Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Cincuenta y tres

SKYE

La cabaña de caza estaba en lo profundo de los pinos, con esa clase de aislamiento que solo el dinero del MC y décadas de secretos podían comprar.

JD me apretaba la mano con fuerza mientras subíamos los escalones del porche, mi vestido arrugado en el puño, las botas sucias del camino, el corazón aún desbocado por los votos que acabábamos de pronunciar.

Dentro, el fuego parpadeaba bajo y perezoso.

Luces centelleantes envolvían las vigas, bañándolo todo en un resplandor dorado.

Una enorme cama de matrimonio descansaba cubierta con sábanas de marfil, una botella de champán enfriándose en una cubitera, y pétalos de rosa esparcidos como si aquello fuera un cuento de hadas.

Solo que esto no era un cuento de hadas.

Esto era amor forajido, salvaje y conquistado a pulso.

JD abrió la puerta de un empujón, gruñó en voz baja: —Bienvenida a nuestra primera noche de eternidad —y la cerró de una patada—. Mañana te rapto para nuestra luna de miel. No quería irme lejos para saborearte. Apenas sobreviví a la recepción —murmuró contra mi cuello.

Su chaqueta de esmoquin ya estaba tirada, olvidada en algún lugar del suelo. Me quedé frente a él, con el corazón desbocado, embriagada por la visión del hombre con el que acababa de casarme. Mis dedos se movieron despacio, provocadores, mientras le desabrochaba los botones de la camisa uno a uno.

Cada revelación me cortaba la respiración: piel bronceada dorada sobre músculo esculpido, suave y cálida bajo mi tacto. Recorrí su pecho con las manos, acariciando los relieves duros y el calor aterciopelado. Mío, pensé. Todo mío.

Me incliné y sembré besos en su pecho: suaves, reverentes, para reclamarlo como mío. Él gimió, un sonido bajo y gutural, como si le doliera contenerse. Apretó los puños a los costados.

—Skye... —dijo con voz ronca, la mandíbula tensa, los ojos ardientes—. Me estás matando.

Bien, pensé. Esta noche quería ser peligrosa. Quería que me adoraran. Quería verlo deshecho.

Le sonreí mientras trazaba un camino de lengua hasta su clavícula, luego mordisqueé el borde y le deslicé la camisa por los brazos. Ahora respiraba con dificultad, luchando por quedarse quieto, por dejarme llevar la iniciativa.

Pero esta era mi noche. Nuestra noche.

Retrocedí lo justo para dejarle ver el fuego en mis ojos, el calor en mi sonrisa. —No eres el único que manda aquí, JD —susurré, besándole el centro del pecho—. Esta noche me toca a mí desenvolver mi regalo.

Gimió de nuevo, más profundo esta vez, mientras su control se deshacía hilo a hilo. Y yo, descalza, eufórica, aún resplandeciente por nuestros votos, me sentí como una diosa frente a mi rey, lista para adorar y ser adorada.

Entonces empezaron los golpes.

Pam. Pam. PAM.

—¡JD! ¡Tienes cinco segundos para enseñarnos la liga o entramos con cámaras! —gritó Edge, borracho perdido.

—Dios mío —murmuré, medio riendo, medio horrorizada.

JD apretó la mandíbula. —Sabía que esos cabrones no nos iban a dejar ni una puta noche en paz.

Más voces se sumaron:

—¡Tenemos billetes de dólar! —Tarak.

—Deja que la chica enseñe algo de muslo, JD —River, partiéndose de risa.

—Le vamos a poner nota del uno al... ¡MADRE MÍA! —soltó Colton arrastrando las palabras.

Enterré la cara en el hombro de JD, muerta de risa.

JD suspiró, me apartó de él y fue hacia la puerta, tapándose las partes con los pantalones que se había quitado. —¿Queréis la liga o queréis ver el paquete?

Abrió de par en par la puerta chirriante. Los tíos se dispersaron como cucarachas bajo un foco: todos con trajes o vaqueros rotos, vasos rojos de plástico en mano, y un par de ellos con cámaras Polaroid y billetes preparados.

—Idiotas, os voy a matar —amenazó JD, aunque no podía evitar sonreír.

Edge levantó su cerveza. —¡Dile a tu mujer que se ha casado con este caos! ¡No se admiten devoluciones!

Regan soltó una carcajada desde detrás de los árboles. —¡Es culpa suya por tener esas piernas!

—¡FUERA DE NUESTRO PORCHE! —rugió JD, cerrando de un portazo y echando el cerrojo. Yo me moría de risa, doblada en dos, intentando no mearme encima con la lencería nupcial puesta.

JD se dio la vuelta con los brazos cruzados. —¿Te parece gracioso?

—Un poco —jadeé.

Se acercó despacio, delicioso. —¿Sabes qué no tiene gracia?

—¿Qué?

—Que no he podido tocar a mi mujer desde la hoguera.

La risa se me murió en cuanto me alcanzó.

Me besó tan fuerte que saboreé el vino con el que habíamos brindado, su boca una tormenta, sus manos aferrándose a la parte de atrás de mis muslos mientras me empujaba hacia la cama. No me arrancó el vestido: me lo fue quitando despacio, reverente, como si desenvolviera algo sagrado.

Entonces cayó de rodillas.

La liga entre los dientes.

Me miró como un depredador que por fin había atrapado a su presa.

—Mía —dijo.

—Tuya —susurré.

La liga desapareció en segundos. Su boca siguió: besos suaves en el interior de los muslos que me hicieron temblar las rodillas, luego más abajo, y más abajo aún, hasta que jadeé su nombre aferrándome a su pelo como a un salvavidas.

Cuando se levantó, ya estaba duro bajo los pantalones del esmoquin, la luz del fuego iluminando su pecho tatuado mientras se desabrochaba la camisa.

—Te quiero desnuda —dijo con voz ronca—. Piel con piel. Sin distracciones. Solo tú. Yo. Y esta noche.

Me quité todo lo demás. Lo vi gatear sobre mí como el pecado encarnado. Cuando se deslizó dentro de mí, fue despacio, como si quisiera sentir cada centímetro. Me arqueé, indefensa bajo el peso de su amor y el poder de su cuerpo.

—Dios, Skye —gimió contra mi cuello—. Me haces sentir fuego y hogar.

Susurré:

—Creo que... estoy embarazada.

Se quedó paralizado un instante. Se apartó. Sus ojos se oscurecieron.

Entonces me besó como quien reclama hasta el último aliento. Se hundió en mí como si quisiera marcar su nombre a fuego en mi alma.

Y cuando nos deshicimos juntos —gimiendo, enredados, ebrios de eternidad— supe la verdad.

No solo me dio una boda.

Me dio todo.