Capítulo once — La visita #3
No supe qué contestar. Le serví otro café sin que me lo pidiera, y ella se lo tomó mirando la pared de fotos, y en un momento dado señaló una de las de la reforma, la del verano, donde ella aparecía con una escoba en la mano y el delantal de las faenas.
—Ahí estoy yo —dijo—. Sesenta y ocho años y media vida en dos metros de pared.
—Está usted en las mejores fotos —dije—. Las que salen sin saberlo.
—Eso es lo que me dice mi hija de Valencia —dijo—. «Mamá, no te metas en las fotos.» —Se encogió de hombros—. Toda la vida me he metido en las fotos. Por eso tengo pruebas.
Al marcharse dijo, desde la puerta, como se deja algo encargado:
—Hacedlo bien. Todo esto —y señaló el bar entero con la barbilla—. Hacedlo bien, que yo ya no sé de qué lado firmo.
Se fue con su paso de escalera larga, y yo me quedé detrás de la barra con el trapo en la mano, mirándola subir, pensando que aquella mujer acababa de decir en voz alta lo que yo llevaba semanas sin decirme: que hay firmas que no sabes de qué lado salen hasta que las ves firmadas.
Aquella noche, en casa, con Hugo en el despacho del bar cuadrando la solicitud que había entrado esa semana en registro, me senté con el portátil en la cocina.
Y por tercera vez desde octubre abrí la ordenanza.
El artículo veintitrés estaba donde lo dejé: establecimiento de interés vecinal, veinticinco años, arraigo, audiencia pública.
Veinticinco años: el bar llevaba treinta y uno.
Arraigo: aquella misma mañana, un técnico municipal se lo había comprobado con cinco testigos y un borrador de tres páginas.
Abrí un correo nuevo. Escribí: «Hugo: hay otra vía.
El artículo veintitrés de la ordenanza, establecimiento de interés vecinal.
Con independencia de la forma jurídica y de los vínculos.
Veinticinco años los tenemos desde hace seis.
El arraigo se ha comprobado esta mañana delante de un técnico.
Léelo tú mismo, entero, y dime qué eliges. »
Lo escribí entero. Estaba bien escrito —lo habría firmado—, y era corto, y era verdad, y era la puerta buena, la que no necesitaba casarse con nadie, la que nos ahorraba a los dos el resto de la mentira.
Lo releí tres veces. La primera, con ojo de corrector: sin errores, sin ambigüedades, con la cita exacta del precepto.
La segunda, con ojo de socia: esta vía salvaba el bar sin depender de nadie, sin test de verosimilitud, sin noches de insomnio frente a pizarras.
La tercera, con el ojo que yo uso menos y que esa noche se negaba a cerrar: la de la persona que sabe exactamente qué está haciendo y por qué lo hace.
Porque enviar ese correo era fácil y correcto y estaba a un dedo de distancia, y borrarlo era difícil e incorrecto y también estaba a un dedo de distancia, y entre los dos dedos se jugaba la última prueba que yo me había prometido no volver a ponerme: quería ver qué elegía él sin que yo decidiera por él.
Otra vez. Por tercera vez. Aunque esta vez, a diferencia de las anteriores, supiera perfectamente que aquello que llamaba «esperar» tenía ya, mal que me pesara, nombre de examen.
Y luego, palabra por palabra, con la tecla de borrar como se borra una lista de la compra que ya no hace falta, lo borré entero.
No lo envié. No lo guardé en borradores.
Lo borré, que es la tercera manera de no decir una cosa y la más limpia de las tres: la primera es no escribirla; la segunda, no enviarla; la tercera, borrarla para que ni siquiera quede la tentación de reescribirla.
Cerré el portátil y me quedé en la cocina a oscuras, con el té frío y la nevera haciendo su ruido de las once. Y entonces oí, desde el salón, un sonido que conocía: el de una carpeta cerrándose deprisa.
Fui hacia la puerta del salón. Hugo estaba en el sofá, con el portátil medio cerrado sobre las rodillas y la cara de un hombre sorprendido en un cajón. Me miró. Sonrió —la sonrisa de cláusula, la antigua, la de octubre—.
—Papeles del despacho —dijo—. Nada interesante.
—Ajá —dije, y fui a la cama.
Yo conozco todos los ruidos de las carpetas de Hugo Mendieta.
El de abrir despacio, el de cerrar de firma, el de hojear buscando, el de dejar caer sobre la mesa cuando ya está todo decidido.
El de ahora era uno nuevo, o uno viejo con uso nuevo: el ruido de la carpeta que se cierra cuando alguien entra en la habitación. El ruido de la carpeta que esconde.
Me acosté mirando la pared del pasillo que da a mi habitación, donde del otro lado, en el salón, mi marido acababa de esconderme un papel con la misma precisión con la que yo llevaba tres semanas escondiéndole un artículo entero de una ordenanza municipal.
Los dos, en la misma casa, con la misma nevera, con dos secretos simétricos bajo el brazo, como dos socios de un mismo negocio que acababan de descubrir, cada uno por su lado, que el otro llevaba libros distintos de contabilidad.
Y en lugar de asustarme, lo que sentí fue algo peor, porque era algo mío: reconocimiento.