Carlos V. Trilogía Completa 53. El águila y la flor #2
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53. El águila y la flor #2

La conversación privada tuvo lugar en una galería con vidrieras altas que dejaban entrar una luz de miel.

Salieron Gardiner y Renard, quedaron dos servidores a distancia.

La reina habló primero, en un latín no hermoso, pero firme; Felipe, en esa misma lengua, con la precisión de quien escogió las palabras la víspera.

—Vuestra llegada ha sido segura —dijo ella.

—El mar nos ha tratado con la clemencia debida —respondió él—. Inglaterra es hermosa vista desde la cubierta.

—Más hermosa será si logra la paz.

—La paz depende tanto de Dios como de los hombres. Vos habéis sido valiente al preferir la fe a la comodidad.

María lo miró con una mezcla de gratitud y examen.

—Dicen de vos que no prometéis lo que no habéis de cumplir y que no decís más de lo necesario.

Felipe no sonrió, pero bajó la cabeza un punto.

—Los reinos padecen más por las promesas de los príncipes que por sus silencios, si aquellas no se cumplen.

—Y, sin embargo, hoy necesitamos palabras —dijo la reina, dejando asomar un temblor que no era de miedo, sino de peso—.

Este matrimonio sostendrá mi propósito y acaso dará a Inglaterra un heredero que cierre por fin nuestras heridas.

Os pido respeto a mi reino, a sus leyes; y ayuda, si Francia vuelve a hostigarnos y si Roma requiere de nosotros pruebas de obediencia.

—Traigo órdenes claras de mi señor y padre —dijo Felipe—: respetar las leyes de Inglaterra, no ocupar con forasteros sus cargos, no sacaros del reino sin el consejo y asentimiento debido, no arrastrar a esta isla a guerra ajena.

Y traigo, además, lo que no está escrito en papel: mi determinación de servir a Dios con vos.

Los ojos de María brillaron un momento. Era una mujer que había sufrido el desprecio y la soledad, y que había aprendido a escuchar en la voz del otro si había verdad o sólo retórica. Encontró sobriedad. Le bastó.

—Mañana —dijo—, en la catedral, ante Dios y ante los hombres, nos darán por marido y mujer.

No soy mujer de teatro, príncipe. Soy mujer de conciencia.

Si he de perder el amor de algunos por ganar el de Dios, lo acepto.

Os pediré, cuando los vientos arrecien, porque arreciarán, que mantengáis la compostura y el juicio.

—He sido educado para ello —respondió Felipe—. No ignoréis que también yo seré mirado con sospecha. Hay en este reino quienes me verán como conquistador sin que haya puesto un pie en la sala del consejo. A ellos no se los vence en un día: se los vence persistiendo.

La reina asintió. Durante unos segundos ninguno habló. Desde la nave de la catedral llegaba, amortiguado, el golpe de martillos ajustando estrados. Al fin, María dijo en inglés:

— Welcome to England, my lord.

Felipe, con esa sequedad que disimula una cortesía perfectamente medida, respondió en latín, pero añadió, casi en un susurro, una palabra sencilla en inglés:

—Thanks.

La noche se tendió sobre Winchester con un silencio tenso.

Se oyeron músicas discretas en algunas casas señoriales; en otras, la discusión continuó hasta tarde, con jarras de cerveza y argumentos de ley.

Los españoles rezaron en sus cuartos; los ingleses cerraron postigos y murmuraron.

En una cámara, la reina escribió dos páginas a su capellán: le pedía oraciones y le iba apuntando nombres de los lores a quienes era preciso hablar con paciencia.

En otra, el príncipe, de pie junto a una ventana abierta al jardín oscuro, repasó con Renard los nombres de los grandes ingleses, las genealogías, dónde estaban los hombres del norte, cómo habían votado en Westminster los meses previos.

Nadie perdió el tiempo con metáforas. A la mañana siguiente, bajo la bóveda gótica, no se iba a representar un idilio sino una decisión.

El día de Santiago amaneció limpio, con esa claridad sin calor que el sur de Inglaterra prodiga en verano.

La catedral de Winchester —piedra vieja, columnas como troncos, una nave que parece querer marchar hacia el cielo— estaba ya dispuesta.

Las lámparas ardían, los asientos asignados por precedencia; el coro preparado con el canto; la liturgia romana lista, en latín, para ser pronunciada por Gardiner con voz de quien sabe que cada palabra pesa.

El orden de entrada fue el que manda la etiqueta: la reina por su puerta, el príncipe por la suya, convergiendo ante el altar mayor.

Hubo ojos que se fijaron en colores y tejidos, en perlas y encajes; hubo oídos que midieron el silencio del pueblo.

En la primera fila, señores ingleses de casas viejas; un poco más atrás, hombres nuevos de la reforma, con gesto contenido; al lado contrario, embajadores de Francia con cara de piedra, anotando mentalmente cada detalle para sus informes, y los de Venecia, que siempre anotan todo.

Más arriba, en la tribuna, curiosos y damas de Winchester.

Se vio a algunos españoles inclinarse con recogimiento ante el crucifijo; a algún inglés, carraspear su disgusto. Nadie rompió la forma.