Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPÍTULO XI
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CAPÍTULO XI

La elección de su esposo no fue un asunto dejado al azar; se trataba de una alianza donde el afecto y la estrategia debían caminar de la mano.

Quien pidió su mano fue Alonso de la Vega, un joven de viejos hidalgos vallisoletanos con excelentes conexiones en los corregimientos de la comarca, pero cuyas arcas familiares se habían resentido tras las guerras comuneras.

Alonso poseía el orgullo intacto de los de su clase, vistiendo paños oscuros de corte antiguo, pero luciendo unos modales altivos que pretendían ocultar la decadencia de sus rentas.

Para los Abenazir, el enlace significaba un valioso escudo social; para los De la Vega, el acceso a la liquidez de la prestigiosa casa de cambio.

Diego acompañaba a Lucía en el proceso con un orgullo teñido de sospecha, intuyendo que la ambición de Alonso escondería matices que no tardarían en hacer saltar chispas.

En las noches previas al enlace, Diego y Lucía buscaban momentos a solas en el patio, bajo el murmullo del pozo y el aroma del jazmín, para compartir sus temores.

Recordaban las rigurosas lecciones de Samuel y el miedo de los viejos tiempos, reforzando un pacto de sangre y silencio que los mantendría unidos frente a cualquier tempestad.

La negociación de la dote fue la verdadera prueba de fuego.

Con Samuel aquejado por los dolores de la edad, fue el joven de Ocaña quien se sentó ante el escribano para tasar los mil quinientos ducados de oro, las ropas de seda y las arras.

Diego defendió cada cláusula con firmeza implacable, asegurando por escrito que el control del capital dotal permaneciera ligado a la protección de su hermana, impidiendo que los De la Vega pudieran dilapidarlo sin el consentimiento expreso de la casa Abenazir.

La boda se celebró en la iglesia de San Antolín.

Fue un acontecimiento sonado que congregó a feriantes y regidores, pero tras los brindis, Diego percibió las miradas calculadoras de los de la Vega y los silencios de una sociedad castellana que siempre medía con lupa el linaje.

Los hidalgos sonreían con condescendencia mientras apuraban el vino del banquete, asombrados en secreto por la opulencia de una mesa de cambistas que competía en esplendor con las mejores casas de la nobleza.

Con el matrimonio consumado, Lucía se trasladó a su nuevo hogar, pero mantuvo intacto el hilo invisible que la unía a su casa natal.

Si bien la alianza consolidó la posición de la firma, también plantó las semillas de discordias futuras.

El carácter altivo de Alonso y su urgencia por utilizar los fondos de la mesa de cambio en empresas arriesgadas comenzaron a chocar con la proverbial prudencia de Samuel y la rigurosa vigilancia de Diego, sabiendo que las verdaderas batallas de la madurez ya se librarían en el seno de la propia familia.