Capítulo 18
—D ebería ser yo quien cambie de hotel —decidió Santiago—. No quiero molestarte, quédate aquí, date un buen baño y relájate —dijo cerrando la puerta.
Cecilia simplemente decidió besarlo. Su cuerpo chocó contra la puerta y se quedó paralizado de la sorpresa. Él soltó su maleta y a ella le dio igual en ese momento si se le rompía el maquillaje. Retrocedió un paso para quitarle la corbata.
—¿Estás segura?—preguntó.
Ahí estaba de nuevo, ese anhelo en sus ojos.
¿Cómo podía explicar cómo algo había cambiado dentro de ella en estos días, cómo ahora podía verlo, lo inteligente que era, lo atento, cómo su compañía constante la había mantenido atada al mundo cuando creía que todo estaba perdido?
Siempre habían sido buenos amigos, pero, en algún momento, la línea entre la amistad y el amor se desdibujó y él se convirtió en algo mucho más.
Ella asintió.
—¿Lo estás tú? —preguntó.
Él no respondió. En cambio, se inclinó y presionó sus labios contra los de ella. Entre besos, la guio hasta la cama, que crujió al caer sobre ella. Esperaba que la habitación de abajo estuviera vacía en ese momento; quería armar mucho ruido.
Cecilia siempre imaginó a Santiago como un tipo dominante en la cama, pero él la tocaba con tanto cuidado y reverencia que se derretía bajo su toque. Le desabrochó la camisa y él le levantó la falda, solo para descubrir que no llevaba ropa interior.
—Era este vestido ridículo que nunca uso, la tela es demasiado fina y se nota todo —explicó.
Probablemente él podía ver lo lista que estaba para él. Apoyó la barbilla en su centro.
—¿Puedo?
—No sé, nunca lo he hecho así, —dijo asustada.
¿Qué se suponía que debía hacer en estos casos? ¿Estaba lo suficientemente depilada para esto?
—Estuviste casada diez años. —Santiago se sorprendió. Ella solo se encogió de hombros. Él sonrió con suficiencia—. Entonces es un honor ser tu primera vez.
Lamió sus pliegues lentamente y Cecilia reprimió un gemido. ¿Cómo podía haber pasado toda su vida sin hacer esto? Definitivamente tenía que ponerse al día.
—No puedo creer que le di permiso a mi jefe para que me comiera.
Le apartó un mechón de pelo.
—Esta noche no soy tu jefe.
Él sonrió y chupó un punto sensible y Cecilia se quedó sin palabras. Su orgasmo llegó rápido y fuerte, y Santiago simplemente le acarició las piernas con aire de suficiencia mientras ella disfrutaba del placer.
—¿Para qué son las pulseras? —preguntó ella una vez que se recuperó de ver estrellas.
—Es demasiado pronto para eso —decidió el, quitándose la camisa por completo.
—Pero quiero saberlo, por favor —suplicó.
—De acuerdo. Hoy, solo por una vez, me obedecerás —dijo mientras le ponía los brazos detrás de los barrotes del cabecero y abrochaba las pulseras.
Cecilia jadeó. ¡Lo sabía!
—¿Quieres que te los abra? —preguntó con total seriedad.
—Jamás —decidió ella.
Santiago sacó un condón del bolsillo de su chaqueta, se desabrochó rápidamente los pantalones y se bajó los bóxers. Cecilia se preguntó dónde habría estado escondiendo toda esa longitud todos estos años. Él volvió a la cama y le abrió las piernas.
—Te prometo que tendré cuidado.
Empujó lentamente entre sus pliegues y ella pensó que le dolería, que estaría tan oxidada..., pero, en cambio, la presión era magnífica.
—Mírame —le instó Santiago—. Necesito que me digas si necesitas un descanso, si necesitas que pare, ¿vale?
—Vamos —lo animó ella. Lo único que quería era cabalgarlo toda la noche.