Caras Descubiertas Epílogo — Una desconocida
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Epílogo — Una desconocida

Elena consiguió el trabajo por una llamada.

No hubo formulario, prueba de personalidad ni revisión automática. Una mujer llamada Cecilia, que había trabajado con su prima varios años atrás, necesitaba a alguien para ayudar en la cafetería de un centro médico al sur de Aurelia.

—Es temporal —le advirtió por teléfono—. Dos meses, mientras regresa una muchacha que está incapacitada.

—Está bien.

—Hay que entrar a las seis.

—Está bien.

—Y a veces toca ayudar con el aseo si se llena mucho.

—Yo sé hacer aseo.

Cecilia se quedó callada unos segundos.

—Me dijeron que usted es cumplida.

Elena esperó el resto de la frase.

No llegó.

—Sí, señora.

—Entonces venga mañana.

El centro médico quedaba a una hora y veinte de su casa cuando no llovía. Elena salió antes de las cuatro y media, con una lonchera pequeña y el uniforme doblado dentro de una bolsa. Mariana seguía dormida. Le dejó el desayuno cubierto con un plato y una nota pegada en la nevera.

Hay huevos. No salgas sin comer.

En el primer bus consiguió puesto junto a la ventana.

La ciudad todavía no había encendido todas sus pantallas. Algunos anuncios flotaban sobre las avenidas, pero el brillo de la mañana empezaba a volverlos transparentes. A esa hora se veían más las grietas de los edificios, las manchas en las fachadas y las bolsas atrapadas en los árboles.

Elena apoyó la cabeza en el vidrio.

Dos puestos más adelante, una mujer veía videos sin audífonos. Un hombre preparaba una presentación en el teléfono. Un muchacho dormía abrazado a una caja de herramientas. Nadie la miró.

En el segundo bus viajó de pie.

Cuando llegó, Cecilia le mostró la cocina, la caja registradora, el lugar de los vasos, la máquina de café y una puerta que se trababa si no se levantaba un poco antes de cerrarla.

—No la fuerce —dijo—. Se daña más.

Elena practicó dos veces hasta que la puerta cerró sin ruido.

Después se puso el uniforme.

Era verde claro y le quedaba grande en los hombros. Cecilia le entregó una cofia, un delantal y una ficha blanca sin fotografía.

ELENA

Solo eso.

—La gente aquí viene de afán —explicó Cecilia—. Algunos llegan bravos. No es con uno.

Elena asintió.

A las siete empezaron a entrar médicos, enfermeras, acompañantes y personas que llevaban varias horas sin comer. Elena sirvió tintos, calentó panes, cobró jugos y buscó monedas en una caja que se atascaba cada diez ventas.

Un hombre se quejó porque el café estaba tibio.

Una señora pidió azúcar, después dijo que no podía tomar azúcar y devolvió el vaso sin probarlo.

Un niño tumbó una bandeja con tres avenas.

Elena limpió el piso mientras la mamá del niño se disculpaba.

—No pasa nada —dijo.

A media mañana, una enfermera la miró durante varios segundos.

Elena bajó la cabeza y siguió contando vueltas.

La enfermera frunció el ceño, como si tratara de recordar algo.

—¿Nos conocemos? —preguntó.

Elena sintió el cuerpo prepararse antes que ella.

—No creo.

La enfermera volvió a mirarla.

—Usted se parece a una señora que trabajaba en el colegio de mi hijo.

—No soy yo.

—Ah, bueno.

Pidió una empanada y un café grande.

Eso fue todo.

A la una, Cecilia le dio media hora para almorzar. Elena comió en una mesa del fondo, junto a una ventana que daba al estacionamiento de ambulancias. Revisó el teléfono.

Tenía un mensaje de Mariana.

Mamá dejaste las llaves del cuarto encima de la mesa.

Elena respondió:

Guárdamelas. Llego a las cinco y media.

Después abrió el buscador.

No había planeado hacerlo. Durante las últimas semanas intentaba no buscar su nombre, pero la costumbre aparecía cuando estaba cansada o cuando alguien la miraba más de la cuenta.

Escribió:

Elena Rojas Aurelia

Los resultados tardaron un segundo.

El primer enlace era una noticia vieja sobre la campaña de Marea. El segundo, una copia del video. El tercero, un artículo sobre la caída de Resonancia. Habían retirado su fotografía, pero el texto todavía decía que una trabajadora había sido utilizada como caso de reintegración reputacional.

Elena cerró la aplicación.

Terminó el arroz que había llevado y guardó el recipiente.

A las cuatro, Cecilia contó la caja.

Faltaban dos mil pesos.

Revisaron las ventas una por una hasta encontrar un jugo registrado como agua. Cecilia corrigió la diferencia y cerró el sistema.

—Para ser el primer día estuvo bien —dijo.

Elena esperó.

—Mañana hacemos lo mismo.

—Sí, señora.

—Y no me diga señora. Me hace sentir vieja.

Elena sonrió apenas.

Se cambió en el baño, dobló el uniforme y guardó la ficha blanca en la bolsa. Al salir, Cecilia la llamó desde la puerta.

—Déjelo aquí.

Elena volvió.

—El uniforme. Para que no lo cargue todos los días.

Elena lo dejó colgado detrás de la cocina.

La ficha también.

Afuera había empezado a llover.

Compró un paraguas barato en un puesto frente al centro médico y caminó hasta la parada. El primer bus pasó lleno. Esperó el siguiente debajo de un techo de plástico junto a otras seis personas.

Una muchacha le pidió indicaciones.

Elena le explicó dónde debía bajarse.

Un vendedor ambulante subió ofreciendo chocolatinas y cargadores. Elena compró una chocolatina para Mariana y la guardó en la lonchera.

Durante el trayecto de regreso, el bus avanzó despacio entre el tráfico. Aurelia encendía sus pantallas para la noche. En una de ellas apareció el rostro de una actriz anunciando una aplicación de descanso. En otra, un hombre explicaba cómo recuperar la confianza pública después de una crisis.

Elena no alcanzó a escuchar lo que decía.

El bus dobló antes.

Se bajó cuatro cuadras antes de su casa para comprar leche y pan. La mujer de la tienda le ofreció una marca más barata.

—Esa sale buena —dijo—. Yo la llevo para la casa.

Elena la puso en la canasta.

También compró huevos, jabón y una compota con tapa roja.

Mientras esperaba para pagar, una niña empezó a llorar porque su mamá no quería comprarle unas galletas. El cajero pidió cambio. Alguien dejó caer una moneda.

Nadie sacó el teléfono.

Elena pagó y guardó las cosas en dos bolsas.

Afuera había dejado de llover. El agua corría por los bordes de la calle, llevándose hojas, empaques y tierra. Caminó despacio para que no se rompiera la bolsa de la leche.

Al llegar al edificio, el portero nuevo le abrió sin preguntar el nombre.

—Buenas tardes.

—Buenas.

Subió por las escaleras porque el ascensor estaba dañado. En el tercer piso escuchó una televisión encendida. En el quinto olía a sopa. Al llegar al apartamento encontró a Mariana sentada en la mesa, haciendo una tarea.

—Te traje algo —dijo Elena.

Sacó la chocolatina.

Mariana la recibió y la dejó junto al cuaderno.

—¿Cómo te fue?

Elena puso la leche en la nevera.

—Bien.

—¿Te quedas?

—Por ahora.

Mariana abrió la chocolatina.

—¿La gente era querida?

Elena pensó en el hombre del café tibio, en la enfermera, en Cecilia y en la puerta que había que levantar para cerrarla.

—Normal.

Mariana partió la chocolatina por la mitad y le entregó un pedazo.

Elena se sentó a su lado.

Comieron sin hablar mientras afuera los carros avanzaban sobre la avenida y las pantallas de Aurelia seguían encendidas.

En algún servidor, su nombre todavía llevaba a un video.

En otro, un sistema sin nombre conservaba la forma de sus pausas, la cadencia de su voz y la manera en que una ciudad había aprendido a desconfiar de ella.

Elena no lo sabía con precisión.

Esa tarde no lo buscó de nuevo.

Terminó la chocolatina, revisó la tarea de Mariana y se levantó para preparar la comida.

Aurelia todavía sabía quién era Elena Rojas.

Esa tarde, por algunas horas, a nadie le importó.