Capítulo 11
C onnor despertó con el sonido de una alarma que no era la suya.
Tardó apenas un segundo en darse cuenta de que se había quedado dormido en casa de Rebeca.
El cabello de ella estaba extendido sobre su pecho, y el aroma a coco le provocaba sensaciones que no sabía cómo procesar.
Todavía medio dormida, con los ojos cerrados, ella tanteó la mesita de noche y presionó el botón para posponer la alarma.
—Rebeca, cariño, despierta —dijo él, apartándole un mechón del rostro—. Tenemos que ir al médico.
Ella se incorporó de golpe en la cama; sus ojos, ya grandes de por sí, parecían enormes.
—¿Hoy es el día? —preguntó.
El perro dormía en su cama junto a ellos, al lado de una esfera del árbol de Navidad que había robado.
—Sí —respondió él, divertido por su reacción—. Hoy hacemos un bebé.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Notó el destello de nerviosismo en los ojos de ella. Esperaba que no estuviera arrepintiéndose. Rebeca se sonrojó.
—¿Nosotros...? ¿Eh...?
Connor se incorporó.
—Pasamos la noche juntos, sí —admitió—. Supongo que nos quedamos dormidos. No fue intencional. No intentaba ser un baboso.
—No, ya lo sé. Es solo que nunca había tenido a un chico en mi habitación. Es… raro. —Soltó una risita y apartó la mirada.
Él se sintió extrañamente honrado.
—Bueno, creo que apenas califico como «chico» —bromeó—. Pero ¿en serio? ¿Nunca? ¿Te gustan los chicos? ¿Los hombres?
—Me gusta todo —respondió, sorprendiéndolo—. Solo que nunca los acerco a Ana. Siempre soy muy clara desde el principio, pero al final todo se complica. Así que en algún punto dejé de intentarlo.
—Quieren más de lo que puedes dar —dijo él. Podía entenderlo. Rebeca había construido un muro enorme alrededor de su corazón. Sabía que era imprudente, pero no podía evitar imaginarse derribándolo.
—Sí, pero no puedo dar más. Estoy ocupada. —Evitaba mirarlo.
—Lo entiendo —asintió—. Las relaciones pueden ser un desastre, especialmente cuando eres una persona pública y cada vivencia termina en revistas para que todos opinen sobre tu vida.
—Leí sobre tu ruptura —dijo ella, tomando su mano—. Lo siento. —Él había salido con otra actriz; ella lo dejó por alguien con más conexiones, y luego un video suyo, ebria, contando todo, se había filtrado.
—¿Cómo es que nunca intentaste tener un bebé de la manera convencional? —preguntó él. Tal vez debería haberlo hecho antes.
—Conozco a todo el pueblo. Sería incómodo. Y se me acababa el tiempo. Era ahora o nunca. —Se encogió de hombros.
—Pero ¿nadie lo intentó en serio? Si estabas con alguien que quería más, ¿por qué no tener un hijo con alguno de ellos?
—No estoy dispuesta a compartir esa parte de mí. Ya te dije que no dejo que me atrapen. Y siempre termino saboteándolo todo. Supongo que esto era más fácil que simplemente…
—¿Que ser vulnerable? —completó él.
—¡Sí! —asintió con tanta fuerza que algunos mechones escaparon de su coleta.
Connor apartó uno de ellos detrás de su oreja.
Ella contuvo el aliento. Se acercó más, hasta que sus narices casi se tocaron.
Quería besarla hasta que perdiera el sentido.
Quería que se abriera a él. Cada fibra de su cuerpo lo deseaba.
Pero era imposible ignorar la realidad. Ella tenía una vida allí, arraigada, completa.
Él vivía al otro lado del continente. Su acuerdo siempre había sido claro y práctico: compartir la responsabilidad de un hijo durante dieciocho años, no una vida juntos.
Ella no buscaba más. Había sido honesta.
Y eso le dolía. Confiaba en él, pero no lo quería de la misma manera que él a ella.
La única persona que parecía verlo como algo más que fama o dinero…
no lo veía como él deseaba. Debía controlar sus sentimientos.
Se obligó a tomar distancia. A soltar esa idea.
Tenía que protegerla, pero también protegerse a sí mismo y a su carrera.
—Deberíamos irnos —dijo finalmente, levantándose de la cama.