Capítulo 12 #3
—Qué buena noticia lo de la identificación del sospechoso —retomé la conversación profesional. Estaba auténticamente entusiasmada; aquella misión era muy importante para el poder público y yo estaba decidida a llegar hasta el final.
—Puede que no sea nada.
—Todo inicio es pequeño. Si tenemos el resultado del ADN de la finca y cruzamos referencias en común entre ellos —contactos o cualquier indicio de que formen parte del mismo grupo— podremos llegar al autor intelectual.
De acuerdo, yo no era investigadora policial, no conocía todos los recursos de los que disponían para una investigación de ese tipo, pero intentaba ser optimista.
—Alexia… —miró el mueble de al lado, con una colección de portarretratos, y se levantó para observarlos más de cerca.
Eran fotos con mis padres, mis amigos, mis momentos más felices. El único elemento decorativo del piso que daba un toque más personal a mi vida, porque me había convertido en una mujer práctica, sin apegos.
Héctor tomó entre las manos una foto de mi padre conmigo y la observó detenidamente.
—Fue en tu cumpleaños este año —expliqué, intentando saciar la curiosidad que no había verbalizado.
—Estoy muy agradecido por lo que hizo por mí y por el respeto que siempre me tuvo —confesó al devolver el portarretratos exactamente al mismo lugar, saltándose la foto con mi madre, porque no era ningún secreto que ella jamás había aprobado lo que vivimos en el pasado.
—Fue una ceremonia de graduación preciosa —dije al verlo coger el portarretratos en el que yo aparecía con la toga—. Faltaste tú…
Y, de hecho, su ausencia dejó un vacío inexplicable en mi alma aquel día que debía haber estado lleno de felicidad.
En silencio, pasó la mirada por las demás fotos: mis amigas y yo, mis “primos” de consideración —que en realidad eran hijos de los socios de mi padre—, yo con Tiago…
—Me tengo que ir —dijo de forma abrupta, ya dirigiéndose hacia la puerta del salón.
—Héctor…
—Ya está oscureciendo, de verdad tengo que irme.
—Espera —pedí en voz baja, con un tono suave, mientras agarraba su brazo. Él se detuvo de inmediato, como si se hubiese quedado inmóvil de golpe—. Quédate un poco más.
¿Acaso existía algo que pudiéramos hacer para romper ese hielo entre nosotros?
—No puedo. Hablamos cuando tengamos más pistas, ¿de acuerdo?
—Espera —repetí, aún sujetándole el brazo, y me coloqué frente a él.
Héctor no me miraba a los ojos y los cerró en el instante en que sintió una de mis manos acariciar su rostro, siguiendo la línea de su cara, deslizándose por su cuello hasta que la dejé reposar sobre su pecho.
Noté cómo tensaba los músculos, como si estuviera viviendo un conflicto interno, pero, está bien, yo vivía los mismos conflictos.
No fuimos simplemente dos jóvenes inconscientes en la universidad; vivimos algo único. Quizá por eso, por esa intensidad que ardía dentro de los dos, terminó como terminó.
—De verdad… tengo que irme —por fin abrió los ojos y lo dijo en un susurro, cuando estaba a apenas unos centímetros de mí.
Sentía el calor de su cuerpo, y estoy segura de que él también podía sentir el mío.
La sensación que me recorría, desde el frío en el vientre hasta el calor incontrolable entre las piernas, me decía que podía intentar negar casi cualquier cosa, pero no que él era especial, ni que yo no echaba de menos su presencia.
Recordé cómo nos moldeábamos el uno al otro, cómo encajábamos a la perfección y pasábamos la mayor parte del tiempo desnudos. Su olor muchas veces se impregnaba en mi piel; sus labios recorrían mis curvas; mi sabor solía habitar en su boca.
Cualquier recuerdo de nuestro pasado que antes estuviera encerrado dentro de mí ahora me hacía arder, como si nuestros momentos más intensos hubiesen ocurrido ayer.
Su perfume era otro, claro; no iba a ser el mismo después de más de diez años. Pero aquel calor de hombre aún me estremecía de una forma tan inexplicable.
Di un paso atrás y retiré la mano de su pecho. No era así como todo tenía que ser, no de una forma tan compleja y confusa, no con Laurita pudiendo despertarse en cualquier momento. No tenía la cabeza en su sitio.
—Buenas noches, Héctor.
Fue lo único que dije cuando él volvió a caminar hacia la puerta y la abrió, saliendo de mi piso y cerrándola tras de sí.
¿Qué estaba haciendo?
Subir al piso de Alexia para intentar resolver nuestras diferencias —algo que no habíamos sido capaces de hacer más temprano— había parecido una idea estupenda; sin embargo, ¿qué esperaba yo de ella?
¿Tenía algún sentido todo aquello?
Evidentemente, no, sobre todo después de verla, una vez más, tan feliz al lado de aquel mismo hombre de la foto. Jamás fui del tipo que se salta las señales con mujeres que ya tienen pareja; nunca lo necesité y no sé si podría respetar a Alexia si ella hiciera lo mismo.
Y ahora estaba Laurita.
¿Acaso Alexia pretendía casarse para conseguir con más facilidad la custodia de la niña? Por lo general, los jueces preferían otorgar la custodia a parejas, no a personas solteras.
Regresé a casa. Estaba demasiado alterado, así que me cambié de ropa y bajé al modesto gimnasio de la urbanización. Tenía demasiada energía que descargar, además de una rabia que necesitaba sacar fuera.