Capítulo 16 #2
—Lo sé. A mí también me incomoda —dijo él mientras yo me levantaba de la silla y me apoyaba en el mueble bajo la ventana, quizá para escapar un poco de su mirada intensa.
—Es un momento complicado… —dejé la frase en el aire, y permanecimos en silencio durante un largo rato, hasta que él se levantó de la silla y caminó hacia mí con pasos lentos.
Era Héctor, ahí, frente a mí. No podía negar que su presencia me revolvía el estómago.
¿Qué hacer cuando alguien que creías que jamás volvería a cruzarse en tu vida está ahí, cara a cara contigo?
¿Qué hacer cuando sabes que existe un sentimiento que nunca superaste?
¿Estás preparada para la posibilidad de ser la única que no logró seguir adelante?
—Mira, Alexia —rompió él nuestro silencio—, años atrás nos separamos porque no fuimos capaces de mantener un diálogo. Había mucho que decir entonces y ninguno de los dos hizo nada al respecto.
—Lo sé, Héctor… —pensé—. Y si lo sabía, ¿por qué me resultaba tan difícil hablar de ello?
¿Por qué sentía la ansiedad invadirme? Yo, que siempre había sido una mujer controlada, segura en mis actos y decisiones, ahora parecía sudar por las manos al sentirlo acercarse a mí, con el uniforme y esa postura tan dominante.
—No voy a equivocarme dos veces —dijo, aún más cerca, y en un movimiento rápido me atrajo contra su cuerpo, tomando mis labios con los suyos.
¿Qué estaba haciendo? ¡Podían pillarnos en cualquier momento!
Pero la verdad es que no me importaba lo más mínimo.
Sentí su mano agarrándome por la nuca, con ese roce tan sexy de la base de su palma, mientras su lengua danzaba en mi boca, exigiendo cada vez un poco más de mí.
Era indescriptible la sensación de estar en sus brazos: la excitación, el miedo, la añoranza. Mi mente giraba, incapaz de considerar las consecuencias.
¿Cómo podía un sentimiento sobrevivir tantos años sin contacto, sin cercanía, sin noticias?
Era como si yo hubiera nacido para ser de Héctor, solo suya y de nadie más.
Con un leve empujón, me colocó sobre el borde del mueble y se situó entre mis piernas, inclinado hacia mí, subiendo la barra de mi vestido hasta la cintura. Su mano recorría mi muslo izquierdo hasta alcanzar mi centro, ya húmedo.
Mi mente giraba como un ciclón, el corazón parecía a punto de estallar en mi pecho; podía correrme si seguía frotando esa zona tan sensible de mi cuerpo.
—Alexia, no me entregaste la carpeta con los documentos del caso… —di un brinco al escuchar la puerta abrirse de golpe, un escalofrío de puro pánico recorriéndome el cuerpo, y empujé a Héctor hacia un lado intentando ganar distancia—. ¿Pero qué está pasando? —preguntó Manuela, desconfiada.
No sabía cómo se sentía un infarto, pero estaba segura de que estaba teniendo uno. Mi corazón martilleaba tan fuerte que parecía que podía verlo palpitar.
—Claro… la carpeta… —llevé una mano a los labios, intentando recomponerme, respirando descontroladamente por el susto.
—Señora fiscal, será mejor que cierre las piernas, estoy viendo su braguita —se burló Manuela, con tono malicioso—.
Y usted, Capitán… —señaló el evidente bulto entre sus piernas, haciendo a continuación un gesto circular con el dedo para indicarle que se diera la vuelta, cosa que él hizo de inmediato—. Así que… ¿así es como trabajáis?
—Es más complicado de lo que parece… —respondí, preocupada, mientras arreglaba mi ropa antes de acercarle la carpeta de la mesa.
—¿De lo que parece? Señora fiscal, mi mente ha ido a Marte y ha vuelto.
Me ha entrado hasta calor aquí dentro —Manuela me guiñó un ojo, aun sonriendo, mientras cogía la carpeta—.
Yo dije que hablarais, Capitán, no que os abalanzarais el uno sobre el otro en mitad del trabajo —siguió entre carcajadas, antes de salir de la sala.
—Héctor… —me cubrí el rostro con las manos, intentando recuperar el juicio.
Manuela tenía razón, aquello era un comportamiento de adolescentes.
—¿Podemos hablar esta noche? —preguntó él, ya recompuesto.
Dios mío, ¿qué más teníamos que hablar? Yo ya ni siquiera conseguía seguir mi propio hilo de pensamiento. ¿Qué estaba haciendo Héctor conmigo?
—En mi casa, te espero allí —respondí, con la euforia apoderándose de mí cuando Héctor me besó en una mejilla antes de disponerse a marcharse.
*** *** ***
Ya era tarde cuando Héctor llegó; llevaba vaqueros y camiseta, pero yo sabía que escondía el arma bajo la chaqueta.
Aunque no habíamos hablado sobre nosotros desde la vuelta —salvo por el intento frustrado de Manuela esa mañana—, intercambiábamos mensajes sobre su preocupación por mi seguridad.
Entró en el salón con un paquete en las manos y, en cuanto cerré la puerta, me lo entregó.
—¿Qué es esto? —pregunté con una sonrisa algo desconcertada.
No sabía exactamente qué hacer: ¿nos abrazaríamos? ¿Nos besaríamos? ¿O simplemente no nos tocaríamos, esperando esa conversación que sabíamos que debíamos tener y que ninguno de los dos conseguía comenzar?
—Ha estado conmigo todos estos años —dijo él al mismo tiempo que sacaba el arma de la cintura y señalaba un aparador en la esquina, junto a un sillón—. ¿Puedo?
—Claro —respondí.
No estaba acostumbrada a tener armas en casa; esa no era mi realidad. Pero, por lo que parecía, Héctor nunca dejaría de ir armado.
Nos sentamos en el sofá, aunque la cena ya estaba lista, y abrí el paquetito, suave y ligero. Me encontré con mi camiseta favorita de la época de la universidad.
—La olvidaste en mi casa y, cuando lo dejamos, simplemente la guardé. Era un pedacito de ti que podía tener conmigo —confesó, y sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.
—La busqué durante tanto tiempo… —llevé un dedo para secar la humedad que ya estaba a punto de convertirse en lágrima.
No era por la prenda en sí; era por el hecho de que él la hubiese guardado desde entonces. Era por ese asunto tan importante, no resuelto, silenciado durante tanto tiempo. También porque ahora tantas cosas eran tan distintas.
Héctor era policía, había cumplido su sueño, y eso me volvía loca de preocupación. Pero ya no del mismo modo que cuando recibí la noticia que acabó provocando nuestra discusión.
Yo respetaba su decisión, respetaba que cada uno tuviera su propio sueño y que la felicidad estuviera en nuestras realizaciones.
Hoy existía una madurez que yo no tenía entonces. Sé que jamás podría haberme entrometido en la elección que Héctor hizo al decidir entrar en la academia militar.
—Creo que fui un idiota por salir de tu casa aquel día de esa manera y no volver nunca a buscarte.
No quiero llenarte de excusas, pero estaba lidiando con algunos conflictos internos con los que ya no sabía manejarme —dijo mientras sujetaba mi mano—.
No me arrepiento de mi elección, pero sí de la forma en que la hice. Perder a Jorge me sacó de mi eje.
—No… Héctor… escúchame —pedí, secando la lágrima del otro ojo—. Yo también fallé, y mucho. Creo que ninguno de los dos tenía la madurez para un momento como aquel, y para colmo, yo no supe interpretar lo que tú estabas sintiendo.
—Mi hermano era como un padre, y murió defendiendo a la sociedad como un héroe.
Yo quería seguir sus pasos y hacer que se sintiera orgulloso —me secó una lágrima de la mejilla con la punta de los dedos—.
Después de entrar en el internado de la academia, enmascaré el dolor dedicándome por completo a los estudios y al entrenamiento. Al final, fue bueno para mí.
Respiré hondo e hice un gesto discreto y afirmativo con la cabeza; él no tenía por qué explicarme nada de aquello. Tenemos la manía de creer que sabemos lo que es mejor para el otro, pero no siempre es verdad.
—Me asusté. Que lo dejaras todo para entrar en la Policía… lo único que imaginé fue la situación de tu madre. No creo que soportaría verte correr ese peligro, verte morir…
—Pero estoy vivo, Alexia.
—Lo sé… —abrí los brazos y recibí su abrazo fuerte, su calor fundiéndose con el mío, el contacto de nuestras pieles encendiendo mi cuerpo y acelerando mi corazón.
—¿Cuánto te incomoda todavía? —preguntó en susurros, junto a mi oído, mientras acariciaba mi nuca por debajo del cabello.
—Ya no me incomoda… —confesé al ofrecerle mis labios, y sentí su lengua penetrar en mi boca en un beso lento y profundo.
Ninguno de los dos recuperaría los años perdidos por nuestra terquedad, pero… ¿podríamos ganar nuevos años?
Ya no sabía si estaba razonando con claridad, pero a esas alturas ya no me importaba. Simplemente me dejé guiar por sus brazos, por la urgencia con la que deslizó mi camiseta por mis brazos y la lanzó lejos, hasta que yo hice exactamente lo mismo con la suya.
Entre besos ardientes y caricias firmes recorriendo mi cuerpo, Héctor me atrajo hacia su regazo, sentándome sobre su miembro claramente endurecido y, después, aún ocupado en mi boca, se levantó conmigo en brazos y caminó hasta la pared decorativa de espejo que tenía en el salón, junto al aparador de madera, iluminados únicamente por un foco que dejaba el ambiente en penumbra.
Allí me dejó de pie, me besó con aún más fervor y me giró para que quedara de frente al espejo.