Capítulo 3
—¿Y ahora qué demonios haces aquí? —le reclamó Rebeca a Connor.
Estaban a punto de jugar béisbol y, de pronto, él estaba calentando con el equipo de Samuel.
No lo había visto desde la semana anterior.
Después de que fueron a la comisaría, su tío logró calmarlo y juró hacer todo lo posible por encontrar su teléfono y proteger lo que fuera que tuviera allí.
Connor se había ido sin siquiera pedirle disculpas por lo ocurrido en el bosque.
—Estoy jugando béisbol, ángel . —Connor se dio la vuelta y empezó a hacer amagues desde primera base, aunque el partido ni siquiera había comenzado y no se podía robar la segunda.
—¡No, no vas a jugar! —insistió Rebeca—. ¡Vete del pueblo! —Le quitó la pelota de la mano y él se echó el flequillo hacia atrás con nerviosismo. Tenía el cabello castaño, largo y precioso, notó ella con fastidio—. Juan Pablo, dile que no puede jugar —exigió al capitán del equipo.
—¿Qué? —preguntó Juan Pablo, distraído, mirando cómo Maga, su esposa, estiraba.
—¡No eres bienvenido aquí! —insistió Rebeca—. Los equipos ya están completos. Además, vas a arruinar tu ropita elegante en esta tierra —señaló su impecable uniforme azul turquesa de béisbol.
—Según lo que leí la última vez que revisé el reglamento, no es tu decisión, ángel —dijo con una sonrisa ladeada. La miró como si fuera una mota de polvo.
Rebeca decidió odiarlo para siempre.
—¿Te está molestando? —Maga llegó corriendo con un bate en la mano. Si la historia servía de referencia, no dudaría en usarlo.
—No te preocupes, ya se va —insistió Rebeca.
David y Juan Pablo también se habían acercado, y Juan sujetaba el bate y a su esposa, lo cual, Rebeca tuvo que admitir, muy a su pesar, era lo más prudente.
—Espera, ¿no eres...? —Maga se quedó boquiabierta—. ¡Connor Langley! —gritó.
Rebeca supo que en cuestión de minutos todas las mujeres del pueblo invadirían el campo.
—Es el de la película, ¡sí! —confirmó Ariana, que acababa de llegar, abanicándose, fascinada—. Qué gusto conocerte por fin.
Desde las gradas, Samuel, su esposo, resopló.
—Es él —explicó Juan Pablo—. Y su equipo está haciendo una donación muy generosa al hospital del pueblo, así que más vale que seáis amables. Connor, necesito que cubras la primera base.
Ambos equipos comenzaron a murmurar sobre arreglar la cerca oxidada del hospital.
—No, no puede jugar. Vete —insistió Rebeca.
El viento levantó la falda de su vestido largo y la tela se enredó alrededor de las piernas de Connor.
Era absurdo correr sosteniéndose la larga falda, pero la tela del uniforme del equipo le daba urticaria, por tanto, no le quedaba más remedio que hacerlo así si no quería caerse y mostrar el trasero a todo el pueblo.
—No. —Por fin le prestó atención y se alzó frente a ella.
Rebeca apenas le llegaba al hombro, pero eso no la intimidó. En la escuela se burlaban de ella por su estatura hasta que descubrían que no dudaba en caerse a golpes… o jugar sucio.
—No me voy. Voy a jugar en primera base y tú eres la bateadora, ángel . Así que más te vale tener cuidado.
—Dios mío, ¿se van a besar? —preguntó Ezequiel, acercándose con una jarra de limonada para compartir.
—¡Beso! ¡Beso! ¡Beso! —empezó a corear alguien en las gradas.
Rebeca alcanzó a ver a una persona vestida de blanco brillante, pero no logró reconocer la voz. Un segundo después, Ezequiel se unió al coro. Aquello se sentía como una intervención del mismísimo infierno.
Connor suspiró e hizo un gesto hacia las gradas, y el cántico se detuvo.
—Escucha, ángel . Lo siento, ¿sí? Mi teléfono fue devuelto al set con una nota de esa desconocida diciendo que entró en pánico.
Ya sé que eres inocente y lamento haber sacado conclusiones precipitadas.
—Se pasó la mano por el cabello otra vez—.
Acusarte falsamente y todo eso. Pero intenta ponerte en mi lugar.
Estoy acostumbrado a fans locas y a los paparazzi.
—Bajó la voz y, distraídamente, se llevó la mano al pecho—.
Intentaba hacer lo correcto y, dadas las circunstancias, ¿no habrías pensado lo mismo?
—Supongo que sí. —Cedió ella. Parecía lo bastante arrepentido, y pudo ponerse en sus zapatos; ella y Maga solían aliarse todo el tiempo para ahuyentar a los acosadores homofóbicos de Ezequiel. Así que decidió dejarlo pasar. No lo odiaría.
—Y necesito jugar para que me tomen fotos «espontáneas» —hizo comillas en el aire— siendo «normal» y pasando el rato con gente común como tú. Así que… ¿tregua? —Extendió la mano.
—Tregua —respondió ella, de mala gana. Pero no le estrechó la mano. Y deseó con todas sus fuerzas que su equipo le diera una paliza.