Capítulo catorce — El examen #2
—Porque ella no puede y tú no sabes —dijo Lucía—. Y porque soy su amiga, y a mis amigas se las cuida así: contando la verdad aunque no convenga. Que es lo que vosotros dos no hacéis nunca, y mirad cómo os va. —Se levantó, recogió los vasos—. La llave no me la des a mí. De eso no se encarga el bar.
—Una cosa más —dijo Lucía, ya en la puerta, con el cierre medio echado—.
Ella está bien. Mal, pero bien. Irene y Daniel le llevan la cena por turnos, Álvaro le sube pan con notas absurdas, y nosotras le hacemos la competencia a la tristeza, que es un oficio que las tres aprendimos hace años.
No te preocupes por eso. Preocúpate por lo tuyo, que es más difícil: por aprender a querer a alguien sin montarle el expediente encima.
—¿Cómo sabes que…
—Porque te conozco desde que entraste por esa puerta con tu carpeta, en primavera —dijo Lucía—. Los de la barra vemos todo. Es nuestro trabajo. —Cerró el cierre del todo—. Buenas noches, Hugo. Que duermas, que hace falta.
Salí a la calle con la llave todavía en el bolsillo y con la sensación de llevar también, por primera vez, la comprensión entera de lo que había pasado. No una versión. La otra versión. La suya.
El jueves me llamó Marta Rovira.
Estaba en el despacho, fingiendo trabajar en la cola de los casos que nunca duelen, cuando sonó el teléfono con su número, que no tenía guardado y que reconocí de memoria, que es una de las cosas incómodas que hace la memoria cuando uno no la consulta.
—He oído que se ha retirado la solicitud —dijo, sin saludar—. ¿Es cierto?
—Es cierto.
—¿Y la boda?
Silencio mío. Marta no insistió, que era su marca.
—Mendieta —dijo, cuando el silencio ya era respuesta—.
Le cuento lo que pasa por mi lado de la mesa, porque usted merece saberlo y porque yo no gano nada ocultándolo.
Esta mañana he tenido la revisión mensual con Madrid.
He enseñado el tablero de la calle del Pez: dos en rojo, el resto en amarillo, y un expediente retirado.
Mi directora me ha preguntado si seguíamos.
Le he dicho que pedíamos pausa. Me ha preguntado por qué.
—Se oyó el teclado—. Le he dicho la verdad: porque este barrio no es un mercado, es una calle, y las calles no se compran por catálogo.
—Le voy a decir una cosa fuera de acta —dijo—.
Yo sabía desde el primer día que había algo que no cuadraba del todo, y no dije nada, porque mi trabajo no es fiscalizar el amor de los demás.
Pero si este barrio no quiere, tampoco me interesa abrir una tienda odiada desde el primer día.
Le he pedido a Madrid que pause la operación hasta que pase el ciclo de alegaciones del barrio.
Me han dicho que sí. No es un regalo: es que los números de un local odiado salen mal en todas las hojas de cálculo que conozco.
—¿Y el treinta de noviembre?
—El treinta de noviembre era mi calendario, no el vuestro —dijo—. Dígale a la asociación que tienen hasta enero para decidir con calma. Y Mendieta… —se oyó el ordenador de fondo, una tecla, una pausa—. Lo siento. Por ustedes. No me pregunte cómo lo sé; lo sé por el silencio, que es mi oficio.
Colgó. Me quedé en el hostal, con la ventana que daba a un patio de luces y la ropa en la silla, y pensé que mi adversaria me había tratado con más verdad en cuatro minutos que yo a mi propia mujer en un mes.
El viernes, doña Pilar me dejó un mensaje.
No lo escuché hasta el sábado: «Hugo, soy Pilar.
La de la cadena me ha dicho que hay tiempo hasta enero.
Y yo quería decirte… que cuarenta años colgando cortinas no se venden así como así, hijo.
Que lo del precio está muy bien, pero que las cortinas las colgué yo. Ya hablaremos.»
Las cortinas las colgué yo. Lo escuché tres veces. La primera, como abogado: un dato de titularidad afectiva. La segunda, como vecino: una declaración de arraigo. La tercera, como hijo de mi madre: una mujer diciendo en voz alta que algunas cosas no entran en ninguna liquidación.
Aquel sábado, además, aprendí que mi madre sabía de todo por otra vía.
Me llamó ella, a la hora de comer, con la excusa de una receta, y en medio de la receta dijo, con la voz de las cosas que no son recetas: «Blanca me escribió ayer.
Me pidió perdón por no haberme contado nada.
La pobre. Como si me debiera a mí alguna cuenta.
» —Hizo la pausa de mi madre, que es la pausa que enseña—.
«Le dije que las cuentas de verdad se hacen con uno mismo, y que cuando quisiera venir a comer, que viniera, que aquí cabe toda la gente que quiere.
¿Le has dicho tú lo mismo, hijo? ¿Que cabe? »
No le había dicho nada. No tenía dónde decírselo.
Se lo dije a mi madre con franqueza total, que ya no tenía versión que defender: «No he podido.
Cerré yo la puerta.» Y mi madre, con esa economía de las condenas que no necesitan adjetivos, me contestó: «Pues espera a que la abra ella.
Y mientras, no le escribas. Que las cartas que no se mandan también dicen cosas. »
—¿Qué dicen?
—Que uno está aprendiendo a no escribirlas —dijo—. Buenas noches, hijo.
El viernes y el sábado pasaron como pasan los días malos: enteros, lentos, sin ninguna utilidad documentable.
Trabajé otros casos, los de la cola, los que nunca duelen.
Comí en el bar del hostal, que era un bar donde nadie me conocía y donde el café sabía a todo lo que me faltaba.
El camarero me sirvió sin preguntar, con la eficiencia neutra de los bares de paso, y yo eché de menos, con una intensidad que no tenía justificación presupuestaria, que alguien me dijera que la leche estaba a sesenta y dos grados y que el condicional se cobraba aparte.
El sábado por la tarde di una vuelta larga, sin querer, hasta la calle del Pez, y me quedé en la acera de enfrente, disimuladamente, como me detengo siempre: fingiendo consultar el teléfono.
El bar estaba abierto. Irene estaba en la barra, con su energía de siempre un punto por debajo; Lucía en la caja; y en la ventana, Beni, Paco y Marisa con sus cafés, en silencio.
Las tres cartulinas del jurado estaban sobre la mesa, boca abajo, las tres, alineadas con un orden que nunca les había visto: del revés, inútiles, retiradas de la circulación.
Marisa levantó una, la miró, y la volvió a dejar boca abajo, como se apaga una luz.
—Esto ya no da risa —oí decir a Beni, a través del escaparate, con la voz que sale cuando la sala está vacía—. Esto ya no da risa y no vuelvo a puntuar hasta que vuelva a dar risa.
No entré. Me fui andando hacia el hostal con las manos en los bolsillos, y en el camino hice la única cosa útil de la semana: llamé a mi madre.
No para contarle nada —para eso no tenía permiso ni palabras—, sino para oírla contar a ella, lo del mercado, lo de su hermana, lo del perro de la vecina.
Diez minutos de vida ordinaria por teléfono.
Al colgar me dijo, de pasada, con esa naturalidad de las madres cuando sueltan lo importante: «Hijo, vente a comer cuando quieras.
No hace falta que traigas nada. Ni a ella ni explicaciones.
» Yo no le había contado nada. Mi madre no necesitaba que se lo contara, porque las madres reciben la verdad por las rendijas, que me lo había dicho Blanca y tenía razón.
Esa era, exactamente, la lección que yo no había aprendido en veintiséis años: que hay gente que te quiere sin que se lo firmes.
Esa misma noche me llegó un mensaje al grupo —al que seguía perteneciendo por inercia administrativa, porque nadie me había echado y nadie me había hablado—.
Era de Lucía, y era corto: «Álvaro está reescribiendo la historia del bar.
Lleva desde ayer. No duerme. Es buena señal o mala, según se mire.
» Y debajo, Irene: «Es buena. Cuando escribe de verdad no duerme.
Cuando escribe mal, duerme mucho y ronca.
» Sonreí en la habitación del hostal, solo, a las once de un sábado, y fue la primera sonrisa de la semana, y me dolió como duelen las primeras.
El domingo por la noche me llevé la ordenanza completa al hostal y me la leí entera, de la primera página a la última, lápiz en mano, como hacía un mes que no hacía con ningún texto: para mí, no para un expediente.