Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Danilo habló el sábado, a las tres de la tarde, y no hizo falta tocarlo.

Sergei lo hizo del modo correcto: se sentó junto a la cama, no frente a ella, sin ningún hombre en el cuarto, y le dijo al muchacho que su pierna estaba a salvo y que quien la había salvado era la mujer a la que él había vendido.

Después se quedó callado cuarenta minutos.

Danilo empezó a hablar solo a los veintitrés.

Nikolai leyó la transcripción de pie, en el despacho, con Sergei y Dmitri sentados.

—No fue dinero —dijo Sergei—. Rechazó el dinero dos veces.

Tiene un hermano, dos años mayor, cumpliendo condena en Odesa.

Siete años, robo de carga. En enero aparecieron tres hombres en el patio de la cárcel y le dijeron al hermano, sin tocarlo, que a partir de ese mes estaba bajo la protección de alguien, y que la protección se pagaba aquí.

—¿Qué entregó?

—Nada de armas, nada de rutas, nada de dinero.

—Sergei dio vuelta la hoja—. Entregó la casa por dentro.

La escala del ala este. Los horarios de la señorita Reyes: cuándo baja, cuándo come, cuándo camina por el jardín, cuántos minutos.

Cuál cuarto es el de ella, cuál ventana es aquella. —Se detuvo—. Y te entregó a ti.

—Diga.

—Que el señor se queda en la ventana del despacho entre las nueve y las diez de la mañana. Que está de pie, a la derecha de la cortina. Que en los días en que ella no baja al jardín, el señor se queda igual.

El reloj de la pared siguió andando.

—Cuatro meses de esto —continuó Sergei, y su voz no tenía ninguna satisfacción—.

De enero a mayo, una vez por mes. Después dejaron de pedir.

Él pensó que se había terminado. En octubre volvieron, y lo que pidieron en octubre fue una sola cosa: confirmación de que la mujer había llegado y de que estaba viva.

Las tres y doce de la madrugada fueron eso.

Nueve segundos. Dijo "está aquí" y colgó.

Nikolai dejó la transcripción sobre la mesa.

De enero a mayo. Cinco meses antes de que él la mandara buscar. Cinco meses antes de que Tomás Reyes muriera.

Llevaban midiendo la ventana de su despacho desde antes de que existiera alguien para mirar del otro lado.

—¿Dice quién lo reclutó? —preguntó Dmitri.

—Dice que no sabe el nombre. Dice algo peor.

—Sergei levantó la vista—. Dice que el hombre que habló con él en enero ya sabía la escala de la casa.

Ya sabía el nombre del turno, ya sabía que el jardinero viejo se ocupa de las rosas los martes, ya sabía en qué ala queda la cocina y en qué año se remodeló el sótano.

Danilo no les enseñó nada. Danilo solo confirmó.

—Entonces hay otro —dijo Nikolai.

—Hay otro, o hubo otro. —Sergei cerró la carpeta—. Y es más antiguo que Danilo, más antiguo que la muchacha, y posiblemente más antiguo que yo en la seguridad de esta casa.

Nikolai caminó hasta la ventana y volvió.

—El hermano. En Odesa. —Se detuvo—. ¿Cuánto cuesta sacar a un hombre de ahí?

Sergei levantó la cabeza despacio, y Dmitri, que no había dicho nada hasta entonces, se dio vuelta en el sillón.

—Habla en serio usted.

—Siete años por robo de carga, con la mitad cumplida. Cuesta dinero, cuesta dos jueces y cuesta tiempo. —Nikolai se sirvió agua—. ¿Cuánto?

—No es el precio. —Sergei se puso de pie—. Vas a sacar de la cárcel al hermano del hombre que vendió esta casa. Tus soldados van a ver eso y van a aprender que traicionar sale barato.

—Van a aprender otra cosa. —Nikolai bebió—. Van a aprender que los Ryzhov compran a un hombre ofreciéndole proteger a su familia, y que quien protege a su familia soy yo. Perdimos a Danilo porque otra persona llegó primero a su hermano. Eso no es lealtad rota, Sergei. Es competencia, y perdimos.

Sergei se quedó callado.

—Levanta la lista —continuó Nikolai—. Todos los hombres de esta casa con parientes presos, enfermos, endeudados o fuera del país. Quiero saber cuántos son antes de que termine la semana. Si son más de diez, no tenemos una casa; tenemos un mercado con muro.

—¿Y Danilo?

—Danilo sigue vivo hasta que su hermano salga. —Dejó el vaso—. Después decido yo. Y no me preguntes ahora, porque ahora decidiría mal.

◆

Sergei se fue a las cuatro. Dmitri no.

Se quedó donde estaba, en el sillón, con los tobillos cruzados, y Nikolai supo por el silencio que la parte de verdad de la tarde todavía no había empezado.

—Habla.

—El viernes por la mañana —dijo Dmitri—.

Seis y siete. Yo estaba en el pasillo de arriba, junto a la ventana del patio, porque no duermo desde la noche del muro.

Vi a la señorita Reyes salir del pasillo de abajo del ala oeste caminando despacio, del modo en que camina quien se está obligando a caminar despacio.

Nikolai no se movió.

—No se lo dije a Sergei —continuó el hermano—.

Ni a Vory, ni a la mesa, ni a ti hasta ahora.

Pasé un día entero decidiendo, y al final decidí contártelo en privado, lo cual quiere decir que elegí tu bando por encima de la seguridad de la casa.

—Descruzó los tobillos—. Nunca hice eso en cuarenta años, Nikolai.

Ni por ti, ni por nuestro padre. Y lo peor es que no fue difícil.

Fue rápido. Me llevó un día, y un día no es nada.

—Quieres que diga que estuvo bien.

—Quiero que entiendas lo que me pasó. —Dmitri se levantó—.

Es lo que hace esa mujer en esta casa, y no lo hace a propósito, y por eso es peligroso.

Lev le dio un teléfono. Bogdan ocultó una lumbar durante un año y se lo contó a ella en tres semanas.

Irina te habló de frente por primera vez en treinta y un años.

Y ahora yo, que soy el consigliere de esta familia, le estoy ocultando a mi propio hermano de seguridad una invasión al ala oeste.

—Abrió las manos—. No es seducción, no es hechizo, no es nada de novela.

Es que trata a la gente como si importara, y aquí nadie está vacunado contra eso.

Nikolai fue hasta el cajón y lo abrió con la llave. Lo hizo delante de su hermano, algo que nunca había hecho.

La carpeta estaba ahí, en su lugar. El libro negro encima, los pasaportes, el reloj detenido. Sacó la carpeta y la abrió.

El sobre había vuelto. Estaba debajo de la fotografía, como siempre había estado.

Nikolai lo tomó y miró el doblez.

Una carta guardada seis meses gana un solo pliegue. Aquella tenía dos. Alguien la había abierto, desdoblado por completo, y vuelto a doblar de prisa, alineándola por el borde equivocado.

Llevó el papel hasta la luz de la lámpara y lo inclinó.

Había algo más, y lo vio porque había pasado la vida viendo ese tipo de cosas: cerca del margen superior, a la altura de la segunda línea, el papel estaba levemente ondulado en un punto del tamaño de una uña. Una gota. Se había secado y arrugado la fibra.

Ella había leído de pie, deprisa, y aquello se le había caído del rostro sin que se diera cuenta.

Nikolai puso la carta sobre la mesa y se quedó con las dos manos apoyadas en la madera, y por un momento no fue Pakhan de nada.

Fue un hombre de cuarenta y un años que había guardado un sobre en un cajón durante seis meses porque no sabía qué hacer con él, y cuya cobardía acababa de costarle a una mujer treinta segundos sola en una antesala fría, leyendo la letra de su padre muerto a las seis de la mañana.

—Ella leyó —dijo Dmitri.

—Leyó el principio. —Nikolai pasó el pulgar por el pliegue nuevo—. Si hubiera leído todo, no habría vuelto al cuarto a las seis y siete caminando despacio. Habría venido aquí a las seis y ocho.

—Sabes lo que va a pasar ahora.

—Lo sé.

Guardó el sobre debajo de la fotografía, cerró la carpeta y la puso de vuelta en el cajón, exactamente donde estaba.

Después lo cerró con llave.

Dmitri miró aquello con el ceño fruncido.

—¿No lo vas a sacar de ahí?

—No.

—Nikolai —

—Si lo saco, ella vuelve y no lo encuentra, y a partir de ahí la única fuente de información en esta casa soy yo, y va a empezar a arrancármela de a pedazos, mintiendo, negociando, usando a los empleados.

—Giró la llave y se la guardó en el bolsillo—.

Dejándolo donde está, tiene la cosa entera al alcance de la mano y no se la llevó.

Eso ya me dice más de esa mujer que cualquier interrogatorio.

—O dice que es más paciente que tú.

—También. —Nikolai miró el cajón cerrado con llave—. Y, si es eso, es la primera vez en veinte años que alguien en esta casa espera mejor que yo.

◆

Dmitri fue hasta la ventana, y se quedó de espaldas, y tardó en empezar. Cuando empezó, la voz había cambiado de registro: era la voz que usaba en la mesa del consejo, la de consigliere, y no la de hermano.

—Voy a decir todo esto una vez —dijo—. Después nunca más, porque no sirve de nada y no me gusta repetirme.

—Dilo.

—Los Ryzhov juntaron ochenta millones en cinco semanas.

Soltaron a Ostrov. Cortaron el muro y no entraron.

Se llevaron a una anciana de ochenta y dos años que no vale nada y dejaron un número sobre una mesa.

—Contaba con los dedos, sin darse vuelta—.

Nada de eso es un ataque, Nikolai. Es un relevamiento topográfico.

Están dibujando el plano de algo antes de construir encima.

—Estoy de acuerdo.

—Y aquí está la parte que no quieres oír.

—Dmitri se dio vuelta—. No necesitan vencer a la Vorenhaus.

Necesitan sesenta segundos contigo distraído.

Y la distracción vive en el ala este, con horario fijo, de siete a ocho de la mañana, en una salita con una pileta, y Danilo entregó ese horario en enero, cuando ella todavía estaba en Marsella y ni siquiera existía para nosotros.

Nikolai se quedó muy quieto.

Porque era verdad, y era peor de lo que Dmitri sabía.

Los Ryzhov habían medido la ventana de su despacho meses antes de que hubiera alguien a quien mirar.

No habían descubierto la debilidad de Nikolai Yakovlev observándolo con Sofía.

Habían previsto la debilidad — sabían lo que Tomás Reyes iba a pedir, sabían que Nikolai iba a acceder, y armaron el escenario con anticipación para el día en que accediera.

Alguien de su lado conocía la promesa.

—Estás muy callado —dijo Dmitri.

—Estoy trabajando.

—Entonces trabaja en esto también. —El hermano se acercó a la mesa y apoyó las dos manos—.

No vine a pedirte que la mandes lejos. Ya vi que no lo vas a hacer, y a esta altura mandarla lejos es entregársela a Ostrov en una carretera.

Vine a pedir otra cosa, y es la última vez que pido algo en esta sala.

—Esperó—. Decide qué es ella y dilo en voz alta. A la mesa, al consejo, a la casa. Hoy.

—¿Por qué hoy?

—Porque la ambigüedad es lo único que una familia como la nuestra no sabe digerir.

—Dmitri hablaba deprisa ahora—. Si dices "es la médica de la casa, está bajo mi protección", la casa se organiza en torno a eso y el consejo lo traga.

Si dices "es mi mujer", la mitad la odia y la otra mitad obedece, y el consejo también lo traga, porque la mujer de un Pakhan tiene un lugar en la estructura.

Todo lugar tiene regla, hermano. Lo que no tiene regla es lo que ella es hoy: una cosa sin nombre que duerme en el ala este y que el Pakhan protege por un motivo que nadie sabe.

—El consejo no decide a quién protejo.

—El consejo no. —Dmitri bajó la voz, y ya no estaba discutiendo; estaba informando—.

Pero Volkov contó su costo en voz alta en la mesa.

Grigori se levantó y dijo que ya cometiste ese error una vez.

Sergei registró desacuerdo formal por escrito.

Y ayer, en el patio, tus soldados llamaron "la nuestra" a la muchacha.

—Se enderezó—. Crees que estás protegiendo a una mujer de una familia rival.

No es así. Tienes algo sin nombre dentro de tu casa, y lo que no tiene nombre atrae a gente que quiere ponérselo.

Nikolai se levantó, y fue la primera vez en toda la tarde que lo hizo, y Dmitri dejó de hablar.

—Quieres un nombre —dijo Nikolai—. Te voy a dar lo que tengo, y es menos de lo que quieres, y es todo lo que existe.

—Fue hasta el mapa de su padre en la pared—.

Si digo hoy que es la médica de la casa, la rebajo delante de gente que ya oyó a mis soldados llamarla nuestra, y la mesa entiende que el Pakhan retrocedió.

Si digo que es mi mujer, la caso sin preguntarle, delante de siete hombres, cinco semanas después de haberla sacado de su casa a la fuerza.

—Se dio vuelta—. Lo segundo es peor que lo primero, y lo primero ya es malo.

—Entonces díselo a ella primero.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque para decirle qué es, tengo que decirle por qué está aquí —dijo Nikolai—, y el día que le diga por qué está aquí, ella va a tener que decidir algo que todavía no quiero que decida.

Dmitri lo miró durante un largo momento, y algo en su rostro se desarmó un poco, porque era la respuesta más honesta que le había dado su hermano en meses y era también, los dos lo sabían, una confesión.

—Tienes miedo de que se vaya.

—Tengo miedo de que se quede por el motivo equivocado.

—Dios mío. —Dmitri se pasó las dos manos por la cara—. Es peor de lo que pensaba. Vine aquí preocupado por un Pakhan que quiere a una mujer. Lo que tengo delante es un Pakhan con escrúpulos. El escrúpulo mata más rápido que una bala en esta familia.

—Aun así.

—Aun así. —El hermano suspiró, y fue un sonido viejo—. Entonces dame un plazo. No para la mesa. Para mí. ¿Cuánto tiempo vas a dejar esa cosa sin nombre dentro de la casa?

Nikolai pensó en la carta con dos pliegues guardada debajo de una fotografía, a cuatro metros de donde los dos estaban de pie.

—Me lo va a preguntar —dijo—. No va a tardar. Y el día que pregunte de frente, respondo todo.

—¿Y si no pregunta?

—Va a preguntar. Es lo único de toda esta historia de lo que estoy seguro.

Dmitri tomó el abrigo del respaldo de la silla y fue hasta la puerta, y se detuvo ahí, con la mano en el picaporte, del modo en que lo hacían los dos desde niños.

—Nadie en esta familia te va a sacar de la silla por una mujer —dijo—.

Eres demasiado fuerte y ellos son demasiado viejos.

Van a hacer la cuenta que hacemos siempre y van a llegar al número más barato.

—Abrió la puerta—. No te van a sacar a ti del medio, hermano.

La van a sacar a ella. Y lo van a hacer convencidos de que te están salvando — y lo peor es que, al día siguiente, mirando los números, puede que yo también piense que tenían razón.