactamente el hotel.
Habían elegido un alojamiento en pleno casco antiguo; al fin y al cabo, querían disfrutar al máximo del ambiente de la ciudad.
Sabía por experiencia que en las ciudades del sur el ambiente solía animarse de verdad al caer la tarde.
—Vale, ya sé por dónde es. Cruzamos ahora este semáforo y luego todo recto.
—Bien, pues vamos.
Por suerte, Lissy no era una persona rencorosa.
Ya se había olvidado de que hace un momento estaba enfadada con Mara.
Junto con otras mil personas, aproximadamente, cruzaron la calle y se adentraron en el casco antiguo de Florencia.
Sus maletas iban dando saltitos ruidosos tras ellas mientras buscaban el hotel.
Mara intentaba fijarse en todos los detalles de las fachadas a derecha e izquierda de la calle y absorber el ambiente, pero Lissy le metía prisa.
Estaba impaciente por soltar el equipaje.
—¡Aquí! Aquí es, mira: Hotel De Lanzi.
—Por fin lo logramos. Estoy deseando librarme de este monstruo con ruedas.
Mara se encogió de hombros. Su maleta era la mitad de grande que la de Lissy y probablemente pesaba una cuarta parte. —Bueno, si es que has vuelto a meter todo tu armario dentro...
Lissy se cruzó de brazos. —Nunca se sabe lo que puede pasar en una semana entera, y hay que estar preparada.
Dicho esto, pasó por delante de Mara muy animada y entró directa al hotel.
Tras completar los trámites del registro, entraron en la habitación.
—Guau, esto se ve de lo más elegante. —Lissy se dejó caer con impulso sobre la cama acolchada. Una pequeña nube de polvo se levantó y se dispersó por la amplia estancia.
Mara examinó la colcha, algo anticuada, de la ancha cama. El mobiliario no era mucho de su estilo, pero todo estaba limpio y la ubicación en pleno casco antiguo era espectacular. Sentía la vida palpitar ahí fuera y en ese momento no querría estar en ningún otro lugar.
—Creo que aquí estaremos muy bien.
—Pero venga ya, que quiero ir a la ciudad, quiero ver cosas, ¡quiero echar un vistazo!
Mara se rió. Lissy era fácil de entusiasmar. Por ella estaba bien, las vacaciones con Lissy no iban a ser aburridas, de eso estaba segura.
Su mejor amiga se agarró al brazo de Mara y tiró de ella hacia fuera de la habitación.
—Y te prometo una cosa, cielo: en los próximos días voy a hacer todo lo posible para que te olvides de Vincent, ese estúpido idiota, y disfrutes del tiempo conmigo. Te lo prometo. ¡Ahora vamos a pasarlo de maravilla!