Cicatrices en voz alta Un nuevo comienzo
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Un nuevo comienzo

Nuestra primera feria

Después de tantos meses de libertad. De construir nuestra rutina y nuestra casa, llegó la feria de mi pueblo.

Siempre había soñado con vestirme de flamenca, desde que era pequeña no me vestía.

Mi sueño era vestirme de adulta, pero nunca había podido.

Los vestidos no eran baratos y, con todo lo que había vivido era un sueño imposible.

Ahora sin ataduras, con mis hijas a mi lado y la vida empezando a sentirse realmente nuestra. Decidí cumplir ese sueño. Me compré mi vestido de flamenca, y a cada una de mis hijas les compré uno también, a su gusto, sin mirar precios.

Por primera vez íbamos a disfrutar de verdad, sin miedo, sin gritos, sin que su padre estropeara nada.

Los años anteriores habían sido distintos. La presencia de él, siempre gritando, controlando, arruinaba cualquier alegría.

Las niñas no podían disfrutar, yo me sentía avergonzada, de ir con él, frustrada, impotente.

Pero ese año todo cambió. Nos vestimos, nos miramos en el espejo y sonreímos.

Los volantes de los vestidos se movían a cada paso, llenos de colores vivos que brillaban bajo el sol.

La música de las sevillanas nos envolvía, mezclados con el aroma de los churros recién hechos y algodón de azúcar.

La música, las luces, los colores... La feria estaba llena de vida, pero lo más importante es que estábamos juntas, felices y libres.

Caminábamos entre la gente, riendo, bailando, comiendo churros, montándose en las atracciones.

Las risas de mis hijas se mezclaban con el bullicio de los carruseles y las voces de los vendedores.

Por primera vez, la feria no era un lugar de tensión; era nuestro espacio de celebración. Nuestra pequeña victoria se ha hecho realidad.

Miraba a mis hijas y sentía una plenitud que jamás había conocido. La paz, la tranquilidad, la libertad y la felicidad se sentían en cada gesto, en cada risa. en cada volantazo de los vestidos.

Por fin estábamos viviendo la vida que siempre merecimos. Ese día quedó grabado en mi memoria como un símbolo de lo que habíamos conseguido: una vida nuestra, llena de libertad, amor y alegría, sin que nadie nos controlara.

Fue un antes y un después, no sólo de la feria, sino de nuestra vida como familia reconstruida.

Un nuevo comienzo

Había pensado que la vida me deparaba algo mejor, que tenía derecho a conocer lo que era el amor de verdad, una relación donde te miraran, te cuidaran, te dieran cariño... no como lo había tenido antes. Eso, en realidad, no fue una relación; fue un tormento patético.

Un año y medio después de vivir solas, de empezar a construir mi rutina, mi casa y mi libertad, empecé a curiosear un poco en las redes sociales. No buscaba nada, sólo quería distraerme, hablar con gente, sentirme parte del mundo.

Y fue allí donde apareció él. Al principio, simplemente, me pareció agradable, normal. Me propuso quedar para tomar un café, nada más. Yo no tenía expectativas, sólo quería salir de la rutina y conocer a alguien sin presiones.

La primera cita, sin embargo, no fue para aquel café.

Lo organicé y nos vimos por primera vez en una quedada de divorciados y solteros.

Yo no me fiaba de conocer a nadie a solas.

Él era soltero, sin hijos, un par de años más que yo.

Lo pasamos bien, entre risas y conversaciones, y poco a poco surgió algo más.

Era todo lo que yo había esperado y nunca había tenido: una persona cariñosa, atenta, amable, educado. Me miraba, me escuchaba, me valoraba. Sentí por primera vez en mucho tiempo que alguien podía quererme de verdad. Por unos meses la ilusión me envolvió.

Pero algo no terminaba de encajar. Había pequeñas señales, que yo no quería ver: olvidos extraños, excusas absurdas, como perderse en la procesión, o tardar horas en volver después de ir a por el móvil o el mechero olvidado en el coche.

Yo lo justificaba, me decía que era despiste, que no pasaba nada.

Pero la sombra estaba ahí. Una burbuja negra que yo no quería enfrentar.

Conoció a mis hijas, sobre todo a la pequeña, que era la que salía con nosotros.

Todo parecía normal, salidas a la playa, procesiones, paseos. Pero dentro de mí empezaba a encenderse una alarma silenciosa, una sensación de que algo no estaba bien.

Seis meses después, lo presenté a mis padres. Ellos quedaron encantados, era tan distinto a mi exmarido, me veían feliz.

Poco después de ese día, fuimos al centro comercial. Me dejó su móvil mientras él entraba al probador. No sé por qué, pero lo miré. Y lo que ví se me clavó como un puñal.

un mensaje de otra mujer que decía

—Te deseo como ayer, ¿y tú a mí? —un mensaje de otra mujer.

Yo estaba enferma ese día con fiebre, débil y el golpe me dejó casi sin respiración.

¿Que era ese mensaje? ¿Otra decepción?

No dije nada en el momento, pero mi cara palideció y me quedé sin palabras.

Cerré el móvil, respiré hondo y guardé silencio.

Él salió y me preguntó, qué me pasaba, mi cara era evidente.

—Nada, —le respondí.

Pero no podía olvidar lo que había visto.

Esa misma noche, ante la insistencia de él por preguntar porque no hablaba.

—¿quieres saberlo? dame tu móvil un segundo —le dije.

Me lo dio y busqué el mensaje. El mensaje había desaparecido.

Él insistía en que yo estaba loca, que no había ningún mensaje borrado. Pero yo sabía lo que había leído, lo que mi corazón había sentido.

Nuestra primera pelea fue intensa y dolorosa.

Le pedí que me llevara a mi casa. Estábamos en la suya.

Él se negó.

—Hoy te quedas aquí, mañana te llevo —me dijo.

Y yo no podía irme, estábamos en otro pueblo, de noche y había ido en su coche. Esa noche me quedé, pero en el sofá. No quería saber más de él.

A la mañana siguiente me llevó a mi casa, sin mediar palabra.

Mi idea era que se acabó, pero cómo decirle eso a mis padres. ¿Otra vez?

El divorcio para ellos era como estar marcada, y ahora esto.

Pasaron los días y volvimos a tener contacto.

Quería hablar, explicarse. Me explicó que la mujer del mensaje no estaba bien psicológicamente.

Habían coincidido en una comida de empresa y se habían intercambiado los números, pero nunca pasó nada, ni la vio más.

Sólo eran mensajes de alguien desquiciado al juzgar por lo que escribía. Eso ocurrió meses antes de conocerme.

Yo quise creerle, o al menos, eso intenté en ese momento.

Y así tras esa crisis, seguimos adelante.

Porque esa ilusión que yo buscaba, ese cariño y respeto que nunca había tenido era lo que me impulsaba a seguir confiando y descubrir lo que realmente podía ser una relación sana, aunque no todo fuera perfecto.

El amor que parecía distinto

Desde que empezamos a salir, todo era muy distinto a lo que había vivido antes.

Él me miraba, me escuchaba, me valoraba... y poco a poco, también en la intimidad, descubrí sensaciones que nunca había sentido.

Durante los casi 21 años con mi exmarido, el sexo había sido mecánico, algo que él disfrutaba y yo apenas sentía; apenas recuerdo tres o cuatro momentos en los que llegué al orgasmo.

Con él, todo eso cambió. Aprendí a conocer mi cuerpo, a disfrutar, a permitirme sentir placer y a darme cuenta de que merecía vivir mi sexualidad de manera auténtica, sin miedo ni culpa.

Sin embargo, pronto descubrí que no todo era lo que parecía.

Durante los primeros meses, fui encontrando situaciones extrañas, incómodas, mentiras que se repetían de manera constante.

Descubrí que era una persona liberal, que antes de conocerme frecuentaba un pub donde se practicaban intercambios de parejas y tríos. Yo le dije clara y firme que conmigo eso no iba a suceder, que no era mi mundo ni mis límites, que dejáramos la relación.

Él aseguró que todo eso había terminado y que conmigo quería una vida normal.

Yo quise creerle.

Con el tiempo, los pequeños engaños y excusas continuaron: coches supuestamente retirados por la grúa en su casa y resultar ser en otro pueblo y de madrugada, llamadas que no cogía, móviles perdidos, que aparecían en los lugares más extraños.

Regalos confusos, viajes teñidos de incertidumbre, explicaciones que nunca cuadraban.

Aprendí a tirar del hilo, a observar y ver lo que estaba frente a mí.

Cada contradicción, cada mentira, era una grieta que abría mis ojos poco a poco. Aunque muchas veces decidía no mirar.

Mientras tanto la Primera Comunión de la pequeña se acercaba.

Su padre nunca se implicó, ni en la organización ni en los gastos.

Yo asumí todo: restaurante, reportaje de fotos, ... cada detalle.

El vestido lo escogió ella, el más bonito y nada barato. Un familiar lo pagó, era su regalo... pero yo había costeado todo lo demás.

Mi pareja estaba presente, pero muchas veces con comentarios fuera de lugar o intentando controlar lo que hacía yo por mis hijas.

Intentando hacer las cosas a su manera, no entendía que me gastara ese dinero en reportaje de fotos, restaurante....

Me dio igual, era mi hija como las otras dos y tendría lo mismo.

Era mi dinero y hacía con él lo que quería.

Incluso sugirió que la niña debería ponerse a dieta para el vestido, ya que le quedaba justo.

Algo que consideré absurdo. La pequeña tenía solo 9 años y no iba a ponerla a dieta. El vestido se podía arreglar.

Mi exmarido se desentendió totalmente. Nunca le pedí nada. Para evitar conflictos. Yo sola podía con todo. Ese era mi lema.

Ni siquiera quiso que mi hija al día siguiente lo celebrara con él y su familia. Ya que yo no los invite, ni a él, ni a su familia.

Invitarlos hubiera sido una locura, habría habido peleas, gritos y en consecuencia estropear el día de la pequeña.

Mi hija deseaba al otro día ponerse su vestido de nuevo y celebrarlo con su padre y familia paternos, pero él acabó con su ilusión.

—No.

No le importó ella, ni su ilusión. Como siempre se hacía lo que él decía.

Ella estaba preciosa, nerviosa y feliz porque... si, su padre apareció por la iglesia y se sentó junto a mí en la ceremonia. No nos miramos, ni hablamos, pero estábamos, la cara de mi hija irradiaba felicidad al mirarnos. Y yo lo entendía y aceptaba.

Ese día me recordó que, a pesar de todo, yo era capaz de darles a mis hijas lo que necesitaban... proteger su alegría y asumir mi independencia. No necesitaban a su padre para que fuera un día inolvidable.

Dicen que quien no tiene padre, tiene una madre que vale por dos.

Yo no sé si valía por dos, pero sí sé que me convertí en todoterreno. No había opción de rendirse.