57 - El barranco de la muerte
Empujas con los hombros el árbol más cercano, un cedro antiguo, con la madera ya comprometida por el tiempo y la humedad.
El árbol cruje en protesta, un sonido gutural que resuena por la selva húmeda, y comienza a caer, aplastando la vegetación baja y creando una barrera infranqueable de ramas y hojas.
La maniobra es arriesgada, pero funciona.
El estruendo es lo suficientemente fuerte como para ser oído a la distancia, y la visión del obstáculo obligará a tus perseguidores incas a una parada abrupta y a un desvío prolongado.
Sin embargo, el tiempo ganado es mínimo, y sabes que son implacables.
Con el sonido de los gritos de frustración y las órdenes en quechua resonando tras la barrera de madera, corres hacia el borde del precipicio.
Desde arriba, los incas llegan al borde del barranco.
Puedes oír su respiración agitada y el crujir de sus sandalias mientras inspeccionan el lugar.
Miran hacia abajo, a pocos metros de ti, mas el denso follaje y la sombra de la ladera ocultan tu posición.
Te quedas inmóvil, rezando para que la oscuridad y la confusión de la huida sean suficientes para mantenerte invisible.
– Pachamama kay sacrificiota chaskichun, atipanapaq. – dice uno de ellos.
A tu lado, ves un sendero escondido que serpentea un acantilado. Será difícil, pero tal vez logres llegar hasta él y salir de allí.
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