Cenizas y oro: La forja de dos destinos CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

Medina del Campo llevaba meses viviendo con un nudo en el pecho, respirando con dificultad, como un cuerpo enfermo que todavía no sabe dónde le duele, pero presiente que algo grave se aproxima.

No era hambre todavía, ni guerra abierta, pero sí una inquietud persistente, como un temblor subterráneo que recorría las calles antes de hacerse visible.

Los mercaderes hablaban en voz baja, los tratantes de ganado cerraban tratos con prisa y en las tabernas se murmuraba sobre nuevos impuestos, abusos y favores concedidos a los nobles flamencos de la corte en perjuicio de los castellanos.

Los nombres de los regidores se pronunciaban mezclados con insultos apenas disimulados.

El descontento empezaba a asomar en los barrios más humildes, y con él, el resentimiento.

Bastaba una mirada amenazadora o una palabra mal entendida para que estallara una disputa.

Los nombres de Segovia, Toledo, Ronquillo o Fonseca se repetían con un tono cada vez más agrio.

Samuel percibía este sordo malestar en su mesa de trabajo.

Las ferias ya no eran lo que habían sido; los mercaderes llegaban con menos género, los tratos se cerraban con desconfianza y los rumores corrían más rápido que las monedas.

Los clientes acudían tensos, exigían más, confiaban menos.

Los préstamos se aplazaban, las letras se firmaban con manos inseguras y algunos parroquianos habituales evitaban mirar a los ojos.

Samuel anotaba, escuchaba y callaba. Sabía que en tiempos revueltos la discreción era la primera forma de prudencia.

Medina no era una villa cualquiera: era el corazón comercial de Castilla, depósito de inmensas riquezas, ferias, géneros y, ahora también, de la artillería real.

Y todos sabían que esos cañones no eran solo metal: eran poder.

Las calles estrechas, tan familiares, comenzaban a parecer opresivas.

Las casas, con sus vigas viejas y tejados resecos por el verano de agosto, acumulaban años de madera seca.

Las noches eran especialmente inquietantes.

Se oían voces, pasos apresurados, algún grito lejano.

En más de una ocasión, Samuel se despertó sobresaltado, con la sensación de que Medina entera estaba contenida en un equilibrio frágil, a punto de romperse.

En el hogar, las niñas, Elvira y la pequeña Lucía, lo notaban y no preguntaban; el silencio, en aquellos días, era también una forma de defensa.

Diego, que ya había dejado atrás la infancia, observaba todo con atención.

No comprendía del todo las causas políticas, pero sí los gestos: los ceños fruncidos, las manos crispadas, las conversaciones que se interrumpían al pasar un desconocido.

Clara, su madre, intentaba protegerlo de aquel clima, pero era imposible ocultar la inquietud que se había instalado en la ciudad como una sombra persistente.

Así, la ciudad fue girando sobre sí misma, alimentando su propio malestar.

El resentimiento buscaba una salida, la ira un motivo, la desesperación un gesto definitivo.

Desde las Cortes de La Coruña,   donde el joven rey Carlos había obtenido los subsidios necesarios para sufragar su coronación imperial en Alemania, el descontento de los comuneros se había extendido por la meseta.

Segovia ya ardía en rebeldía tras la muerte de su procurador.

Las comunidades tomaban forma, y cada ciudad debía decidir si obedecer a la regencia o resistir.

Medina, por su posición estratégica y su parque de artillería, estaba condenada a no pasar desapercibida.

La noticia estalló una mañana de agosto: Antonio de Fonseca, capitán general del reino, venía en camino acompañado de tropas realistas.

Su misión era clara: apoderarse de los cañones de la villa por orden de la regencia.

Pero el pueblo de Medina, alertado, comenzó a reunirse en masa.

Sabían que si los cañones salían de sus muros, serían usados para machacar a Segovia, para someter al resto de las ciudades castellanas…

y, llegado el caso, contra ellos mismos.

En la plaza, las bocas de bronce fueron rodeadas por una multitud obstinada.

Hombres armados con picas, comerciantes, artesanos, criados y mujeres permanecían junto a las piezas. No gritaban. Esperaban.

Samuel observaba desde la distancia. No era su guerra, pero sabía que ninguna contienda respeta a quien no la llama. Martín de Ocaña, su fiel secretario, lo acompañaba a pocos pasos. Ambos entendían que, cuando el poder se siente desafiado, responde sin medir las consecuencias.

Fonseca dio un ultimátum bajo pena de traición, pero nadie se movió.

La ciudad resistía no con flechas, sino con su sola presencia; se negaban a ser los cómplices de la destrucción de Segovia.

Para un capitán real, aquello era una afrenta intolerable.

Al caer la tarde, la terrible decisión fue tomada lejos de la plaza.

Al no poder quebrar la voluntad de la multitud que custodiaba los cañones, los soldados realistas recibieron una orden directa: prender fuego a la periferia para obligar a la población a dispersarse y salvar sus bienes.

El fuego no fue fruto del desorden ni de un accidente. Fue una estrategia militar.

Cuando las primeras casas comenzaron a arder, el fuego avanzó como una enfermedad que salta de un cuerpo a otro.

El viento de agosto hizo el resto. En una ciudad de calles estrechas, de entramados de madera vieja y almacenes atestados de paños y géneros inflamables, el incendio no necesitó permiso para extenderse.

A pesar de las columnas de humo, la multitud en la plaza no se dispersó; permanecieron aferrados a los cañones mientras sus propios barrios comenzaban a consumirse.

Samuel, Martín y el joven Diego comprendieron en un instante que aquello ya no era política ni resistencia: era una destrucción ciega que avanzaba directa hacia el mercado y sus hogares.

Con el corazón en un puño y la certeza del peligro que corrían Beatriz y las niñas, los tres echaron a correr desesperadamente hacia la casa. El resto ya era fuego.