Capítulo 10
Nadia
Cuatro meses después
La «Marcha Nupcial» llena la iglesia, fundiéndose a la perfección con el suave susurro de los invitados que se giran en sus bancos.
La procesión nupcial comienza cuando Lucia, mi hermana, junto con Olivia y Amelia, las hermanas de Oscar, dan sus primeros pasos por el pasillo.
Mi padre enlaza su brazo con el mío y, tras respirar hondo, doy el primer paso hacia mi alma gemela.
—Elegiste bien —dice papá mientras avanzamos despacio por el pasillo.
Miro a Oscar. Está de espaldas a mí.
—Así es.
—¿Sabes que tu madre y la de Oscar llevan soñando con este día desde que os conocisteis, con cinco añitos?
Me río.
—Son como dos madrinas de la mafia, tramando que sus hijos se unan para que las familias sigan en el poder.
Papá sonríe.
—Yo solo quería que fueras feliz.
Con la mano libre, le aprieto el brazo.
—Lo sé, y lo soy.
Avanzamos hacia Oscar, que espera en el altar. El corazón se me acelera de la emoción: me acerco al siguiente capítulo de mi vida.
Con Oscar Bridge… mi futuro esposo.
Mamá se lleva un pañuelo a los ojos llorosos mientras paso junto a ella, pero no sin antes ver que le levanta el pulgar a la madre de Oscar, y suelto una risita.
Cuando llego al altar, el corazón me da un vuelco en cuanto Oscar se gira y me sonríe. Sus iris azules se han oscurecido, y siento las mariposas revolotear en el estómago.
Le paso el ramo a mi hermana Lucia, que ahora está junto a Nate, el compañero de equipo de Oscar y, según él, el que menos probabilidades tiene de cagarla como padrino.
Palabras textuales de Oscar.
El sacerdote comienza y nos intercambiamos los votos, prometiéndonos amor y cuidado mutuos por toda la eternidad.
Puedo hacerlo, y lo haré. Tanto es así que una profunda paz me invade.
La ansiedad y las inseguridades que suelen atormentarme pasan a un segundo plano, sustituidas por la certeza absoluta de que este es mi lugar.
—Los declaro marido y mujer —dice el sacerdote mientras los invitados estallan en aplausos a nuestra espalda.
—¡Dale un beso! —grita alguien antes de que el sacerdote pueda decirlo.
Con lágrimas en los ojos, Oscar me atrae hacia él y me besa, sellando nuestro amor con un beso apasionado.
Cuando nos separamos, Oscar me susurra al oído:
—Ahora ya podemos ponernos a hacer esos niños.
Él siempre supo que yo quería hijos, y que los quería siendo joven. Lo que yo no sabía era que Oscar también lo deseaba de verdad.
Dejé la píldora hace un par de meses. Todavía no me he quedado embarazada, pero tengo esperanzas.
—Delante de los invitados no, Oscar. No necesito ese tipo de publicidad.
La recepción es un torbellino de risas, música y copas tintineando. Le robo miradas a Oscar siempre que puedo, sin acabar de creerme que ya sea oficialmente mi marido.
Me toma de las manos y bailo con mi flamante marido bajo un dosel de lucecitas.
—¿No pueden pillar la indirecta e irse a casa? —pregunta con un toque de picardía.
—Paciencia.
—Se me han puesto los huevos morados de esperar.
—Típico de ti.
Me río mientras sus manos me acarician la espalda. Su tacto es eléctrico y me provoca escalofríos por toda la columna mientras nos movemos en perfecta armonía en la pista.
Cuando suena una canción lenta, Oscar me atrae contra su cuerpo firme y me mira intensamente a los ojos.
—Te quiero —susurra con una voz tan cargada de emoción que me deja sin aliento.
—Yo también te quiero —respondo, notando cómo las lágrimas me escuecen en los ojos.
La recepción pasó volando entre risas, bailes y brindis. Ahora la noche ha llegado a su fin y los invitados se han marchado a casa o a sus habitaciones del hotel.
Oscar está en el balcón de nuestra suite, con la mirada perdida en el horizonte. Le rodeo la cintura con los brazos y le beso el cuello, robándole un momento a solas a mi marido mientras contemplamos las luces titilantes de la ciudad.
Cuando se gira, me envuelve entre sus brazos y me atrae hacia él.
—No me puedo creer que ya seas mi mujer —murmura, y me da un beso en la frente.
Le sonrío.
—Yo tampoco. Pero soy muy feliz.
—Estoy a punto de hacerte mucho más feliz.
Oscar me baja la cremallera oculta de la espalda hasta que sus dedos juguetean con mis braguitas de encaje.
—Bonitas.
—Ni se te ocurra romperlas —le advierto, porque mi marido tiene la manía de arrancarme las bragas y luego mandarme paquetes de ropa interior nueva. Ropa interior que sabe que va a destrozar.
Deja que el vestido me resbale por el cuerpo, por las caderas, hasta caer en un charco blanco a mis pies.
Me pasa los dedos por el sujetador de realce antes de enganchar uno en el cierre de atrás. También es un experto en quitármelos.
Por suerte, esos no puede romperlos.
Me coge los pechos con ambas manos en cuanto quedan libres. Pero enseguida sus manos bajan entre mis piernas. Oigo un desgarro cuando me arranca las bragas.
—Otra vez no —protesto—. Esas eran…
—Te quiero, esposa —murmura, y sonrío. Sabe cómo engatusarme.
Me agarra del trasero y me alza en vilo, apretándome contra la pared.
Le rodeo la cintura con las piernas mientras él me atrapa el pezón con los labios. Se me escapa un gemido cuando su lengua me lame el botón y luego sus dientes se hunden en mi carne tierna, arrancándome otro gemido.
Un gruñido grave brota de la garganta de Oscar y me vibra sobre la piel.
—No pares. Qué bien se siente —le agarro los hombros y mis uñas se clavan en sus duros músculos. Cuando se flexionan, veo el delicioso escozor que siente reflejado en su rostro.
—Joder, eres perfecta —lame mi pezón hasta dejarlo duro y erguido.
—Agárrate —dice—. Necesito probarte.
No discuto. Le rodeo el cuello con los brazos y él me levanta hasta que su pecho queda contra el mío. Se gira y avanza hacia la cama a grandes zancadas, me deja caer y me separa los muslos mientras un gruñido de satisfacción escapa de su garganta.
Mis manos buscan su cabeza, las uñas le rascan el pelo, ansiando su aliento caliente en mi sexo, y cuando lo siento, casi exploto como una bomba.
—¿Te gusta, cariño?
Gimo mientras su pulgar me frota el clítoris antes de deslizarse por mi raja.
—Ya estás empapada para mí.
Abro más las piernas, alzo las caderas, desesperada por sentir su lengua. Me recorre el coño con ella.
Una y otra vez, hasta que me hago añicos.
—Uno más —no se detiene. Me folla el coño con el dedo mientras su boca me chupa el clítoris palpitante.
—¡Oh! Osc... —grito.
Y estoy deshecha. Mi cuerpo queda lánguido, pero eso no detiene a Oscar. Sigue lamiéndome el sexo como si fuera su última comida.
No puedo más. Y justo cuando estoy a punto de protestar, me da un último beso en el clítoris y asciende por mi cuerpo hasta quedar frente a frente.
Clava sus ojos en los míos mientras sostiene el peso de su cuerpo con una mano y con la otra guía su polla dura hacia mi entrada.
—Te quiero —dice mientras le agarro las caderas y lo miro fijamente a los ojos oscurecidos. Dos rocas negras brillantes que me devuelven la mirada.
Baja el cuerpo y me penetra de una embestida.
Grito mientras su boca se estrella contra la mía. Su lengua se desliza en mi boca. El beso apasionado nos deja sin aliento, perdidos en el momento.
Lo deseo más que a nada en el mundo. Solo puede ser él. Todo lo que siempre quise fue a Oscar... y ahora es mi marido. Es mío.
Gruñe mientras sus caderas se balancean, embistiéndome como si quisiera quedarse dentro de mí para siempre.
Yo también lo quiero. Le agarro la espalda, clavo los dedos en su piel mientras intento desesperadamente acercarlo más.
—Me posees —gruñe cuando mis uñas le arañan la carne.
Él también me posee. Siempre lo ha hecho. Nadie llegó a adueñarse de mi corazón como él. Supongo que nunca me lo devolvió cuando éramos jóvenes.
—Te poseo tanto como te quiero —gimo mientras me agarra el trasero y mi coño se contrae alrededor de su polla.
Embiste dentro de mí. Sus caderas chocan contra las mías. Y disfruto cada momento.
La electricidad me recorre la columna y se concentra en mi centro. Nunca pensé que volvería a correrme, pero mientras mi coño se aprieta alrededor de su polla, sé que estoy subiendo de nuevo a ese lugar perfecto.
—Córrete para mí, esposa —gruñe—. Te siento... Oh... Sí. Córrete para mí.
El estómago se me tensa y el coño me palpita.
—Oh... —le presiono los labios contra el cuello, aspirando su olor.
—Sí, Nads —sus caderas retroceden, y cuando vuelve a embestir, su cuerpo se tensa contra el mío. Gruñe mi nombre otra vez, profundo y ronco, mientras su polla palpita dentro de mí y me llena de su semen.
Deja caer el cuerpo sobre el mío y me besa los labios.
—Te quiero —susurra contra mi boca.
—Te quiero.
Oscar es el único hombre al que he querido en toda mi vida, y resulta que él también me quiso a mí.
Una vez pensé que éramos amantes malditos por las estrellas. Pero ahora sé que somos almas gemelas y que el camino que recorrimos para encontrar nuestra segunda oportunidad fue parte del cuento de hadas.
Y este cuento de hadas, como debe ser, encontró su final feliz.