Capítulo Seis #4
Me retiré despacio de su cuerpo y me tumbé a un lado. —Lamento muchas cosas de esta noche —dije, inclinándome sobre ella—, pero haber venido a buscarte no es una de ellas. ¿No te dije varias veces lo mucho que significas para mí?
La miré a los ojos, y en ellos me dejaba ver su alma desnuda. Podía ver su amor por mí. ¿Cómo era posible que ella no viera el mío?
Lentamente, su labio inferior, hinchado por mis besos y tembloroso, esbozó una sonrisa. —Sí, pero puede que necesite que me convenzas un poco más.
Sí lo veía, pero necesitaba oír las palabras. Necesitaba que se lo confirmara.
Rocé los labios contra los suyos. —Eres mía, y siempre vendré a por ti, Elle. Te quiero.
La sonrisa se le ensanchó. —Sí, eso es perfecto.
—Me alegra que lo apruebes —dije, esperando que añadiera algo más.
Al ver que no lo hacía, recorrí con un dedo el tatuaje de su pecho—.
Que quede claro: si no hubieras estado en la playa, nunca habría visto esto ni habría entendido su significado.
—Me incliné y besé la pequeña mariposa, luego la miré—. ¿Me dirás las palabras, mariposita?
Ella me tomó el rostro entre sus suaves manos y me atrajo hacia sí. —Atravesaría los fuegos del infierno y me enfrentaría a una legión de demonios por estar contigo, Alex. Te quiero... —Un bostezo la interrumpió—. ...también.
Desde el momento en que vi su tatuaje supe lo que sentía, pero ella tenía razón.
Oír las palabras provocaba una sensación imposible de describir.
Agaché la cabeza para darle un beso largo y pausado, luego alargué el brazo para coger un par de almohadas y me tumbé boca arriba con ella desparramada sobre mi pecho.
—Dejemos los demonios para otro día. Por ahora, vamos a dormir un poco.
Cerré los ojos y saboreé la sensación de su cuerpo junto al mío. Su respiración se fue acompasando mientras el sueño tiraba de mí.
—¿Alex?
—¿Mmm?
Sus dedos me recorrieron los abdominales. —¿Adónde vamos?
Le puse la mano sobre la suya para evitar que bajara más, pero eso no impidió que mi polla reaccionara a su contacto. Quizá más tarde, después de descansar. —¿Estás preocupada?
—No, perdona. Es una costumbre de cuando mi padre nos trasladaba de base en base.
Y la razón por la que anhelaba estabilidad.
Mi vida era todo menos estable, pero mi corazón jamás flaquearía.
Me aseguraría de que eso bastara, fuera cual fuera el lugar al que llamáramos hogar.
—El rumbo está fijado hacia Isla Monarca.
Órdenes de Emiliano, pero de todas formas quiero enseñarte donde me crié.
—No puedo decir que me haga ilusión volver a ver a tu hermano, pero estoy deseando conocer la isla. Me la has descrito como un lugar mágico.
—Serás la única mariposa allí en esta época del año, pero volveremos en otoño para verlas llegar. —Le di un beso en la coronilla y cerré los ojos—. ¿Adónde más te gustaría ir? Te llevaré donde quieras.
—A casa está bien. —Otro bostezo.
—¿Austin?
—Mmm-hmm. O San Antonio. Todavía no conozco tu casa.
—¿Y Washington D.C.? —Contuve la respiración.
Levantó la cabeza y apoyó la barbilla en mi pecho. —¿Sabes lo de Washington?
Le aparté el pelo de los ojos. —Lo sé todo de ti, mariposita.
—Hmph. —Se incorporó apoyándose en un codo—. ¿Entonces eres consciente de que hemos follado dos veces esta noche sin condón?
Se me tensaron los huevos. —Sí, y si no dejas de hablar de eso, te vuelvo a follar a pelo.
—Puede que quieras reconsiderarlo. No tomo anticonceptivos.
Se me abrieron los ojos de golpe. —¿Qué?
Se mordió el labio inferior. —¿Te molestaría si... si hubiéramos hecho un bebé esta noche?
No había pensado tan a largo plazo. Joder, eso era mentira.
Cada noche durante las últimas cinco semanas me había tumbado imaginando una vida con Elle: matrimonio, un hogar, muchos niños de pelo oscuro y ojos color ámbar.
Pero luego, como el oleaje sobre la arena, el recordatorio de que ella no quería eso ni ninguna vida conmigo barría mis planes cuidadosamente trazados, dejando una orilla vacía y sueños vacíos.
Un bebé significaba el futuro, y no podía imaginar el mío sin Elle. Era todo lo que nunca supe que necesitaba. Ella creía que había caído en mi oscuridad, pero era yo quien perseguía su luz.
—Seguramente no ha pasado nada —dijo al ver que tardaba demasiado—. Tendremos más cuidado en el futuro.
La tumbé boca arriba y la besé hasta dejarla sin aliento. Cuando me separé para respirar, no pude dejar de sonreír. Le puse la mano sobre el vientre. —Joder, Elle, nada me haría más feliz que un bebé. Nuestro bebé.
Elle me enredó los dedos en el pelo. —¿En serio?
—Sí. Muchos bebés. —Deslicé una rodilla entre sus piernas y me acomodé entre sus muslos—. Y ya sabes lo que dicen... —Mi polla buscó su calor acogedor, impaciente por tentar al destino—. A la tercera va la vencida.
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