Capitán Hector (Hombres de la ley 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Un delincuente cualquiera, a quien metí entre rejas —era media verdad, un ladrón de poca monta que había invadido la casa de un político y fue detenido por la policía. Uno de los casos menores que yo había asumido al azar.

—¡Eso no es verdad! —insistió, furioso, caminando tras de mí y volviendo a sujetarme del brazo, obligándome a mirarlo de nuevo—. ¡Sé honesta y dime la verdad! —gritó cuando hice un movimiento lateral para que me soltara—. ¡Maldita sea, Alexia, ¡di la verdad al menos una vez en tu vida!

—¡Esta es la verdad! —grité de vuelta, ofendida—. Jamás te mentí mientras estuvimos juntos; lamento que pienses así.

Aquel comentario suyo, llevado al terreno personal, hizo que el poco autocontrol que aún me quedaba estallara de una vez; la furia en mi voz, la agresividad de los latidos de mi corazón, el fuego que sentía arder en mis ojos…

Héctor no conocía esa parte de mí, no así, no de la Alexia que había madurado.

Fue entonces cuando, al mirarme a los ojos, respiró hondo y soltó el aire lentamente, quizá reflexionando sobre lo que acababa de decir. Él también sabía que había ido demasiado lejos en su afirmación.

—Está bien —exhaló despacio, lanzando las palabras con fastidio y el ceño fruncido—, pero ¿y ahora?

Sé que estás ocultando algo y me parece importante.

Será mejor que empecemos a ser sinceros el uno con el otro o acabaremos muertos.

Nos pisan los talones y tú lo has sentido en la piel hoy —su voz era más ponderada, aunque no necesariamente estaba más calmado.

—Marcelo Gomes era un asaltante como cualquier otro. Lo metí entre rejas en un proceso relativamente simple, sustituyendo a otro fiscal, pero...

—¿Pero…? —insistió, con un tono más alto que el mío—. ¡No saldremos de este cuarto hasta que me cuentes toda esa historia!

Tenía la impresión de que él, o alguien que lo manejaba, seguía mis pasos. Solo que aún no tenía cómo probarlo. Había empezado a recibir mensajes anónimos; intentaba no creer que alguien me tenía en la mira, porque no había motivo. Hasta que acepté visitarlo en prisión.

—Pero… jamás hubo ningún indicio de que formara parte de algo mayor…

—¿Hasta hoy?

—No… —bajé la cabeza y suavicé la voz—. Hasta que empezaron las amenazas.

—Joder, Alexia. ¿Qué amenazas? —estalló él, pasándose las manos por la cara antes de dar unos pasos y sentarse al borde de mi cama.

—Amenazas de que siempre estarían un paso por delante de mí, de que saben todo sobre mí.

—¿Quiénes?

—¡No lo sé, Héctor! Marcelo era solo un mensajero, pero ellos saben quién soy, lo que hago, dónde vivo...

—¿Tienes idea de lo que significa eso? Tienes secretos que pueden comprometer nuestras investigaciones y poner en peligro la vida de todos, como hoy. ¿Quién garantiza que no nos siguieron por eso? Piensa en lo que estás haciendo, joder, mira el nivel de tu irresponsabilidad.

—Eso nunca fue problema vuestro, es un problema mío.

—Despierta, Alexia, ¡abre los ojos! Es un problema nuestro, ¡joder! Si uno de nosotros muere, es responsabilidad de todos. ¡No tienes derecho a guardar un secreto así! Uno de nosotros en peligro… —vaciló un momento—. TÚ en peligro… ¿cómo crees que me siento yo?

Durante años, la distancia entre nosotros hizo que no tuviera mucho de qué preocuparme, ni mucho que sentir. No sabía, no veía, no sentía.

Pero Alexia, vulnerable, frente a mí, y la idea de que ella corría peligro sonaba a algo sin precedentes.

Su rostro asustado, los ojos abiertos por la tensión. Quiere ser fuerte, ella es fuerte, pero también sigue siendo quien llevo dentro de mí.

El tiempo había hecho que el sentimiento quedara reprimido en un lugar inaccesible, pero estar frente a frente con ella hacía que todo volviera.

—¡Joder, Alexia! —me acerqué a ella, levantándome de la cama y tomándola entre mis brazos—. No quiero que nada malo te pase. Es diferente cuando estás cerca, no puedo evitar importarme.

Todo sería mucho más fácil si simplemente la odiara, o si fuera indiferente a esta mujer, pero eso era imposible. Ella había vuelto a mi vida y la quería. Estaba atrapado en la trampa creada por los sentimientos que albergaba por ella.

—Héctor…

—Es difícil cuando te miro, así, tan cerca de mí…

La apreté más fuerte contra mi pecho, abrazándola con todo mi cuerpo. Llevé mi mano hasta la curva de su cuello y acaricié su piel suave, apartando un mechón de su cabello de su rostro.

Existía un sentimiento tan conflictivo en mi pecho: el deseo y la angustia, lo correcto y lo incorrecto.

Bajé la cabeza y busqué sus labios; quería recordar su sabor, saber si aún era el mismo. Alexia me estaba volviendo loco, pero al mismo tiempo, me congelé en esos milisegundos.

¿Qué estaba haciendo?

—Lo siento… no debería haber hecho esto.

El calor de su cuerpo, la protección de sus brazos, su pecho firme elevándose contra el mío, hacía que mi cuerpo temblara y que el aire no fuera suficiente, aunque tampoco necesario.

Dios mío, Héctor seguía provocando en mí las mismas reacciones que tenía cuando éramos jóvenes y yo lo quería, lo necesitaba; mi yo interior parecía depender de eso para seguir. Pero, otra vez, me soltó de sus brazos.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, confusa, sintiendo de nuevo el vacío del abandono, frustrada.

—Me he excedido… Sé que tú ya tienes a alguien y no tengo derecho a hacer esto.

—¿De qué estás hablando?

—Sé que tienes a alguien —repitió con un tono entrecortado—, el hombre que estaba contigo aquel día en el vestíbulo de la Fiscalía.

—¿Tiago? ¿Crees que Tiago y yo estamos juntos? —ignoré su temor y lo atraje otra vez hacia mí—. Somos amigos, nada más.

Sin pensarlo demasiado, deshice la distancia que él había creado entre nosotros y ofrecí mis labios, recibiéndolo con urgencia, sintiendo cómo su calor invadía mi cuerpo, su lengua entrando en mi boca en un beso profundo y posesivo que empezaba a hacer que me temblasen las piernas.

Héctor me apretó contra la ventana, que estaba cerrada, usándola de apoyo para pegarse a mí. Sus manos recorrieron mis curvas, esas que él conocía tan bien.

Solo yo tenía verdadera noción de cuánto había echado de menos su sabor, su toque, sus caricias. Desabotoné su camisa y acaricié su abdomen desnudo; quería sentir la textura de su piel, necesitaba asegurarme de que todo aquello era real, de que era él quien me tenía entre sus brazos.

Recorrí su cuello con besos hasta llegar a su pecho firme y musculoso; con sus piernas encajadas entre las mías, él delataba su deseo contra mi vientre. Mi centro, rozándose con su muslo, me hacía anhelar aún más lo que estaba por venir. Era inevitable, nuestro deseo era demasiado evidente.

Teníamos una historia inconclusa que seguía viva dentro de nosotros. Mi corazón era suyo; había estado dormido todo este tiempo, esperando despertar de nuevo con su toque.

—¿Dónde has estado todo este tiempo, Héctor? —pregunté al levantar los brazos, mientras él deslizaba sus manos lentamente por la curva de mi torso, haciéndome sentir la presión de sus dedos contra mi piel, llevándose consigo la camiseta que me protegía de la desnudez.

Sus manos empezaron a acariciar mis pechos turgentes, provocándome una loca sensación de excitación. Él siempre conoció mis puntos sensibles; se preocupaba por darme placer y, por eso, durante el tiempo que pasamos juntos, siempre buscó desvelar muchos de mis secretos.

—¡Cuánta falta me has hecho, Alexia! —susurró al atraerme hacia su regazo, como si no pesara nada, y caminó conmigo en brazos hasta la cama, posándome sobre el colchón y colocándose encima de mí.

Me daba la sensación de tener sed y hambre de este contacto nuestro.

Volvió a saborear mis labios en un beso tan característico e inconfundible, hasta que empezó a deslizar su boca por mi cuerpo, usando la lengua para estimular mis pezones tan sensibles, primero uno y luego el otro, siguiendo la línea divisoria de mi abdomen con calma, a besos, sin prisa por desnudarme por completo.

Su manera de tocarme, de probarme, saber que era Héctor conmigo hacía que todo fuese mucho más especial. Fue intenso cuando alcanzó mi zona más íntima y degustó mi néctar, penetrando su lengua lentamente, en un movimiento circular, arrancándome espasmos incontrolables de placer.

Estar bajo su control otra vez me dejaba en un estado de euforia inexplicable. Sus estímulos arrancaban de mí movimientos involuntarios, obligándole a usar una de sus manos para mantenerme firme contra la cama, y si seguía así correría el riesgo de correrme en cualquier momento.

Toqué su rostro y lo atraje hacia mí para poder mirarle directamente a los ojos. Sus pupilas, expresivas y dilatadas, mostraban lo implicado que estaba en aquel instante, en nuestro instante.

Tal vez fueron solo unos segundos, pero pareció que permanecimos un largo rato mirándonos, reconociéndonos, intentando creer que éramos nosotros dos juntos, otra vez, después de tanto tiempo, después de tanta añoranza.

Desabroché el botón de su pantalón para poder alcanzar su miembro rígido, hinchado y caliente.

Lo acaricié un poco, arrancándole gemidos que él intentaba ocultar, hasta que se apresuró a deshacerse del pantalón y tomó un preservativo de la cartera, que estaba en su bolsillo, protegiéndonos con rapidez.

Era difícil no apreciar el contorno de aquel hombre frente a mí: sus piernas fuertes y torneadas, la firmeza de sus músculos y sus brazos bien definidos. Héctor ya tenía un cuerpo precioso cuando nos conocimos, pero la visión que tenía ahora era la de un hombre deliciosamente perfecto.

Enseguida se inclinó sobre mí y lo sentí deslizarse en mi interior, llenándome con cuidado, llevándome a un estado que llevaba años añorando. ¡Cuánto lo deseé!

Sus embestidas firmes, hundiéndose en mi interior húmedo, su olor, el sudor formándose entre nosotros… la sensación de tenerlo dentro de mí era maravillosa.

Giré el cuerpo y me coloqué sobre él, flexionando las piernas para cabalgarlo, mientras sus manos se afianzaban en mi cintura y él apreciaba el contorno de mis curvas, observando el vaivén de mis pechos.