CAPÍTULO 22 — LA PRUEBA FINAL
—Vaya, vaya —dijo Duarte, entrando en el santuario con expresión de triunfo mal disimulado—. Veo que han hecho todo el trabajo difícil por mí. Se lo agradezco, Capitán.
Luca se interpuso instintivamente entre Duarte y el cofre dorado, con Tomás situándose de inmediato a su lado.
—Duarte, esto no es lo que usted piensa. No hay oro aquí. Solo documentos.
—Documentos que, como ya le expliqué, valen más que cualquier oro para las personas correctas. —Duarte hizo una señal a sus hombres, que levantaron sus armas—. Ahora, sería mucho más sencillo si simplemente me entregaran el cofre.
Elena, pensando rápidamente, dio un paso adelante.
—Duarte, usted mismo lo dijo: buscó este tesoro durante veinte años. ¿No le interesa siquiera saber qué es lo que realmente encontró Ezequiel Roca? ¿Qué es lo que Simón Ferrer intentó proteger?
Por un instante, algo parecido a la curiosidad genuina cruzó el rostro de Duarte, rápidamente reemplazado por su habitual máscara de indiferencia calculada.
—Sé lo que es, señorita. Documentos sobre injusticias históricas. Papeles que, francamente, a nadie con poder real le interesa que salgan a la luz. Por eso valen tanto para quienes preferirían mantenerlos enterrados.
—Entonces usted no busca la verdad —dijo Luca, con voz firme—. Busca venderla al mejor postor, sin importarle si eso significa enterrarla para siempre.
—Así es como funciona el mundo, Capitán. Es momento de que usted también lo aprenda.
Nico, temblando ligeramente pero con determinación en la mirada, se acercó a Luca.
—Capitán, no podemos dejar que se lo lleve.
—No lo haremos, Nico. —Luca miró a Duarte directamente a los ojos—.
Duarte, si de verdad quiere este cofre, tendrá que quitármelo por la fuerza.
Pero le advierto: si sus hombres nos disparan aquí, en este lugar sagrado, cargará con esa culpa el resto de su vida, sin importar cuánto oro o cuánto poder acumule después.
Un silencio tenso llenó el santuario. Duarte, por primera vez desde que Luca lo había conocido, pareció dudar genuinamente.
Fue entonces cuando ocurrió algo que ninguno esperaba. Uno de los hombres de Duarte, un joven que hasta entonces había permanecido en silencio, bajó lentamente su arma.
—Señor Duarte —dijo con voz insegura—, mi abuela era descendiente de uno de los pueblos mencionados en esos documentos, según cuenta mi familia. Si esos papeles pueden ayudar a probar lo que le hicieron a nuestra gente… no puedo ser parte de esconderlos de nuevo.
Duarte se giró hacia su hombre con incredulidad furiosa.
—¿Estás cuestionando mis órdenes, Mateo?
—Estoy cuestionando lo que está bien, señor.
La tensión en el santuario alcanzó su punto máximo. Duarte, viendo que su propia autoridad comenzaba a resquebrajarse, miró alternativamente a Luca y a su propio hombre, calculando rápidamente sus opciones.
—Está bien —dijo finalmente, con voz cargada de amargura contenida—. Quédense con sus documentos, Capitán. Pero recuerde esto: en este mundo, la verdad rara vez triunfa sobre el poder. Espero, por su bien, que esta sea una de esas raras excepciones.
Duarte se retiró del santuario con paso rígido, seguido por su otro hombre. Mateo, sin embargo, se quedó un momento más, mirando a Luca con una expresión de disculpa silenciosa.
—Lo siento, Capitán. No sabía en qué me estaba metiendo cuando acepté trabajar para Duarte.
—No es tarde para elegir el camino correcto, Mateo —respondió Luca—. Lo que hiciste hoy, hablando cuando más importaba, requiere más valentía de la que muchos hombres tienen jamás.
Mateo asintió, agradecido, antes de seguir a Duarte de vuelta hacia el yate anclado en la bahía opuesta de la isla.
Cuando finalmente quedaron solos, Nico soltó un largo suspiro de alivio.
—Pensé que esta vez sí tendríamos problemas serios, Capitán.
—Los tuvimos, Nico —respondió Luca, abrazando al muchacho con cariño—. Pero a veces, la verdad tiene una forma de encontrar aliados en los lugares menos esperados.
Elena, guardando cuidadosamente el cofre dorado en su mochila, miró hacia el horizonte donde el sol comenzaba a descender.
—Capitán, deberíamos regresar al barco antes del anochecer. Creo que ya hemos tenido suficientes aventuras por hoy.
Luca sonrió, sintiendo por primera vez en días un peso genuino levantarse de sus hombros.
—Estoy completamente de acuerdo, Elena. Vamos a casa.