Cicatrices en voz alta El nacimiento de una madre
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El nacimiento de una madre

Contra todo pronóstico

Todavía con el cuerpo dolorido, con la tristeza reciente del aborto y el legrado, ocurrió lo impensable...

Volví a quedarme embarazada. Estaba en plena cuarentena.

Apenas si me estaba curando por fuera y por dentro...

aún no había ni comenzado. Cuando fui al médico y les conté, me miraron con desaprobación. —Es muy pronto —me dijeron.

Que debía haber esperado, que mi cuerpo no estaba listo, que podía haber complicaciones. Pero yo no escuchaba más que una cosa: estoy embarazada. Y esta vez, todo iba bien.

Por primera vez en mucho tiempo, me sentí acompañada por algo que era más fuerte que el miedo: la ilusión.

Volvía a latir dentro de mí una esperanza que creía pérdida.

Aunque temía cada paso, cada síntoma, cada cambio.

Sentía que esta vez podía ser distinto. Esta vez, tal vez, la vida me daría la oportunidad de ser madre.

Era ese momento en el que la ilusión y el miedo caminaban de la mano. Una mezcla intensa de emociones que no sabía cómo sostener.

La promesa de una nueva vida

Fueron meses de espera en los que, por primera vez en mucho tiempo, me sentí un poco feliz.

Cada día era un pequeño logro, una pequeña batalla ganada.

El miedo nunca desaparecía del todo, siempre estaba ahí, escondido en el fondo, pero ya no era el protagonista.

Lo era ella. Porque sí, llegó el día en que nos dijeron que era niña.

Yo, en mi corazón, deseaba un niño. No por preferencia, sino por ese deseo de volver a tener al hijo que me fue arrebatado.

Como si la vida pudiera devolverme lo que una vez me quitó. Pero cuando escuché…

—Es una niña. —sentí algo distinto: paz. No era el niño que perdí, era otra alma. Una nueva oportunidad. Una promesa. La imaginaba con la carita dulce, los ojos curiosos, agarrando mis dedos con sus manitas. Soñaba despierta. Por primera vez, dejé que la ilusión le ganara un poco al miedo.

Empecé a comprar cositas, a preparar todo con mimo, como quien prepara un rincón para el amor más puro. Ella ya estaba dando sentido a mis días, incluso sin haber nacido.

Y llegó ella

Yo rebosaba felicidad. Cada día con ella en mi vientre era un triunfo. Una bendición que me devolvía a la vida. Había momentos en los que me sorprendía sonriendo sin darme cuenta, tocándome la barriga, hablándole bajito, imaginándome su carita, su voz algún día llamándome mamá.

Y entonces, sin avisar, llegó. Un mes y medio antes de lo previsto.

Fue una mezcla de susto y emoción, todo a la vez.

Pero cuando la ví... todo el miedo desapareció.

Era pequeñita, con poco peso, tan frágil como una mariposa, pero sana.

Viva. Fuerte. Lloró. Y con ese llanto, yo también lloré.

Pero por primera vez en mucho tiempo, lloré de felicidad.

De alivio. De amor. Era ella. Mi hija. La que había llegado para cambiarlo todo, para llenar un hueco que nadie más pudo tocar.

Ese día no solo nació mi hija. Ese día nací yo también. Como madre con tan solo 18 años.

Como mujer capaz de levantarse después de haber tocado fondo.