Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPÍTULO XV
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CAPÍTULO XV

El tiempo contado

Samuel Abenazir había aprendido, desde sus años de juventud, a leer los signos invisibles que los hombres vulgares pasaban por alto.

En el negocio del cambio de moneda, los verdaderos peligros rara vez se anunciaban con estrépito o desafíos abiertos: llegaban envueltos en silencios repentinos, en retrasos injustificados de los pagos y en miradas que se esquivaban en la plaza pública.

La vida le había enseñado que la peor desgracia no era la pérdida material fortuita, sino el aviso sutil que nadie en la casa quería escuchar.

Ahora, ese aviso se repetía, obstinado y sordo, en el interior de su cabeza.

No tenía una prueba física de la traición, ni siquiera una notificación formal del corregidor.

Eran palabras sueltas, comentarios ponzoñosos recogidos por Lucía casi sin querer en su hogar conyugal y frases dichas a media voz por Alonso de la Vega cuando creía que los criados no prestaban atención.

Alusiones constantes a los nombres de los parientes lejanos, a las viejas costumbres, a rezos que ya no se practicaban y a gestos “que no convenían en los tiempos que corrían”.

Nada concreto. Nada penalizable ante un juez civil.

Pero más que suficiente para encender las alarmas .

Samuel sabía perfectamente cómo funcionaba el engranaje del miedo colectivo cuando encontraba oídos dispuestos en el tribunal eclesiástico.

Había pasado demasiados años en Medina del Campo observando a otros conversos caer en desgracia.

Hombres de negocios arruinados no por una mala racha en las ferias, sino por el eco de un rumor malintencionado; familias enteras borradas de los registros de la villa no por una herejía demostrada, sino por la mera sospecha social de seguir siendo en la intimidad lo que sus abuelos siempre habían sido.

El Santo Oficio no necesitaba certezas matemáticas para iniciar un proceso: le bastaban las voces y la sospecha pública.

Por eso no se llamaba a engaño. Si el apellido Abenazir empezaba a circular de boca en boca entre los familiares de la Inquisición, si alguien decidía acudir al confesionario a desahogar su rencor —aunque no supiera bien qué aportar—, todo estaría perdido antes incluso de que pudieran preparar la defensa.

Esa noche no pegó ojo. Permaneció sentado hasta el amanecer en la sala del sótano donde se custodiaban los libros mayores de la firma, pasando las yemas de los dedos por los lomos de cuero cordobán, como si el tacto pudiera fijar aquellas cifras en su memoria antes de que las llamas o la confiscación las devoraran.

Allí dentro estaba grabada su vida entera: asientos de diario, nombres de corresponsales flamencos y acuerdos comerciales sellados con un simple apretón de manos.

Todo un imperio de papel que, llegado el momento del arresto, no valdría absolutamente nada.

Fue en mitad de esa vigilia cuando la palabra Constantinopla cobró una fuerza inusitada en su mente.

No era un pensamiento nuevo. Desde hacía años, en los márgenes más discretos de sus reflexiones, la capital del Gran Turco aparecía como un refugio lejano, casi irreal.

La gran urbe de Oriente donde los judíos expulsados de Castilla en tiempos de los Reyes Católicos habían encontrado amparo bajo el sultán; un territorio libre donde los alguaciles no preguntaban por la fecha del bautismo ni por la limpieza de sangre, y donde un hombre de negocios podía volver a llamarse por su nombre verdadero sin el temor constante a morir en la hoguera.

Allí, pensaba Samuel, contemplando la vela que se consumía, aún sería posible empezar de nuevo.

Tenía los medios necesarios. Poseía excelentes contactos en los puertos de Italia.

Podía convertir discretamente sus bienes raíces en letras de cambio pagaderas en Venecia o Ferrara, y transformar esas letras en oro contante y sonante para costear el pasaje náutico de toda la familia.

Podía hacerlo con sigilo. Podía hacerlo pronto.

Sin embargo, cada posibilidad de fuga arrastraba consigo un peso moral insoportable.

No huiría solo. Beatriz, su esposa, jamás abandonaría la casa donde habían nacido sus hijas y donde reposaban los recuerdos de la pequeña Elvira sin despedirse de su mundo.

Y Lucía… Lucía estaba unida por la ley de la Iglesia a Alonso de la Vega; su vida y su destino ya no pertenecían a la jurisdicción de la casa paterna.

Dejarla atrás equivalía a entregarla a los lobos.

Por último, Diego de Ocaña, al que amaba y había criado con la devoción de un hijo varón, estaba ligado entrañablemente al negocio, a las ferias y a un futuro próspero en Castilla que Samuel se resistía a destruir para arrastrarlo a un exilio incierto y extranjero.

Y por encima de todo, la duda legal le atenazaba las manos.

Todavía no existía una denuncia formal. Eran solo intuiciones.

Samuel sabía que una huida precipitada antes de las ferias de octubre sería interpretada por el Santo Oficio como una confesión flagrante de culpabilidad.

Si se marchaba esa semana, dejaría tras de sí un rastro condenatorio para Diego y para su hija.

Si esperaba un poco más, tal vez el peligro se disipara… o terminara por condenarlos a todos.

Al despuntar el alba, tomó una decisión intermedia, la más peligrosa de todas las que puede tomar un hombre acorralado: prepararse para la marcha sin emprenderla todavía.

Comenzó a ordenar discretamente las cuentas de la mesa de cambio.

Liquidó posiciones complejas con corresponsales de Amberes a través de giros que solo él sabía descifrar en los libros mayores.

Le dio instrucciones precisas a Diego, redactadas con una ambigüedad calculada, como quien deja semillas documentales enterradas para que el joven las encontrara y tomara las riendas cuando él ya no estuviera presente.

Incluso llegó a hablar con Beatriz en la intimidad de la alcoba, midiendo cada sílaba, cuidándose de no pronunciar el nombre de la Inquisición.

—Tal vez el negocio nos obligue a viajar a los puertos del sur, mujer —le dijo una tarde, forzando una ligereza que le amargaba la boca—. No será mañana, pero conviene tener los baúles listos y las ropas principales dispuestas.

Beatriz lo miró largo rato a los ojos, con las manos suspendidas sobre la labor de costura. No preguntó adónde. No inquirió las razones de aquella premura. Lo conocía demasiado bien como para no adivinar la sombra que ya se cernía, implacable, sobre el tejado de su casa.