Capítulo quince — Sin condiciones #2
La tarde se convirtió en lo que se convierten las tardes cuando Irene preside algo: en una sala de máquinas.
Orden de intervenciones —Irene la primera, «que la historia es mía»; Lucía con las cuentas; Beni con los menús de Navidad; Álvaro con la lectura; Daniel con el informe—.
Portavoz: Irene, por aclamación y porque nadie se atrevió a discutirlo.
Vestuario: «el de la reforma», que es el uniforme de gala del bar.
Café para después: lo organizaba el bar, por supuesto, que aunque el barrio se salvara en un salón de actos, la victoria se celebraba en la barra.
Yo escuchaba el ensayo general con la mitad de la atención y con la otra mitad contando las ausencias.
Faltaba una silla en aquella ronda de planificación, y todos la veían, y nadie la nombraba.
Hugo había entregado el expediente y había desaparecido de la escena, y el expediente funcionaba sin él, y eso era exactamente lo que él había querido y exactamente lo que a mí me costaba mirar: que la mejor manera de querer a alguien, a veces, es quitarse de en medio.
Yo lo sabía. Lo llevaba sabiendo desde el lunes.
Lo que no sabía era si él lo sabía también o si estaba, simplemente, cumpliendo la lista.
—¿Y Hugo? —dije al final, cuando el ensayo respiró—. ¿Habla?
Se hizo el silencio de las cosas obvias.
—Va de testigo —dijo Irene—. Lo dijo el lunes. «En la audiencia no represento a nadie: voy de testigo.» —Me miró con cuidado—. No ha pedido turno. No ha pedido nada. Dice que testificará si le llaman.
—Le llamarán —dijo Lucía—. La designación la firma la administración, pero la audiencia es pública. Si él está en la sala, le pueden llamar. —Cerró su libreta—. Y si le llaman, Blanca, hablará. Hugo en una sala con un micrófono no sabe callarse. Es su defecto profesional.
—Es su virtud profesional —dije yo, y las dos me miraron, y no añadí nada más, porque ya estaba dicho.
«Estoy —dijo Daniel por el altavoz—. Adjunto informe técnico de continuidad de uso comercial del local, con planos y mediciones, listo desde el lunes. Es mi aportación. La redacté yo.»
—¿Desde el lunes? —dijo Lucía—. ¿Desde qué lunes?
«Desde el lunes pasado —dijo Daniel—. Antes de que nadie lo pidiera. Los ingenieros también tenemos premoniciones, solo que las nuestras vienen en PDF.»
A la hora de comer, doña Pilar bajó al bar con la cara de las decisiones tomadas. No pidió café; pidió la cuenta de la semana, que nunca pide, y mientras Lucía se la preparaba me dijo, mirando el mostrador más que a mí:
—El lunes, en la junta, ese chico me miró a los ojos y me dijo que había propuesto la opción menos honesta.
Delante de todos. —Asintió para sus adentros—.
Yo llevo cuarenta años en esta calle y es la primera vez que un abogado me dice la verdad cobrando y devolviendo.
—Se guardó la cuenta en el bolso—. No he firmado nada, Blanca.
Ni con la cadena ni con nadie. Espero a la audiencia.
Que me lo ha pedido mi hija por teléfono, que no se lo esperaba ni ella, y que yo, a estas alturas, ya no sé si espero por prudencia o por miedo a perder el sitio donde desayuno.
Se fue con su paso de siempre, y yo me quedé con la noticia en la mano como se queda una con las noticias que importan: sin saber dónde ponerlas.
Doña Pilar no había vendido. No era una victoria —era una tregua—, pero las treguas, en las calles, son lo que se parece más a una victoria antes de que llegue.
Y esa, pensé mirándola subir la escalera, también era suya.
De él. De la carpeta gris y de la junta del lunes, que habían llegado a donde mi cortesía no había llegado en un mes: a que una casera dijera «espero» en voz alta.
El día pasó entero sin que Hugo apareciera.
Ni una llamada, ni un mensaje, ni una sola condicional en el grupo —del que ya no formaba parte, supe después, porque había salido él mismo, sin avisar, el lunes por la noche, como se deja libre un sitio para no estorbar—.
Y esa ausencia, medida contra la semana anterior, tenía una forma exacta: la de un hombre que había decidido no pedir nada, ni perdón ni tiempo ni respuesta, hasta haber entregado todo lo que debía.
A media tarde, Beni apareció en la barra con las tres cartulinas. Las tenía boca abajo desde el sábado, y las trajo boca abajo también, y las dejó sobre el mostrador como se dejan las armas.
—Vuelve a haber puntuación —anunció—. Pero solo de una cosa.
Solo una. —Giró una cartulina: estaba en blanco, con un interrogante escrito a lápiz—.
Hasta el jueves. Si se reconcilian el jueves, es un diez.
Después del jueves, es un nueve. Y si no se reconcilian nunca —lo miró un momento, a ese «nunca», como se mira a un testigo hostil—, entonces ya no puntuo yo más nada en esta vida, que para algo me quedan los libros.
—Beni —dijo Marisa—. No presiones.
—No presiono —dijo Beni—. Marco la salida de meta. Que los corredores corran.
Y se sentó en la ventana con su libro, y no alzó la cartulina en todo el día, y el interrogante se quedó sobre el mostrador, entre el azucarero y la caja, pesando lo que pesan las preguntas bien puestas.
Yo lo miré de reojo toda la tarde, entre cliente y cliente.
No era una cartulina: era una cuenta atrás, y Beni lo sabía, y la sala lo sabía, y la sala entera decidió no mirarla directamente, que es la manera que tienen los bares de mirar las cosas importantes: de lado, entre el café y el periódico.
A las seis, Paco me dejó en la barra, pagando, una frase con el cambio: «Yo también esperé una vez a que me lo resolvieran.
Y nadie me resolvió nada. Tuve que ir yo.
» No dijo qué era lo que había que ir a resolver.
No hacía falta. Las frases de los de la ventana se entienden por la música.
A las nueve cerré. El bar se quedó en su silencio de las noches, con las sillas arriba y la pizarra de la entrada con el cartel de tiza que Irene había cambiado por la mañana sin que nadie se lo pidiera: «JUEVES: AUDIENCIA.
SE ACEPTAN TESTIGOS Y ALIENTOS.» Lo leí dos veces desde la calle, con la persiana ya bajada, y sonreí, y luego dejé de sonreír, porque era un cartel bonito y porque los carteles bonitos son para las cosas que ya están ganadas, y la nuestra no estaba ganada: estaba citada.
Subí a casa despacio, porque la casa seguía siendo mía y seguía sin gustarme del todo, y al llegar al rellano vi que del pomo de mi puerta colgaba un sobre.
No un sobre cualquiera: un sobre grande, de papel kraft, con la esquina doblada, sujeto al pomo con una goma elástica, como se dejan las entregas que quieren ser encontradas y no invadir.