11 Maksim #2
—¿Cómo? —preguntó Adrik, claramente nervioso por dar un salto de fe para confiar en una extraña que había entrado en nuestra familia en lo que parecía un acto de sabotaje.
Resumí el escenario experimental que se me había ocurrido. Nadie objetó, y como no estaba revelando nada crítico, no era como si estuviera dando información confidencial o secretos cruciales sobre nuestras operaciones.
Ya debería haber terminado de hacer ejercicio.
Mientras conducía de vuelta a casa, me la imaginé sudorosa y cansada, quitándose la ropa. Desprendiéndose de esas prendas ajustadas y metiéndose en la ducha, la misma en la que la había follado contra la pared y había jurado que me iba a desmayar por la intensidad con la que me había corrido.
Mierda.
Tienes que ponerle fin a esto.
Ya era suficientemente malo que me estuviera desviando de todas las otras cosas que requerían mi atención. Someter a mi mujer a una prueba no había estado planeado.
E imaginarla desnuda —o de cualquier otra forma— tampoco era un uso productivo de mi tiempo.
Subí las escaleras y la busqué sin pedirle a Jeremiah que me dijera dónde estaba. Tras un par de golpes en la puerta de su habitación, entré y la encontré cepillándose el pelo.
Alzó las cejas, sorprendida y molesta.
—Vamos.
No le di la oportunidad de jugar al despiste, preguntándome si la estaba dando órdenes. Para mi deleite, no protestó. Tampoco preguntó qué estaba pasando, aunque sentí que deliberadamente se mantenía callada solo para sacarme de quicio. Vi la curiosidad en sus ojos.
De vuelta en el coche, intenté no mirarla cada dos segundos. Con su largo cabello suelto y ondeando al viento con la ventana parcialmente abierta y esas gafas de sol en su rostro protegiendo sus ojos, parecía relajada. Segura. Casi despreocupada.
Pero el arco regio de una de sus cejas arruinaba esa imagen.
—¿Qué está pasando? —preguntó cuando ya habíamos entrado en la autopista principal de esta zona.
—Hipotéticamente, digamos que dos furgonetas iban hacia el norte por esta ruta desde Mexicali.
Bajó las gafas de sol y me miró por encima de ellas. Tenía su atención. —¿Llevando qué?
—Armas.
—¿Con números de serie o no?
—Sin.
Asintió una vez.
Al tomar una curva cerrada hacia otra ruta, la observé sin perder la compostura.
—Tenemos que llevarlas a San Diego.
Ella escuchaba.
—Pero hay un bloqueo. —Describí el escenario ficticio de un cierre de carretera.
—Y hay dos agentes que nos están siguiendo.
—Añadí detalles más plausibles pero inventados de obstáculos.
—El plazo para la entrega es en dos horas, pero el sitio que el comprador ha elegido está vigilado por desertores renegados de una de las nuevas bandas de Colombia.
—Entonces te detienes aquí, cambias de ruta hacia la Ruta 2D y desistes de seguir por la Ruta 8.
Así de simple. Respondió sin dudar.
—¿Y qué hay de un bloqueo en la frontera otra vez? —pregunté, conduciendo solo para pasear y tenerla fuera de casa, donde la tentación de follarla sería demasiado fuerte.
—Solicita una caravana señuelo para que vaya adelante y cause una distracción. —Se encogió de hombros. —O haz que vayan juntos con pesos y cambien las placas. Los federales en Tecate se dejan comprar fácilmente.
—¿Y qué hay del bloqueo que encontrarían en la 94? —pregunté.
—¿Un bloqueo? —Negó con la cabeza. —Si es algo que ocurrió antes de que comenzara el recorrido, evítalo. Quédate en la 2D hacia el oeste. Soborna el paso en Tijuana.
—¿Y qué hay de los patrulleros en la 805?
—No —negó con la cabeza—. Mantente alejado de la 805. —Añadió más detalles, exponiendo no una, ni dos, sino tres rutas diferentes que los corredores podrían usar en caso de apuro. Incluso mencionó los pros y los contras de cada opción.
La escuché, dándole la libertad y el visto bueno para expresar su opinión, y mientras regresaba a la casa, tuve que preguntarme si ese había sido el verdadero error de Arturo.
Nunca escuchar a su hermana.
No darle la oportunidad de expresar estrategias como esta.
Mientras me daba otra respuesta instructiva, aunque concisa, sobre qué hacer en estos escenarios, me sentía más curioso sobre cómo había llegado a ser tan inteligente.
Tan consciente. Era como si hubiera memorizado mapas.
Se refería a rutas y direcciones, no solo a puntos de referencia para indicar un camino.
La había llevado a esta "prueba", este escenario falso como ejemplo para ver si podía resolver un problema sobre la marcha, para determinar si podía ser una solucionadora de problemas como yo.
Le había hecho estas preguntas específicamente con un plazo límite para determinar cómo resolvería algo sin preparación, papeles ni mapas.
Y lo había hecho.
Para cuando habíamos vuelto a casa después de ese paseo por la autopista, había demostrado lo hábil que era para resolver un problema.
Impecablemente.
Sin dudarlo.
Aparqué y me giré hacia ella, estudiando la cuidadosa compostura en su rostro.
—¿He "aprobado"? —preguntó con frialdad.
Maldita sea.
Maldita esa actitud.
Y maldito yo por quererla aún más a pesar de ello.
No tenía miedo de llamar las cosas por su nombre —una prueba.
Ahora parecía que yo mismo iba a enfrentarme a una. Una prueba para ver si podía mantener la cordura a su alrededor con la comprensión de que mi hermosa esposa era mucho más que una simple princesa del Cártel. Una mujer con su tipo de conocimiento y antecedentes podría ser extremadamente peligrosa.
O un as bajo la manga que no sabíamos que necesitábamos.