Capítulo 1
—¡A yuda! ¡Ayuda! ¡Señor, por favor! ¿Puede ayudarme?
Una persona vestida de un blanco deslumbrante, con una maraña de cabello negro cubriéndole el rostro, chocó a toda velocidad contra Connor, interrumpiendo su paseo por el bosque cercano al pueblo donde últimamente estaba filmando una película.
La verdad era que había tomado cariño a esos senderos de grava.
—¡Hay una chica tirada allá! ¡Creo que le pasó algo! —La persona se giró y señaló un camino entre los árboles—. Está ahí, en el suelo.
—Seguro solo está descansando —respondió él.
Los locales solían caminar o hacer ejercicio en esa montaña. Solo esperaba que no fuera consecuencia de la intoxicación por la fiesta demencial del elenco de la noche anterior, a la cual él no había podido asistir por un malestar estomacal.
—No lo creo —dijo la persona, mirando hacia el sendero—. ¡Tiene que ayudarla! —insistió de manera extrema.
—Voy a llamar una ambulancia —dijo Connor, sacando su nuevo teléfono plegable, cortesía de su más reciente comercial—.
Mi equipo está por aquí, estamos tomando algunas fotos, y uno de ellos tiene entrenamiento en primeros auxilios.
Tal vez puede ayudar —añadió, llevándose el teléfono al oído mientras escuchaba el tono de la línea de emergencias.
—¡Gran idea! —La persona se movió con rapidez y le arrebató el teléfono de la mano—. ¡Yo llamaré por ayuda y usted vaya y ayúdela! ¡Rápido!
—Pero…
La persona lo empujó con una fuerza sorprendente y, por instinto, Connor corrió hacia el sendero. A pocos metros, vio a una chica tendida en el suelo. Al acercarse, notó que un perro negro de tamaño mediano y pelo largo estaba echado a su lado, mirándolo fijamente.
—Oye, perro, por favor, no me muerdas. Voy a ayudarla, ¿sí? —Se acercó con cuidado—. Estoy intentando ayudar. —Reconoció a la chica, La había visto antes por el pueblo—. Señorita, ¿está bien?
El rostro de la joven estaba cubierto por su brazo izquierdo. Llevaba ropa deportiva y su cabello largo estaba teñido de rubio con balayage rosa. Si no fuera porque no despertaba, habría pensado que solo estaba tomando una siesta.
—Señora, ¿está despierta? —Se arrodilló junto a ella, cuidando que sus pantalones de diseñador no tocaran el lodo—.
¿Qué hago ahora, Lolo? —preguntó al perro, leyendo el nombre en su placa.
El perro solo movió la cola y bostezó—. Interpreté a un doctor en una serie; uno pensaría que algo se me habría quedado —se quejó—. ¿Debería tomarle el pulso?
El perro no ayudaba en nada, solo lo observaba. Connor notó que el pecho de la chica subía y bajaba. Al menos respiraba. Junto a ella había una mochila negra. Connor la abrió por si encontraba algo útil, pero no tuvo suerte. Dentro solo había maquillaje, una identificación y un par de billetes.
—Me pregunto si la persona que me detuvo logró llamar por ayuda —le dijo al perro.
Connor sacudió suavemente el hombro de la mujer. ¿Qué debía hacer ahora? No sabía! Tal vez debería levantarla y sacarla del bosque. No tenía muchas opciones, pero no se marcharía, jamás podría dejar sola a una desconocida inconsciente.
—Si solo estuviera durmiendo, ya debería haberse despertado, ¿no? —Decidió apartarle el brazo del rostro para revisar si tenía alguna herida en la cabeza—. ¿Señorita? ¿Señorita Rebeca? ¿Está bien?
Los ojos de ella se abrieron de golpe —grandes, color avellana, agudos, demasiado alertas— y, antes de que él pudiera decir una palabra, un cuchillo estaba apoyado contra su garganta.