Capítulo 12
El lujo, la clase y una vida lejos del peligro eran cosas que yo jamás podría darle a una mujer.
Alexia estaría mejor con su novio, o lo quequiera que fuese, porque hacían una pareja preciosa y todavía podrían adoptar a Laurita.
Pero no podía negar cuánto me había afectado aquella cercanía, cómo había despertado en mi cuerpo un tipo de deseo diferente.
Me acordé de nuestros besos ardientes, del encaje de nuestras curvas, tan moldeadas como si hubiéramos sido diseñados el uno para el otro.
¿Cómo no recordar la intensidad que invadía mi corazón en el momento de nuestro clímax? Exactamente como ahora: nuestra explosión juntos, la química y la energía.
Existió algo intenso entre Alexia y yo que no estaba seguro de poder superar algún día. El calor seguía ahí, la lava, a punto de entrar en erupción. Aquella mujer controlaba las reacciones de mi cuerpo, incluso cuando yo no quería.
Durante mi tiempo en la Academia del Barro Branco intenté convencerme de que lo nuestro, por la intensidad, no había sido más que un envolvimiento físico.
Pero mirarla después de tantos años me devolvió a la realidad del día en que le dije que la amaba, porque lo que vivimos fue mucho más, casi algo psicológico.
Laurita corrió a abrir la puerta en cuanto oyó el timbre, y noté que Manuela se sorprendía tanto como yo al ver a la niña.
—¿Tienes un arma? —disparó con un tono parlanchín en cuanto se presentó ante la comisaria—. Tía Lexia dijo que vendrías hoy y que eres policía y tienes un arma. Cuando sea mayor quiero ser policía o fiscal.
—Sí, tengo, pero la llevo guardada en el bolso.
—¿Puedo verla?
—¡Laurita! —intervino Alexia—. ¿Qué te parece si vas a tu cuarto a jugar con tus juguetes? ¿Recuerdas que te dije que los amigos de la tía estarían aquí para hablar de trabajo?
—Vale —la niña salió dando saltitos de la sala hacia el interior del piso, y yo intenté imaginar cómo sería la rutina de las dos, cómo sería Alexia como madre.
—Qué encanto, no sabía que tenías una sobrina.
—Es una larga historia —respondió, y le contó resumidamente cómo había conocido a Laurita.
—Señora fiscal, se ha ganado usted mi admiración —rió Manuela.
Luego volvió la mirada hacia mí.
—Vaya, este capitán de paisano está hasta más apañadito —bromeó Manuela, fingiendo abanicarse al entrar en la sala. Pero el ambiente entre Alexia y yo era de un silencio espeso, y quizá ella lo percibió—. ¿Ha pasado algo aquí? —añadió con tono serio.
—No, estábamos recordando los tiempos de la facultad mientras tú no llegabas —respondí, quizá un poco seco.
Claro que me moría de ganas de tener a Alexia en mis brazos; se había convertido en una mujer deslumbrante.
Los años solo le habían sentado bien. Y, por más que yo quisiera entender en qué momento todo había salido mal, solo podía concluir que era mejor no desenterrar aún más el pasado.
Por más difícil que fuera admitirlo, Alexia había dejado huellas en mi vida, y solo ahora empezaba a darme cuenta de ello.
—Dejad esos flashbacks para después, tengo algunas novedades para vosotros —Manuela arrastró una silla y se sentó sin ceremonias, vestida con traje formal, lo que mostraba que estaba de servicio o que acababa de salir de la comisaría.
—No hay ningún flashback —solté, algo impaciente.
—Mejor dejamos que hable Manuela —Alexia intentó suavizar el ambiente.
Tal vez sí me hubiera excedido; lo mejor era controlarme y aprender a lidiar con el hecho de que tendría que trabajar cerca de mi ex durante bastante tiempo.
—Hemos recopilado y consolidado los testimonios de varias personas, además de las grabaciones de las cámaras de vigilancia.
La invasión a los cinco bancos de esa misma calle fue llevada a cabo por cinco grupos diferentes, todos enmascarados, y huyeron en cinco coches.
Tenemos la matrícula de uno solo, y es un vehículo robado hace poco en los alrededores de una cantera que también fue saqueada.
—¿Bragança Paulista? —interrumpí de inmediato la explicación de Manuela.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella, sorprendida.
Finalmente, algunas cosas empezaban a encajar; estábamos en la pista correcta y ahora necesitábamos profundizar un poco más en los datos que teníamos. No eran muchos, pero era un comienzo.
—Rastreamos el material de uno de los explosivos hasta el robo en esa ciudad. La investigación, que sigue bajo secreto, apunta a que pudo haber habido ayuda interna. Al menos la pista para facilitarlo surgió desde dentro.
—Entonces, espera… —Alexia salió corriendo a por el portátil que estaba sobre la mesa del salón y lo llevó a la terraza, donde estábamos—.
Tenemos el emplazamiento y el ADN en análisis, aún sin resultado; sabemos dónde fue robado el coche y en qué circunstancias; también sabemos de qué cantera se sustrajeron los explosivos, o al menos parte de ellos.
Además, los especialistas están intentando descubrir algo sobre la acción hacker que dejó la carta, el Cuatro de Oros, en la web del ayuntamiento —tomó aire mientras terminaba de teclear—.
Es mucho más de lo que yo esperaba conseguir tan al principio.
—¿Tenemos denuncias anónimas? —pregunté, girándome hacia Manuela.
Normalmente, las denuncias anónimas eran siempre piezas clave en las investigaciones. Muchos crímenes suelen resolverse con la ayuda de la propia población.
—Aún nada.
—Manuela, ¿qué tal un paseo hasta la cantera? Creo que ya es hora de que reciban una visita.
—¡Perfecto! —respondió ella, entusiasmada—. Yo conduzco, guapetón malhumorado.
—Si no estuviera con Laurita este fin de semana, iría con vosotros.
—¿Estás loca, Alexia? —levanté la voz de repente al sentir cómo la tensión me invadía, pero al notar mi propio tono, volví a controlarme—. Quédate con los papeles; el trabajo de campo es solo con nosotros.
Sé que fui severo; incluso yo reconocía que la estaba estereotipando como una chica burguesa y frágil, pero necesitaba mantener distancia de ella por un tiempo. Además, no sería correcto que viniera; su función en esta investigación era otra.
—Señora fiscal, lamento decirlo, pero en este caso nuestro capitán tiene razón.
No vamos a correr ese riesgo. Usted no tiene uno de estos —Manuela me apoyó sacando del bolsillo su identificación, colgada de un cordón plateado, con el escudo y las palabras “Comisaría de Policía”—, y tampoco una de estas —añadió, señalando el arma que llevaba en el bolso cruzado al cuerpo.
Minutos después, Manuela y yo estábamos en la carretera, rumbo a Bragança, que, por suerte, quedaba relativamente cerca.
—Necesitamos cuanto antes ese resultado de ADN confrontado con las bases de datos penitenciarias… —me sentía inquieto.
Esa banda solo podía estar dirigida por un lunático exhibicionista. Ese hijo de puta quería llamar la atención de alguien, y ahora yo estaba más que motivado para desenmascararlo.
—¿Qué está pasando, Héctor? —me preguntó de golpe la comisaria, en medio de la conversación.
—¿Pasando? ¿Cómo así? —intenté entender la pregunta fuera de contexto.
—Ya sabes… el ambiente entre Alexia y tú, hoy, cuando llegué.
—Impresión tuya…
—¿A mí, señor capitán? Puede que hayamos pasado mucho tiempo sin contacto, pero éramos amigos en el poco de universidad que llegaste a cursar. Lo vuestro no era un noviazgo de niños; aquello parecía algo serio…
—Eso es pasado, Manuela. Estuvimos juntos menos de un año —era verdad que nos habíamos convertido en una pareja popular, no solo porque Alexia siempre estuvo bien integrada, sino porque nos veían como un romance improbable que había funcionado.
—Y fue tiempo suficiente para dejarla destrozada cuando te fuiste. Perdió el brillo, se volvió introspectiva… diría incluso que infeliz. ¿Lo sabías?
Me quedé unos segundos callado, digiriendo lo que estaba diciendo, porque no lo sabía, como tampoco sabía nada de lo que ella había hecho o dicho después de que yo cruzara la puerta de su piso. Me encerré en el internado de la escuela militar y solo mantenía contacto con mi madre.
Pensé en hacerme el desentendido respecto al comentario de la comisaria, pero ¿de qué serviría seguir negando? Manuela había presenciado gran parte de nuestra historia en aquella época. ¿A quién pretendía engañar? ¿Realmente necesitaba hacerlo?
—Quedaron asuntos mal resueltos desde la ruptura y nunca volvimos a hablar, hasta ahora —confesé casi como un desahogo—, y hoy ha sido la primera vez que hemos tocado ese tema. Pero creo que las heridas del pasado deben quedarse en el pasado.
—Ninguna herida cicatriza si no se trata bien. Piénsalo.
—¡Ella jamás me buscó, Manuela!
Y yo no tenía idea de que hablar sobre lo que había ocurrido dolería tanto como sentir su presencia de vuelta en mi vida.
Había sobrevivido a nosotros, a nuestra ruptura, a la añoranza y al recuerdo, pero, para lograrlo, fue necesario enterrarlo todo y seguir adelante.
Nunca hablaba de Alexia, no me permitía pensar en ella.
Siempre actué como si no hubiese existido.
—Y, por lo que supe, fuiste tú quien dijo “adiós” y le dio la espalda.
—¡Eso es proteccionismo femenino! —solté, irritado—. Ella fue incapaz de darme el apoyo que necesitaba en mi decisión. Fue inflexible respecto a lo que yo había elegido para mi futuro y dejó claro que no quería a un militar en su vida.
—No estoy diciendo que sea inocente, solo menciono que fuiste tú quien le dio la espalda sin discutir más, y los dos sois muy orgullosos —afirmó ella, volviendo a concentrarse en la aplicación del GPS.
Y enseguida añadió, cambiando de tema—: Estamos prácticamente llegando; faltan solo dos kilómetros.
—Jamás habría funcionado. Éramos, o, mejor dicho, seguimos siendo de mundos distintos. Alexia era una chica rica y yo, un chico de la periferia. Aunque su padre fuera simpático conmigo, su madre no ocultaba su descontento.
—Pare ya, señor Héctor —me interrumpió Manuela—. No me venga con discriminación, ni siquiera social. Yo sé perfectamente lo que es eso en mi propia piel —señaló su brazo—. Soy negra, mujer y estoy en una profesión que sigue siendo mayoritariamente masculina y machista.