Cartas desde Dubái FAYSAL
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FAYSAL

El hecho de que fuera hombre, además de emiratí y proveniente de una de las familias más poderosas de Dubái, evitó que Faysal fuera juzgado. Unas horas en comisaría, una abultada multa y una simple amonestación fue suficiente en su caso.

Durante todo el tiempo que su querida Lola estuvo ingresada en la cárcel dedicó todos sus esfuerzos a que su estancia allí fuera lo menos penosa posible y a que recibiera cuanto antes el perdón del califa.

Cuando ocho meses después lo consiguió, viajó inmediatamente a España para verla, pero Lola había ingresado por voluntad propia en una clínica de reposo en la que no se le permitía recibir visitas.

Gracias a un detective español que sigue teniendo en nómina a fecha de hoy y del que recibe informes cada mes, sabe que ya está divorciada y lleva una vida aparentemente normal junto a Diego y Alejandro en un piso que su padre le compró en el centro de Madrid; incluso ha vuelto a trabajar,

aunque solo media jornada, con un sueldo muy justo y en un puesto muy por debajo de sus capacidades.

También está informado de que tres días a la semana acude a una consulta privada de un psiquiatra de reconocido prestigio y que, poco a poco y con mucho esfuerzo, va recuperando su vida,

aunque cuando recibe las fotos que le envía periódicamente el detective comprueba con tristeza que el brillo de esos ojos grisáceos que le hipnotizaron la primera vez que la vio bajando las escaleras del China Grill se ha borrado de su mirada, quién sabe si para siempre.

Tras el escándalo con la española y fuertemente presionado por su poderosa familia, Faysal contrajo matrimonio poco después con «la mujer adecuada», una bondadosa mujer musulmana con la que ha tenido un primer hijo varón y que ya está embarazada del segundo.

Sabe que ha hecho lo correcto y que no ha podido tener más suerte con la mujer que sus padres escogieron para él.

La quiere y le hace la vida muy fácil, pero un año después no ha dejado ni un solo día de pensar en «el amor de su vida», la española Lola, con la que no ha perdido aún la esperanza de poder esquiar algún día en las pistas de Baqueira Beret y cenar luego juntos un entrecot al Café de París en el

restaurante Biniaran de Arties.