Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Sasha se quedó dos segundos parado en el vano de la puerta y después hizo lo único que nadie esperaba: entró.

Cruzó el cuarto con la botella en la mano, tomó una de las dos sillas, se sentó de espaldas a ellos con una displicencia estudiada y dijo, a la pared:

—Yo no vi nada. Estoy de espaldas. Sigan.

Sofía salió en cuatro pasos.

Nikolai se quedó. Se levantó, apagó la luz de arriba, y fue recién cuando la sala se oscureció que notó que tenía el corazón al ritmo de un hombre que corre, y que eso ya venía de antes de que llegara su hermano.

—Levántate.

—No. —Sasha bebió—. Si me levanto me vas a pegar, y a mí me pegó Sergei en febrero y todavía estoy pagando al dentista.

—Estás borracho en mi casa.

—Estoy borracho en la casa de mi padre, que por accidente de nacimiento pasó a ser tuya. —Por fin giró la silla, y sus ojos estaban más claros de lo que deberían—. Y no estoy tan borracho como para no haber visto lo que vi, si esa es la pregunta.

Nikolai no respondió.

—Tranquilo —dijo Sasha—. No lo cuento. No por lealtad; por instinto de supervivencia. —Apoyó la botella en la rodilla—. Pero quiero una cosa.

—Dinero.

—Dios, no. —El muchacho hizo una mueca sincera—. Trabajo.

Nikolai se detuvo.

—Tienes treinta y tres años y nunca quisiste trabajar un día en tu vida.

—Nunca quise el trabajo que me ofreciste, que es quedar bien en las cenas y no arruinar nada.

—Sasha se levantó, y al levantarse quedó más firme de lo que debería estar—.

Tú tienes a Dmitri para pensar y a Sergei para golpear.

Y entonces me miras a mí y ves lo que veía nuestro padre: el tercero, el que sobró, al que se pone en un rincón con una botella para que no dé trabajo.

—Se encogió de hombros—. Tengo buena memoria, hermano.

Pasé nueve años sentado en rincones de fiestas oyendo beber a los hombres.

Te sorprendería lo que dice la gente cerca de alguien a quien decidieron que no cuenta.

Nikolai lo miró de otro modo por primera vez en muchos años.

—Dime algo que sepas.

—Que el viejo Grigori manda flores a una tumba en Marsella hace doce años —dijo Sasha, sin dudar un segundo—.

Todos los abriles. A través de la florista de Aix, para que no le salga del bolsillo.

Lo sé porque en dos mil dieciocho él tenía bronquitis y me pidió que hiciera la llamada, y después me dio doscientos euros para que me olvidara, y yo agarré los doscientos euros. —Fue hasta la puerta—. Buenas noches.

Y se fue, dejando a Nikolai de pie en la oscuridad de un cuarto que olía a antiséptico, con dos datos nuevos y ningún lugar donde ponerlos.

◆

Empezó esa misma madrugada y trabajó solo, en el archivo, con la puerta cerrada por dentro.

El préstamo. Toda la versión que él le contaba al consejo, a Dmitri, a sí mismo, se apoyaba en un préstamo hecho siete años antes a un prestamista de barrio llamado Tomás Reyes para salvar una clínica.

Nikolai se la sabía de memoria. Nunca la había auditado, y la diferencia entre esas dos cosas es la diferencia entre creer y saber.

Le llevó cuatro horas.

El crédito estaba en el libro de Marsella, por el monto exacto, en la fecha exacta. Estaba el pedido, estaba el dictamen, estaba la hoja de autorización, había tres recibos de devolución parcial a lo largo de dos años y después nada, lo cual era normal en un deudor que se hunde.

Nikolai leyó los tres recibos con atención, y fue ahí donde algo empezó a chirriar.

Eran buenos. Demasiado buenos. Un prestamista de barrio que cobra por fuera, en efectivo, no genera recibos con papel carbónico, número de serie y sello de verificación.

Un prestamista de barrio le entrega un sobre a un hombre en una esquina y el hombre hace una marca en un cuaderno.

Esos tres papeles habían sido preparados por alguien que sabía cómo se documenta una devolución — y preparados para que alguien los leyera.

También estaba el pedido, y el pedido llevaba la firma de Tomás Reyes.

Nikolai la estudió un buen rato. No era falsa.

Conocía esa letra mejor de lo que le habría gustado admitir; tenía toda una hoja de ella guardada a tres metros de allí, dentro de un sobre abierto y cerrado decenas de veces.

Era la misma mano, y era la mano de siete años atrás, todavía firme, sin el temblor que vendría después.

El padre de Sofía había firmado. Sabía lo que firmaba, y firmó.

Lo que no había era el dinero.

Nikolai revisó la caja de Marsella de ese trimestre y verificó salida por salida.

Un préstamo de ese tamaño sale de algún lugar: de una casa de cambio, de un depósito, de un portador.

Sale con nombre, con fecha, con un hombre que lo transportó.

Encontró el asiento, y el asiento cerraba, y cerraba porque la salida estaba compensada por una entrada de valor idéntico, en la misma semana, proveniente de una cuenta puente que la familia usaba para lavar cobros de protección.

Es decir: el dinero había salido y había vuelto.

Nunca llegó a Marsella. Nunca llegó a la clínica. Nunca llegó a Tomás Reyes.

Y la clínica, recordó Nikolai, con un frío en la nuca — la clínica se había salvado. Estaba en el informe de captura: siete años antes, el local iba a subasta y no fue. Alguien pagó. No fue la Bratva, porque la Bratva nunca soltaba dinero.

Entonces había un tercer pago, hecho por alguien, fuera de los libros, y la ficción contable existía para explicar de dónde había salido.

Nikolai se quedó con la hoja en la mano un buen rato, bajo la lámpara, y la cosa fue asentándose despacio.

No hubo préstamo. Hubo un asiento de préstamo — una ficción contable armada por alguien que sabía exactamente cómo se arma, para que existiera, en los libros de la familia, un motivo inocente y verificable para que el nombre de Tomás Reyes apareciera ahí.

Una tapadera. Y una buena, porque había funcionado con el Pakhan.

Se pasó la mano por la boca.

Siete años antes, Tomás Reyes ya llevaba diecisiete años en la segunda hoja, cobrando por información, autorizado por el padre de Nikolai. Alguien, siete años atrás, decidió que eso necesitaba un disfraz nuevo — y un disfraz solo hace falta cuando alguien está por mirar.

¿Quién iba a mirar, en dos mil dieciocho?

La respuesta era desagradable y simple: él. Fue ese el año en que Nikolai mandó reorganizar los libros de las plazas extranjeras. Alguien había visto venir la auditoría y había fabricado, con siete años de anticipación, la explicación que Nikolai terminaría encontrando y tragándose.

Y se la tragó. Se la tragó tan bien que la repitió ante el consejo como verdad blindada, sin jamás sospechar que la estaba recitando de un guion escrito por otra persona.

◆

Antes de salir del archivo, hizo una segunda cosa, y la hizo porque un hermano borracho le había dado un hilo a las once de la noche y porque Nikolai Yakovlev no desperdiciaba ningún hilo.

Llamó a la florista de Aix-en-Provence a las nueve de la mañana, él mismo, en francés, y usó la voz que usaba cuando necesitaba ser un hombre común.

Dijo que llamaba de la oficina del señor Grigori Ivánovich y que necesitaba confirmar la dirección de la entrega de abril, porque el cliente era mayor y ya no se acordaba bien.

La muchacha encontró la ficha en veinte segundos. Doce años de un pedido idéntico, pagado en efectivo, siempre la misma semana.

—Cementerio Saint-Pierre, Marsella. División diecinueve. Sin nombre en el pedido, señor, solo el número de la sepultura.

Nikolai anotó el número y le agradeció.

Después se quedó mirando el papel.

Grigori tenía ochenta y un años, nunca se había casado, no tenía hijos y despreciaba todo lo francés con una consistencia de cuatro décadas.

Hacía doce años que mandaba flores todos los abriles a una tumba en una ciudad donde, oficialmente, no conocía a nadie — la misma ciudad donde un hombre llamado Tomás Reyes había cobrado dinero de la familia Yakovlev durante veinticuatro años.

Y el viejo había guardado, en contra de la orden expresa del Pakhan de 1989, los papeles que lo probaban.

Los guardé porque pensé que algún día alguien los iba a necesitar.

Nikolai releyó su propia anotación una vez más y sintió, con una claridad fría, cómo la cosa cambiaba de forma bajo sus pies. Había estado tratando a Grigori como a un viejo hostil que sabía demasiado. Un viejo hostil que sabe demasiado es un problema de seguridad.

Un viejo que riega una tumba en Marsella hace doce años no era un problema de seguridad.

Era otra persona más, en toda esta historia, que estaba pagándole algo a alguien, en silencio, todos los abriles, sin que nadie lo supiera.

◆

Sofía supo que algo había cambiado antes de saber qué.

Fue por la ausencia. Nikolai no apareció en la consulta a las siete, ni apareció en el cuarto a las ocho, y cuando ella cruzó el pasillo de abajo a las nueve y media, el guardia le dijo que el patrón estaba en el archivo desde las cuatro de la madrugada y había ordenado que no lo interrumpieran por nada, ni siquiera para comer.

—Ni siquiera para comer —repitió ella.

—Ni siquiera para comer, señorita.

Ella conocía ese tipo de silencio. Había visto a su padre desaparecer así, en la trastienda de la clínica, dos o tres veces en la vida, siempre después de una carta que leía y guardaba sin comentar.

No era el silencio de quien esconde algo pequeño.

Era el silencio de quien está tratando de calcular el tamaño del daño antes de abrir la boca.

Pasó toda la mañana con eso atravesado, entre un vendaje y otro, y a las once dejó de fingir que trabajaba en serio.

—Bogdan —dijo, mientras le cambiaba el vendaje de la rodilla—, ¿usted sabe qué le está pasando hoy al patrón?

—No sé nada, señorita.

—Está mintiendo del mismo modo en que mintió sobre la zona lumbar.

Bogdan miró hacia la puerta antes de responder, lo cual ya era una respuesta.

—Sé que mandó llamar a Tarasov para el mediodía. —Bajó la voz—. Y sé que, cuando el patrón manda llamar a Tarasov solo, sin Sergei, es porque es asunto de familia antigua, no de guerra nueva.