Capítulo Cuatro #2
El calor de su piel prendió fuego a la mía, y la exploración de su lengua en mi boca provocó estragos en mis entrañas. Que se saboreara a sí mismo y no pareciera importarle me excitó aún más.
Enganché una pierna alrededor de la suya y me pegué más a él, con el coño buscando su polla, necesitándolo dentro de mí.
Con un gemido gutural, arrancó sus labios de los míos.
—¿Tienes alguna puta idea de lo que me haces?
Envolví los dedos alrededor de la polla descomunal que me pinchaba la cadera. Se sacudió y palpitó contra mi palma. Vaya aguante; el hombre era una bestia.
—Me hago una idea bastante buena.
Resopló y deslizó una mano entre mis muslos. Dos dedos rodearon mi entrada resbaladiza, y me estremecí ante el sonido húmedo, mis fluidos susurrándole, revelando mis anhelos secretos.
—Mmm, la echaba de menos, y mira cuánto me echó de menos ella. Está tan jodidamente mojada.
Un gemido escapó de mis labios. Me encantaba cómo hablaba de mi coño como si fuera suyo.
—Alex, por favor.
Sus dedos se hundieron hasta el primer nudillo. Abrí los muslos e incliné las caderas para que entraran más, pero él se retiró y me pintó los labios con mi crema.
Su mirada se clavó en mi boca.
—Lámela.
Se me revolvió el bajo vientre ante la orden brusca. Mi primer instinto fue obedecer como una buena chica. El segundo, hacerlo sufrir tanto como estaba sufriendo yo.
Muy despacio, toqué la comisura de la boca con la lengua, luego la pasé por el labio superior.
Conocía bien el sabor de mis propios fluidos después de las veces que me había hecho correrme con su boca y luego me había besado, pero le di un espectáculo, como si estuviera probando un nuevo sabor de helado.
Se le ensancharon las fosas nasales mientras yo empezaba con el labio inferior. Se abalanzó, apartando mi lengua con la suya, y me atrapó el labio con la boca. Lo chupó con fuerza.
Mi interior se contrajo, y apreté el agarre en su polla.
Con un gruñido, me apartó la mano de la verga, y antes de que pudiera parpadear, estaba tumbada de espaldas en la cama, con las sábanas frescas contra mi piel ardiente.
Me aparté el pelo de los ojos mientras una bota caía al suelo con un golpe sordo, luego la otra. Se quitó los vaqueros, después se llevó ambas manos a los hombros y se sacó la camiseta por la cabeza. La cama se hundió.
Una cascada de rayos de luna se filtró por el tragaluz sobre la cama, bañándolo en luz y sombra mientras avanzaba sobre mi cuerpo con sigilo pausado.
Su pelo negro le enmarcaba el rostro, llamando a mis dedos.
Agarré un puñado de sábana en su lugar, temerosa del amor que amenazaba con escapar de mi boca, de la necesidad desesperada de que él me correspondiera.
—Abre las piernas para mí, mariposita. Estoy a punto de hacer muy feliz a tu coño.
Mariposita... pequeña mariposa. Oh, Dios.
Mis piernas se abrieron obedientes a pesar del pánico que se apoderaba de mi pecho. Me cubrí los pechos con las manos, esperando que su término cariñoso fuera solo eso y no tuviera nada que ver con la mariposa monarca tatuada sobre mi corazón.
Una por una, me aprisionó las muñecas con sus dedos fuertes y las presionó contra el colchón, con los brazos rígidos mientras se cernía sobre mí. Me sentí como una mariposa clavada en un tablero, vulnerable a su escrutinio.
Frunció sus cejas oscuras.
—No puedes esconderte de mí, Elle.
El corazón me martilleaba contra las costillas, la mente hecha un torbellino de caos mientras intentaba encontrar una explicación que no sonara a mentira. Joder, no tenía nada.
Su amplia punta encontró mi entrada y la penetró lentamente. Sin previo aviso, se hundió profundo y con fuerza, llenándome por completo, abriéndome con su grosor. No me dio tiempo a adaptarme antes de retirarse y embestir de nuevo.
Un fuego abrasador y el alivio chocaron cuando salí al encuentro de su siguiente embestida. Quizá no necesitaba explicar nada. Quizá no había visto el tatuaje. O quizá solo quería follar ahora y hablar después.
—Deja de pensar, Elle —otra orden en ese gruñido jodidamente sexy que me recorrió entera—. Solo siente cómo te follo.
Con un ligero movimiento de caderas, cambió el ángulo y la punta de su polla me rozó el punto G. Descargas eléctricas me recorrieron entera.
—Dios, sí, Alex —gemí—. Más.
Se apoyó sobre los codos y me rozó los labios con los suyos.
—Tu deseo es mi puto placer.
Alex cubrió mi boca con la suya, lengua y dientes chocando mientras embistía más rápido. No podía pensar, no podía respirar, sofocada por su beso, por la presión que crecía en mi centro, tan intensamente dulce que dolía.
Una y otra vez me embistió con una fuerza salvaje que me empujaba cama arriba, hacia esa deliciosa oscuridad justo al borde de la euforia.
*****
Alejandro
La realidad se desvaneció mientras me perdía en el dulce cuerpo de Elle. El mundo a nuestro alrededor podía arder, me daba igual. Ella era mi mundo, mi única razón de existir. Era el amanecer que me arrancaba de la más profunda oscuridad de la noche.
Embestida tras embestida, saboreé la presión aterciopelada de su coño.
Sus talones se me clavaban en la espalda mientras mis huevos golpeaban contra su culo, multiplicando el placer que me subía por la columna.
Mis pulmones luchaban por aire, mi polla por más profundidad.
No tenía suficiente. Nunca tendría suficiente.
Arqueó el cuello y rompió el beso, jadeando por aire. Me encantaba cómo se le separaban los labios. Los gemidos que soltaba mientras me hundía en ella. La sensación de sus pezones duros rozándome el pecho. Cómo sacudía la cabeza de lado a lado mientras perseguía un orgasmo esquivo.
Uno que solo yo podía darle.
Le sujeté el hueco de la corva y le atraje la pierna hacia mis costillas. En la siguiente embestida, cambié el ángulo.
Elle gimió más fuerte y se arqueó bajo mi cuerpo.
—Tómala, mariposita. Tómala como una buena chica.
Su coño se contrajo alrededor de mi polla y le tapé la boca con una mano para amortiguar el grito agudo de su orgasmo mientras sus jugos calientes me bañaban la verga.
—Joder, sí —me arqueé ante el cosquilleo ardiente que me lamió la columna. Me arañó el antebrazo, clavándome las uñas en la carne, pero el dolor solo añadió placer mientras el semen me estallaba en la polla.
Con una última embestida, me entregué a Elle, abracé su luz ardiente, saboreé la quemadura mientras ahuyentaba la oscuridad de mi alma. Le pertenecía tanto como ella me pertenecía a mí.
Enterré el rostro en el hueco de su cuello y respiré su aroma floral.
—Joder, Elle, te he echado de menos.
Se tensó debajo de mí y sentí cómo se alejaba, la luz dentro de mí escapándose, mis demonios proyectando sombras de nuevo.
No vas a apartarme de nuevo.
Salí de ella y rodé a un lado para observar cómo le subía y bajaba el pecho mientras el aire pasaba por unos labios carnosos, hinchados y magullados por mis besos.
Unas espesas pestañas negras le velaban las mejillas sonrojadas, ocultando el rímel corrido bajo los ojos.
Era demasiado pronto y estaba demasiado oscuro para ver los moretones en las muñecas, pero también la había marcado allí.
Fue el tatuaje en su pecho izquierdo lo que me encendió la sangre. ¿Pensaba que no me daría cuenta? ¿Que no sabría lo que significaba la pequeña monarca en su pecho?
¿Por qué? Me había echado, había ignorado mis mensajes, bloqueado mis llamadas. Si no me quería en su vida, entonces por qué...
Estúpido. No puedo creer que no lo viera antes. Todo este tiempo pensé que no me quería, que nunca podría amarme.
Pero ahora todo tenía sentido. El cambio en su comportamiento después de que me fuera. El letargo, el abatimiento, beber demasiado, llorar cada noche. Pensé que era su forma de hacer el duelo por Jake. Pero ahora...
Toda esa mierda que había soltado sobre necesitar estructura, temer mi vida en el cártel, el peligro... ¿Era real su miedo? Quizá un poco, pero después de sentir la energía que emanaba de ella mientras sorteábamos la amenaza constante de los hombres de León...
No, algo más la frenaba.
Clavé la mirada en la pequeña mariposa como si fuera a darme la respuesta. Lo único que ofrecía era esperanza.
Paseé un dedo por sus costillas y las suaves curvas de sus tetas, saboreando el escalofrío que le erizó la piel bronceada, y luego tracé las puntas de las alas naranjas y negras.
—Esto es nuevo.
De nuevo, su cuerpo se tensó, en guardia. No dijo nada, lo ocultó todo.
—¿Cuándo te lo hiciste?
—Hace unas semanas —se encogió de hombros, con aprensión tiñéndole la voz.
Me incliné sobre ella y lamí el pezón endurecido junto al tatuaje. Arqueó la espalda, separándola de la cama, invitándome a tomarlo en mi boca. En cambio, soplé sobre la punta humedecida y le provoqué otro escalofrío y un suave jadeo.
La polla me palpitó contra su cadera. La deseaba de nuevo, nunca dejaría de desearla.
Respuestas antes que placer.
Mis dedos vagaron más abajo, por la suave llanura de su vientre. Los músculos se le contrajeron y luego se relajaron mientras continuaba el viaje hasta la cima de su monte. Las caderas se le inclinaron y le di lo que quería: deslicé un dedo entre sus pliegues para rodearle el clítoris.
—¿Por qué la mariposa?
—Era bonita —su mentira jadeante me hizo sonreír. Tan jodidamente terca.
—Creo que hay algo más —le hundí dos dedos en el coño, resbaladizo con nuestros fluidos mezclados.
Agarró la sábana mientras yo anhelaba su contacto.
Se mordió el labio inferior, cortando otro jadeo.
Un gemido la siguió cuando me retiré. Me llevé los dedos a la boca y gemí; el sabor a miel de su corrida mezclada con la mía era embriagador, cada gota más preciosa que el Patrón que había bebido antes.
—Muy bien.
Su mirada somnolienta se clavó en mi lengua mientras me lamía el dorso de los nudillos.
Le hice un gesto con el dedo.
—Dame tu mano.
Entrecerró los ojos y apretó los labios con suspicacia mientras obedecía.
—¿Por qué?
Riendo entre dientes, entrelacé mis dedos con los suyos y le cubrí el coño con la mano.
—Quiero que pruebes lo bien que estamos juntos.