Capítulo Seis #2
Y sin embargo, se había metido en los problemas de esta noche ella solita.
Echó la cabeza hacia atrás, con los labios rozándome la oreja.
—He matado a un hombre esta noche.
Se me encogió el estómago.
—No, Elle, fui yo quien le rajó el maldito cuello, y lo volvería a hacer.
—Le di en una arteria. Se habría desangrado.
—No lo sabes. Podría haber sobrevivido hasta llegar a un médico. Fui yo quien sacó el cuchillo.
Se encogió de hombros.
—Pensé que sentiría algo… no sé. Remordimiento, culpa, algo. Solo siento alivio de que esté muerto. Ya no puede hacernos daño.
Mi propia culpa me bajó por la garganta y me agarró por los huevos mientras sus palabras se perdían en el viento.
Yo le había hecho esto. Yo. Había matado su inocencia igual que había matado a Leo. Mi mundo no era lugar para ella, pero ya me había alejado una vez. Joder, no podía volver a hacerlo.
*****
Elizabeth
La opulencia de la suite de lujo a bordo de La Monarca parecía un sueño apagado comparado con la pesadilla tropical de la que Alex y yo acabábamos de escapar por los pelos. Mármol blanco, accesorios dorados y sábanas y toallas negras.
La camisa de Alex se me escurrió de los dedos mientras me apoyaba en la encimera del baño y me miraba en el espejo de marco dorado.
Tenía el pelo enmarañado, con mechones tiesos por la sangre seca y la arena.
Churretones oscuros y herrumbrosos me manchaban la cara y el cuello.
Tenía varias rozaduras en la cara, y el cardenal de la mejilla estaba hinchado, de un tono violáceo casi negro.
Otros cardenales me salpicaban los brazos y las piernas.
Me toqué el de la clavícula y el rasguño de la barbilla, luego incliné la cabeza hacia un lado para examinar el corte de la sien, donde Leo me había golpeado con la pistola. Se había formado un ligero bulto debajo. Nada preocupante.
Con el tiempo, sanaría… físicamente. Mentalmente, aún estaba por ver.
Me aparté de la encimera, entré en la ducha de mármol y me metí bajo el chorro caliente. Bajé la cabeza y dejé que el agua me golpeara en la coronilla y la espalda. Necesitaba lavar algo más que la sangre y la suciedad. Necesitaba librarme del recuerdo del tacto de Leo.
El mármol blanco prístino bajo mis pies sucios se tiñó de rojo. Me escocieron los ojos. Había estado tan cerca de perder a Alex.
—Demasiado cerca.
Se me encogió el corazón y se me cerró el pecho. Lancé una mirada hacia la puerta del baño, deseando que Alex la cruzara, que se metiera conmigo en la ducha, que me abrazara y no me soltara nunca.
Pero la puerta siguió cerrada. Habíamos montado —yo había montado— un follón enorme que él y su familia tendrían que arreglar. Habían llegado a saber Dios qué extremos para evitar una guerra con Miguel Mendoza.
Esta era la vida de Alex. Quizás no tan extrema a diario, pero desde luego, noches como esta no eran raras. Lo había sabido, pero nunca había entendido el peligro. No de verdad.
Estaba hecho para esto, sin duda. El control emanaba de él en las situaciones más intensas; sus decisiones, rápidas y certeras, tan estratégicamente sólidas como las de cualquier graduado de West Point. Se crecía con el subidón de la batalla.
Había llamado a mi padre y a Jake yonquis de la adrenalina, y si este era el subidón que habían perseguido, entonces había heredado su adicción. Nunca me había sentido más viva que esta noche, salvo cuando estaba en los brazos de Alex.
Me eché un poco de champú en la mano, me froté el cuero cabelludo con energía, disfrutando de la fragancia limpia y especiada, y me enjuagué. Como cuando me ponía sus camisas, llevaría su aroma.
Hice lo mismo con su gel de baño, enjabonándome bien la piel. Mis manos jabonosas se deslizaron sobre mis pechos y entre mis piernas, y se demoraron allí al recordar cómo nuestros dedos se habían hundido en mi coño para recoger nuestros fluidos mezclados.
El calor se avivó en mi interior. Era la primera vez que follábamos sin condón. Tendríamos que hablar de eso. No estaba tomando anticonceptivos, y el corazón me dio un vuelco de alegría ante la idea del hijo de Alex creciendo en mi vientre. ¿Sentiría él lo mismo?
Teníamos muchas otras cosas de las que hablar —que me hubiera rastreado el teléfono, que me hubiera hecho seguir—, pero todas parecían tan intrascendentes ahora. Aun así…
Me enjuagué rápidamente y salí de la ducha. Después de secarme, me envolví en la toalla y me la sujeté por encima del pecho izquierdo. Usar el cepillo de dientes de Alex resultaba íntimo, pero lo hice de todos modos.
El sonido de la puerta del dormitorio al abrirse y cerrarse hizo que me enjuagara la boca a toda prisa. Me sequé la cara y me apresuré a abrir la puerta que comunicaba ambas estancias. Pero mis pies se negaron a cruzar el umbral.
Alex estaba sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas. Tenía el pelo negro azabache mojado, peinado hacia atrás, rizándose en la nuca. Se había duchado… en otro lugar… sin mí.
Reprimí el dolor y me recreé en contemplarlo.
Una toalla le colgaba holgada de las caderas, abriéndose sobre un muslo.
Una gasa blanca le vendaba el bíceps, pero el resto de su cuerpo magníficamente esculpido permanecía perfecto e ileso.
Era una jodida obra de arte, igual que los tatuajes que le cubrían la piel aceitunada, que me tentaban a explorar cada centímetro.
Alzó la vista bajo aquellas espesas pestañas negras, pero permaneció en silencio mientras su mirada me recorría de arriba abajo. A pesar de la toalla, de repente me sentí desnuda y vulnerable.
Busqué algo que decir para romper el silencio incómodo.
—¿Dónde te duchaste?
—En la suite de invitados.
Respiró hondo, y la respiración se le convirtió en un bostezo. Se frotó la cara con ambas manos.
—Pensé que estarías dormida y no quería despertarte.
Se me relajaron los hombros con su explicación. La verdad es que el agotamiento me pesaba. La adrenalina que me había mantenido alerta toda la noche se había esfumado en el trayecto en lancha hasta el yate.
—No quería ensuciar la ropa de cama.
Señalé el edredón blanco inmaculado debajo de él.
Asintió levemente como si le importara un carajo la ropa de cama. Con las cejas fruncidas en una V profunda, inclinó la cabeza.
—¿Por qué estás tan lejos?
Se me escapó una sonrisa mientras él extendía un brazo y me hacía señas con los dedos. Sin dudarlo, crucé la alfombra mullida.
Me puso las manos en las caderas y me atrajo entre sus muslos separados. Me rodeó la espalda con un brazo mientras apoyaba el rostro contra el borde de la toalla que me cubría los pechos.
Cerré los ojos para saborear el consuelo silencioso que me ofrecía y le enredé los dedos en las ondas sedosas del pelo para ofrecerle lo mismo.
—¿Cómo está Sérgio?
—Le atravesó limpiamente. Él y Lorenzo están comparando heridas.
—Lorenzo es el hombre que me estaba siguiendo. Es el que disparó a esos hombres en la playa.
La mano en mi espalda bajó deslizándose bajo la toalla hasta mi trasero. —Sí.
Podría haber muerto, y ni siquiera me conocía. —Me salvó la vida.
—Siempre le estaré agradecido y será bien compensado, aunque creo que se negará. Te adora. —Resopló—. Puede que tenga que matarlo.
Ignoré la falsa amenaza. —¿Está bien?
—Tardará un poco en curarse, pero estará bien. Y antes de que preguntes, Caesar volvió con tus amigas. Se han instalado en una suite, pero ahora mismo están en la piscina, coqueteando con mis guardias.
Me reí. —Hablaré con ellas.
El suspiro que atravesó mi toalla fue cálido y cargado de frustración. —Tu teléfono está cargándose en la mesita de noche si quieres llamarlas.
Miré mi teléfono. Así que eso era lo que había sacado del bolsillo de Leo. En cuanto a Makayla y Abby, estaban a salvo. —Hablaré con ellas más tarde.
Alex estiró el cuello para mirarme. —No quiero hablar de Sérgio ni de Lorenzo ni de nadie más. No quiero hablar en absoluto.
Echándose hacia atrás, apartó su toalla. Su polla apuntaba hacia el ombligo, gruesa y pesada, y sentí palpitaciones de deseo en mi entrepierna. Tiró del pliegue sobre mi pecho. Atrapé la toalla con una mano, pero no fui lo bastante rápida.
Me estremecí cuando su boca ardiente se cerró sobre mi pezón y succionó. Mi mente se quedó en blanco y quise olvidarlo todo, abandonarme a sus artes amatorias. Y joder, tenía todo un arsenal.
En cambio, tiré de su pelo. —Alex, para.
Tiró de mi pezón con los dientes, provocando un delicioso escozor mientras me sujetaba por detrás de las rodillas y me las colocaba sobre sus muslos. Con un tirón rápido, mi toalla desapareció, dejándonos piel con piel.
Jadeé. —¿Alex?
Su rostro se contrajo en una mueca mientras me soltaba. —Hablaremos, pero no habrá nada entre nosotros, ni en sentido figurado ni literal, nunca más.
—Entonces, ¿estaremos desnudos para siempre?
—Esa sería mi preferencia. —Embistió con las caderas mientras me acercaba más a él—. Pero sabes a qué me refiero.
Gemí cuando su polla dura se deslizó entre mis pliegues húmedos y rozó mi clítoris. No estaba segura de saber nada, y mucho menos de recordar lo que quería decir.
—Yo primero —dijo—. Lo siento, Elle. Por todo. Yo también tengo un rastreador en mi teléfono. Todos lo tenemos. Lo hice para protegerte.
—Lo entiendo. Solo desearía que me lo hubieras preguntado.
—¿Lo habrías permitido?
Me mordí el labio inferior. —Si hubiera sido después del funeral de Jake, probablemente no.
—Entonces estamos bien. Fue el día que instalamos el sistema de seguridad, justo después de que él se fuera.
—Oh. —Así que antes de que empezara a llamar y a pasarse por casa. No sabía qué significaba eso, pero ahora no importaba—. ¿Y lo de hacerme seguir? ¿Cuándo empezó eso?
Apretó los labios y soltó un largo suspiro. —Después de que me apartaras, compré la casa de al lado y Lorenzo se mudó allí. No podía estar a tu lado para protegerte, y era mi forma de permanecer cerca de ti.
Una punzada aguda de arrepentimiento me atravesó el corazón. Lo había herido profundamente. ¿Cómo pude ser tan estúpida? —Pero esa mañana... no dijiste nada.