Cielo del desierto (MC Royal Bastards nº 4) Capítulo
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Capítulo

Dieciocho

SKYE

El hospital olía a lejía, miedo y viejos recuerdos. Me senté tensa en el borde de una silla de plástico beige en la pequeña sala de consultas mientras la trabajadora social explicaba los pasos legales a seguir.

—Con la petición de emergencia adecuada —dijo con delicadeza—, puede solicitar autoridad temporal para tomar decisiones sobre la atención médica de su madre... decisiones sobre el final de su vida, si llega a eso.

La enfermera asintió. Tyler estaba detrás de mí, con los brazos cruzados, silencioso pero presente. Y Malik se apoyaba contra la pared, con el móvil en una mano, ya haciendo planes.

—Tenemos que desaparecer —dijo Malik—. Pasar desapercibidos. No hay garantía de que alguien del mundo de JD no esté husmeando por aquí.

Tyler se tocó la barbilla y luego me miró.

—Reservaré un Airbnb con uno de mis viejos alias. Algo en las colinas, tranquilo, con acceso privado. Sin cámaras.

—Cambiaremos las matrículas —añadió Malik—. Cambiaremos de coche dos veces. Tengo móviles desechables.

Hablaban como si ya hubieran hecho esto antes. Como fantasmas ocultos a plena vista.

Apenas podía oírlos con el zumbido que tenía en los oídos.

—La vestiremos con uniforme de enfermera —continuó Malik—. Parecerá parte del turno de noche. Saldremos por el muelle de carga. Manipularé la cámara externa para que repita en bucle.

Tyler asintió.

—Yo me quedaré atrás, cogeré una bandeja de la cafetería y me pondré a comer delante de ese novato que nos ha estado siguiendo.

Me miró con una sonrisa irónica.

—Les daremos esquinazo.

Tragué saliva.

—Gracias.

No respondieron. Simplemente se pusieron manos a la obra.

Condujimos con las ventanillas bajadas en el coche señuelo de Malik, un Impala oxidado y antiguo que gemía cada vez que girábamos. Miraba fijamente la carretera, con el corazón encogido mientras pasábamos por lugares que no había visto en seis años.

La cafetería de la esquina donde JD me cogió de la mano por primera vez.

El semáforo bajo el que solíamos quedar después de anochecer.

El gimnasio del instituto donde todo cambió.

Las lágrimas me quemaban los ojos mientras los recuerdos volvían, vívidos e implacables.

Era la noche del baile de graduación. Nunca me había sentido más como una chica de cuento de hadas.

JD había aparecido con un esmoquin, un ramillete rosa pálido y una sonrisa que me dejó sin aliento.

Me hizo girar en el gimnasio, con las luces brillando sobre nosotros, el corazón acelerado con cada vuelta.

Pero no nos quedamos mucho tiempo.

Había reservado una habitación en un hotel boutique, solo para nosotros.

Había pétalos de rosa en la cama, champán en una cubitera y música suave de fondo cuando me llevó dentro.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí, con mariposas en el estómago.

—Sí.

Nos desvestimos despacio, con reverencia, riendo cuando nuestros dedos se enredaban con los botones y las cremalleras. Él besó cada centímetro de mí como si estuviera memorizando mi piel, y yo lo amé como si fuera la única noche que tendríamos.

Después, nos quedamos abrazados en el jacuzzi del balcón, las estrellas girando sobre nosotros, los brazos de JD rodeándome con fuerza.

—Nunca amaré a nadie más —susurré.

Y lo decía en serio.

Incluso ahora, seis años después, mientras me adentraba en una tormenta de incertidumbre, no estaba segura de haber dejado de amarlo.