Capítulo 5
—Y o lo haré —dijo Connor, sentándose frente a Rebeca.
Estaban en la cafetería del pueblo. Ella acababa de pedir un capuchino antes de entrar a su turno de las ocho de la mañana.
Le sorprendía verlo allí; llevaba solo una camisa marca Polo color café y jeans, pero, aun así, destacaba.
Varias personas los miraban sin disimulo, aunque nadie se atrevía a acercarse.
—¿Harás qué? ¿Saludar? ¿Ser educado? ¿Pedir permiso antes de sentarte en mi mesa? —replicó Rebeca.
Connor dudó un momento antes de hablar; a ella le pareció que estaba luchando contra sus propios demonios.
—Seré el padre de tu bebé —dijo con decisión… y enseguida se sonrojó.
Rebeca escupió el café.
—¿Qué dijiste? —Miró alrededor, esperando que nadie hubiera escuchado. Por suerte era temprano y el lugar no estaba tan lleno como de costumbre.
—Te ayudaré a tener un bebé. No necesitas buscar un donante, yo lo haré —insistió.
—No voy a tener sexo contigo. —Negó. Pero la imagen de ambos entrelazados entre las sábanas le invadió la mente. No sabía si debía sentirse tentada u ofendida, así que apartó el pensamiento de su cabeza.
—Es la primera vez que escucho eso —bromeó él.
Y Rebeca le creyó. Además de ser absurdamente famoso y rico, tenía un atractivo capaz de hacer perder la cabeza a cualquier mujer cuerda.
Ella se encogió de hombros.
—No va a pasar —insistió mientras revolvía el azúcar en su café con irritación.
—No lo decía de esa forma. Te daría una… —buscó la palabra— muestra. Sería tu donante.
—¿Por qué siquiera ofreces algo así? —preguntó—. Debes tener montones de mujeres deseando formar una familia contigo. La mitad de las de este pueblo aceptarían sin pensarlo.
—Yo tampoco me estoy haciendo más joven —explicó.
Tenía cuarenta y tres años; ella lo había buscado en internet. También sabía que había tenido una relación tormentosa con una actriz hasta hacía poco.
—Quiero ser papá. Y estoy cansado de buscar a alguien que me quiera por quien soy y no por la idea que tiene de mí.
Prefiero abordar esto de forma lógica con alguien que tenga los mismos objetivos, en lugar de volver a terminar con el corazón roto o utilizado.
—Sonaba herido—. Pareces sana, mentalmente preparada…
y con buenas caderas. —Se acomodó el cabello otra vez.
Rebeca notó que lo hacía cuando estaba nervioso.
—¿Estuviste mirando mis caderas? —preguntó, indignada.
—Este pueblo parece un buen lugar para criar niños —continuó él, ignorando la pregunta. Se veía decidido.
—¿También planeas estar aquí para criarlo? —Se dio cuenta de que sonaba como si estuviera aceptando cuando él sonrió.
—No. Seguiré con mi trabajo, pero puedo venir a visitarlo. Y compraré la casa para él. Tú podrías vivir allí.
—Ya tengo casa… bueno, un departamento. Y no he aceptado nada. Tengo que irme a trabajar. —Terminó su café de u trago y ya estaba frío.
—Podemos discutir la vivienda. No hay problema. Mi abogado redactó un contrato y verás que es muy justo. —Sacó una carpeta de su bolso y la dejó sobre la mesa—. Puedes hacer cambios, consultarlo con tu abogado.
—La gente normal no tiene abogados —respondió ella, levantándose—. Hoy estás sonando extremadamente loco. Tengo que irme.
— Ángel , solo te pido que lo pienses, ¿sí? —Le entregó la carpeta. De fondo, la barista trapeaba el piso, intentando acercarse con discreción para oír la conversación.
—Tengo un nombre —replicó ella.
—Rebeca María Domínguez Herrera —dijo él con seguridad.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
—¿Cómo sabes mi nombre completo?
—No podía ofrecer algo así sin hacer un poco de «investigación» —hizo comillas en el aire.
—¿Me investigaste? ¿Cómo te atreves? —Tuvo que contenerse para no gritarle; no iba a permitir que todo el pueblo se enterara de esa conversación absurda.
—Necesitaba asegurarme de que no fueras una criminal si iba a vincularme contigo por dieciocho años. Así que ahora sé todo lo que hay que saber sobre ti.
—Eso es imposible —dijo, cruzándose de brazos.
—Tienes treinta y ocho años, eres ingeniera, te gusta leer y tocar la guitarra.
Ayudas con el hijo de la vecina. Tu última relación seria terminó hace cuatro años.
Has estado hospitalizada siete veces por cálculos renales.
Eres cercana a tu madre. Tu padre se fue cuando tenías cinco y murió hace diez años. Fue una investigación exhaustiva.
—Me gustaría investigar de dónde sacaste la audacia. —Ella no podía creer que hubiera descubierto todo eso. Tomó su bolso y decidió irse, dejando la carpeta sobre la mesa.
—Solo te pido que lo pienses —dijo él, rodeando la mesa para mirarla a los ojos—. Piensa en los beneficios. No tendrías que trabajar tanto. Yo puedo pagar todo: pañales, escuela, los gastos del tratamiento.
—Esto tiene que ser una broma. ¿Ahora eres presentador de algún programa de esos? —Miró alrededor buscando cámaras. Todos fingían concentrarse en su café mientras intentaban espiar sin ser descubiertos. Gracias a Dios, nadie parecía haber escuchado .
—No lo es —respondió él, serio. La arrogancia había desaparecido; sin ella se veía más vulnerable—.
Hablo en serio. Sé que no es convencional, y entiendo si quieres pensarlo o hacerme más preguntas antes de decidir.
Ángel … es lo que realmente quiero. Solo piénsalo, ¿sí?
—Le tomó la mano y un cosquilleo recorrió el cuerpo de Rebeca.
Luego volvió a poner la carpeta en sus manos.
—Está bien. Lo leeré.