Cero Orgánico Capítulo 16 — Recibo #2
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Capítulo 16 — Recibo #2

Dos y medio menos. No parecía nada. Era, sin embargo, la primera vez que el número se movía hacia abajo delante de sus ojos y no solo dentro de una intuición, y verlo moverse fue distinto de sospechar que se movía.

Bajó por la hoja hasta la fila de la que subía, la chica que llevaba meses reconociendo sin querer reconocerla, la de la sonrisa que no era sonrisa completa, y ahí estaba el número nuevo, casi exactamente los mismos dos y medio puntos que ella acababa de perder, mudados de una fila a otra como si no hubiera luz que se creara ni luz que se apagara, solo luz que se repartía de nuevo.

La lógica del desechable, la que había armado sola en su cabeza los días anteriores al hueco de la aplicación de Bruno, dejó de ser una idea y se convirtió, viendo esos dos números uno al lado del otro, en una cosa que ya no necesitaba demostrarse.

Estaba demostrada. No con palabras que ella pudiera decirle a nadie, no con el vocabulario de nadie más que el suyo propio, pero estaba ahí, en tinta, con la frialdad de un balance de cuentas: lo que a ella le quitaban se lo daban a otra, y la operación no tenía ni un gramo de crueldad visible, era aritmética pura, era exactamente lo que Rodrigo le había dicho que no existía —que a alguien lo pudieran bajar a propósito— vuelto cifra, vuelto papel, vuelto algo que ella tenía ahora encima de las rodillas.

Se quedó mucho rato sin moverse, con las hojas sobre el regazo y las manos todavía frías por dentro de los guantes que se había quitado hacía un momento sin darse cuenta de cuándo, y fue entonces, en ese rato quieto, cuando le llegó el derrumbe de verdad.

No en la calle. En la calle había tenido el desprecio como armadura y la armadura había funcionado.

Aquí, sola, sin nadie que la viera sostenerse, la armadura no tenía ningún sentido, y sin ella lo que quedaba era el peso entero de la cosa: que llevaba meses construyendo algo paso a paso sin saltarse nada, que había hecho exactamente lo que el sistema le pedía que hiciera, y que el sistema, mientras tanto, sin que ella lo supiera, le estaba retirando el suelo con la misma paciencia con que se lo había dado.

Lloró sin ruido, con la cara quieta, casi sin que le cambiara la expresión, del mismo modo en que lloraba la gente que llevaba mucho tiempo entrenándose para no dejar ver nada en la cara.

Y en medio de eso, buscando algo a lo que agarrarse, lo encontró: el experto.

La idea que le había soltado a Bruno el viernes, envuelta en la excusa del contenido, la petición real por debajo de la petición falsa.

Alguien de fuera, neutral, que entendiera de verdad estas cosas, a quien poder enseñarle estas mismas hojas y preguntarle sin que le temblara la voz si lo que veía era real.

Eso seguía en marcha. Eso era lo único, en toda la habitación oscura, en todo lo que tenía sobre las rodillas, que todavía apuntaba hacia adelante y no hacia el fondo.

Se aferró a esa idea con una fuerza que no tenía nada que ver con la fuerza que había usado en la calle.

No sabía —no tenía manera de saber— que esa esperanza llevaba ya varios días viajando sola, sin ella, por un canal que no controlaba:

que Bruno se lo había contado a Rodrigo el viernes por la tarde, contento, silbando algo, convencido de estar haciéndole un favor doble, y que el mensaje llevaba desde entonces esperando, sin leer, en un teléfono que no era el suyo.

Rodrigo Prats llegó a casa esa misma noche pasadas las once, con el frío todavía metido en el cuello de la chaqueta, después de una cena que no había tenido nada que ver con Naia ni con nadie de su cartera, una cena de las que se hacían por costumbre más que por necesidad.

Se sirvió un whisky que no iba a terminarse, se sentó en el sofá de su propio salón —más grande que el de Naia, más frío también, con menos vida dentro— y se puso a repasar el teléfono con la calma de quien cierra el día antes de dormir.

Tenía la bandeja llena. La tenía siempre llena, y hacía tiempo que había dejado de sentir la obligación de vaciarla entera cada noche; leía por prioridad, y la prioridad la decidía él, sin que nadie más que él supiera cómo la ordenaba.

Bajó por los nombres. Marca grande, sí. Lucía, luego.

Un abogado, mañana. Y ahí, más abajo de lo que debería haber estado si Rodrigo hubiera abierto la aplicación con la frecuencia con que un mensaje sobre su mejor cuenta merecía, estaba Bruno, con la fecha del viernes marcada al lado, cuatro días atrás.

Lo había visto entrar el viernes, de reojo, mientras salía de una reunión, y lo había dejado pasar sin abrirlo con la misma indiferencia liviana con que dejaba pasar la mayoría de los mensajes de Bruno, que eran buenos chicos, entusiastas, pero no estaban a la altura de lo que a Rodrigo le hacía falta leer con urgencia.

Bruno avisaba de cosas. Bruno no decidía nada.

Y un mensaje de Bruno, un viernes por la tarde, se podía abrir el lunes, o el martes, o cuando tocara, porque nada de lo que Bruno escribía había cambiado nunca el curso de una semana.

Esta noche, sin embargo, con el whisky sin tocar y el frío todavía en los hombros, Rodrigo lo abrió.

Naia con una idea nueva, decía. Algo de hacer contenido explicando cómo funciona el algoritmo de las plataformas por dentro. Y debajo: quiere hablar con un experto técnico de esos, alguien que entienda de verdad cómo reparten el alcance. ¿Conoces a alguien bueno? Le mola el tema últimamente.

Rodrigo leyó las líneas una vez, deprisa, con la misma velocidad de lectura con que despachaba la mayoría de los mensajes que no exigían nada de él.

Y entonces, en algún sitio entre la segunda frase y la tercera, algo se detuvo.

No fue una alarma completa, no todavía; fue el mismo cuarto de tono más grave que llevaba semanas oyendo sin saber dónde ponerlo, el mismo ruido que le había hecho, sin decírselo a nadie, sacar a Naia del cajón de las cuentas que no miraba y meterla en el de las que sí.

Volvió a leer la frase. Alguien que entienda de verdad cómo reparten el alcance.

Dejó el teléfono sobre la mesa, con la pantalla todavía encendida, y se quedó mirando el vaso de whisky sin tocarlo, en el salón vacío, con la ciudad de fondo detrás del cristal, sin decidir todavía qué era exactamente lo que acababa de leer.