Catorce casillas 19. La frase completa #2
59%

19. La frase completa #2

Cerré el ala con mi llave del diente gastado y volví por el pasillo de mínimos con el mismo paso de ida, ni más lento ni más rápido, que los pasos que cambian se notan.

La máquina de hielo estaba callada, con su carga hecha.

Salí del ala a las tres y doce: veintidós minutos de puerta a puerta, con lectura incluida, y me los apunté donde me apunto yo las cosas, sin saber todavía para qué los quería apuntados.

En cocina, la masa iba por donde tenía que ir y las cámaras zumbaban cada una en su nota.

Preparé las bandejas del horneado, apunté la temperatura de las tres y media en su casilla, y a las cuatro y treinta y cinco el responsable volvió oliendo a anís del obrador, comprobó la fermentación, repasó con el dedo mis casillas de las tres y media, sin comentario, que ya sabemos lo que eso es, firmó la segunda, y me preguntó si la noche había tenido algo que contar.

—Nada —dije—. La masa y yo.

—Así me gustan las noches.

El horno entró a las cinco, con su golpe de calor que empuja la cara, y a las cinco y media la cocina olía a lo que huelen las cinco y media en todas las cocinas del mundo, que es a perdón general.

A las seis el pan del viernes estaba haciendo su ruido pequeño de corteza en las bandejas de enfriar, decenas de crujidos mínimos, como un aplauso muy educado, y yo tenía por delante el último encargo de la noche, que no estaba en ningún parte.

Con la restricción en la pizarra y mi nombre fuera de todas las listas que importaban, el cauce que me quedaba era el que había dicho el médico sin querer decírmelo: el papel. Y papel, lo que es papel, a mí no me falta nunca.

Lo escribí en el office, con el pan enfriándose a mi espalda y su aplauso educado de fondo, en una cuartilla del taco del economato, la hermana de otra cuartilla que yo había escrito un domingo con mejores renglones y peor suerte.

El bolígrafo de cocina rascaba en las bajadas.

Tres veces. La primera me salió larga: explicaba, y lo que explica por escrito se puede enseñar.

La rompí en cuatro y me guardé los cuartos en el bolsillo, que los papeles rotos también hablan si se quedan.

La segunda me salió pidiendo, con un por favor a media frase, y los por favor son ganchos: se contestan con no.

La rompí también. Los cuartos de las dos primeras los quemé en el fogón piloto, sujetándolos por la esquina hasta que no quedó esquina, y las cenizas se fueron por el sumidero con un vaso de agua, porque un papel roto todavía habla y uno quemado no.

La tercera me salió a la primera, con la letra cansada del final del turno pero entera, y decía lo que tenía que decir y nada que pudiera decirse a otro:

He encontrado una salida. Necesito que me escuches antes del domingo.

Sin hora. Sin puerta. Sin cómo. Dos frases y mi inicial abajo, la eme de siempre, porque una nota sin firma asusta y una firmada compromete lo justo. La doblé en cuatro, por costumbre de doblar en cuatro.

Antes de salir abrí la taquilla para dejar el delantal, y la copia de carbón estaba donde estaba, en el forro de la cartera, con su mitad muda.

La tuve en la mano el tiempo de dos decisiones: la de romperla, que era la limpia y duraba dos segundos, y la de guardarla, que fue la mía y no duró mucho más.

La devolví al forro sabiendo ya sin remedio lo que guardaba, que no era un papel: era un papel posible.

Cerré la taquilla con su vuelta de llave y la vuelta sonó igual que todas las noches.

A las seis y media fiché la salida y fui por el camino largo, el de la bocacalle de la cinco, donde la lavandería dejaba los cestos del reparto de la mañana en el zaguán de cada casa, uno por casa, con la ropa en pilas y cada pila con su marca de iniciales en el borde.

El cesto de la cinco estaba en su losa, recién puesto, oliendo a plancha y a jabón de máquina, con las pilas cuadradas por la mano de alguien que dobla ochocientas prendas por noche y todavía hace las esquinas.

Arriba de todo, una pila pequeña con las iniciales A.

S. en el borde: dos mudas y una toalla, la ropa contada de quien ingresa.

La miré el tiempo de reconocerla y la dejé estar, que aquella pila ya tenía su viernes.

La calle dormía su último cuarto de hora, con el cielo ya en ese gris de plata que precede al calor y el aspersor de la casa de al lado callado en su tierra mojada de anoche.

En algún patio interior, un despertador sonó y lo apagaron al segundo timbrazo: la casa empezando por dentro.

Encontré la pila de las iniciales R. S., sábanas y una rebeca de verano, todo doblado con esas esquinas de lavandería que en casa no salen, y metí la nota dentro del doblez de la funda de almohada, a dos dedos del borde, donde una mano que deshace el doblez la encuentra y una mano que solo carga la pila no.

Recuadré la pila como estaba, esquina contra esquina, y el cesto volvió a ser un cesto cualquiera, que es lo más que se le puede pedir a un escondite.

Me sacudí las manos de un olor que no tenían y me fui al anexo por el medio de la calle, sin correr, con el paso de los turnos.

Detrás de mí quedaba la casa con su cesto, el cesto con su pila, la pila con su papel, y dentro del papel una palabra, salida, que yo había escrito con la letra firme de los albaranes y que era, de todo lo que había tocado esa noche, lo único que todavía no existía.