Capítulo 6
En los tiempos de la universidad
La vida universitaria empezó siendo un gran choque. Si durante la enseñanza primaria y secundaria yo había sido considerado un líder natural, en la facultad de Derecho me encontré torpe e introvertido, conviviendo con personas cuyas realidades eran muy distintas a la mía.
Era diferente ser un estudiante modelo y centro de atención en un instituto de las afueras y, de repente, convertirse en un don nadie en la universidad.
Al comienzo del curso me sentí completamente fuera de lugar. El tradicional edificio histórico del centro de São Paulo me intimidaba.
Sus pasillos desprendían historia y una cierta arrogancia: políticos, empresarios y grandes abogados habían pasado por las mismas aulas en las que yo me sentaba, al igual que los hijos de la alta sociedad.
El curso era uno de los más competitivos y la mayoría de los alumnos pertenecía a la clase media-alta o alta. Para un chico criado en la periferia de la ciudad, todo aquello parecía un mundo nuevo y poco acogedor.
Mis compañeros de clase llenaban los aparcamientos privados de los alrededores o llegaban con chófer. Yo, como parte de una minoría abrumadora, cruzaba la plaza da Sé para coger el metro.
El primer día me senté en la primera fila, ansioso por absorber todo el conocimiento que una facultad de ese nivel podía ofrecer.
Aún centrado en destacar para algún día vivir el glamour de convertirme en juez, durante el primer semestre me dediqué únicamente a estudiar y apenas me relacionaba con la élite de la sociedad.
Pertenecer a ese mundo era tan difícil que, en cierta ocasión, volví a insinuar que quería ser policía; sin embargo, mi familia seguía oponiéndose.
—Tío, ser policía no te va a dar el futuro que te mereces, a menos que apruebes el concurso para comisario federal —argumentó mi hermano en una ocasión, al darse cuenta de que no conseguía convencerme de abandonar la idea—.
Es el cuerpo con más recursos y el mejor salario de Brasil; aun así, plantéate una carrera jurídica.
Mi hermano era como un padre para mí; lo idolatraba y hacía todo lo posible para que él y mi madre estuvieran orgullosos de la persona en la que yo me estaba convirtiendo.
Pero, para ser juez, primero tenía que licenciarme en Derecho y después aprobar el concurso público, algo poco motivador teniendo en cuenta la hostilidad que a veces sentía en clase por no tener recursos.
La situación empeoraba aún más porque yo era inteligente, y eso parecía pisar el callo de muchos. De ahí vino mi empeño, y entonces todo empezó a resultar gratificante.
Los profesores eran excelentes: maestros, doctores, grandes juristas. Para mi alegría, comencé a absorber con facilidad sus enseñanzas, siempre concentrado en los estudios, a diferencia de algunos alumnos que formaban un grupito ruidoso al fondo del aula.
Eran unos diez, entre hombres y mujeres, y el centro de atención era una bella carioca, de pelo liso hasta media espalda y tan negro que parecía brillar, dueña de los ojos más bonitos que había visto jamás, además de unos labios absolutamente tentadores.
Los chicos de la clase parecían orbitar a su alrededor como planetas alrededor del sol.
De personalidad extrovertida, sus risas eran sonoras y genuinas; aun así, llegué a sentir cierta irritación hacia ella, porque, pese a su aparente falta de atención en clase, siempre sabía responder cuando el profesor le preguntaba.
Y cuando entregaron las notas de los primeros exámenes, me sorprendió ver que en algunos incluso había conseguido superarme.
Cómo lograba aquella proeza era un misterio, porque para mí las notas siempre habían sido fruto de horas de estudio en la facultad y en casa.
En el proceso de autoselección natural de un ambiente así, acabé en el grupo de los empollones: con Josué, que, al igual que yo, había conseguido una plaza gracias a un curso preparatorio dirigido a personas de bajos ingresos, además de otros como Carlos Seiji, un brillante joven de origen japonés, el estereotipo del empollón, y Manuela, una chica negra, simpática y atractiva, militante de los derechos de la mujer y de las minorías.
Carlos y Manuela estaban más adaptados a aquel mundo porque pertenecían a la clase media.
Alexia, del grupo del fondo, formaba parte del grupito de alumnos con los mejores coches, los que frecuentaban las mejores fiestas y siempre estaban perfectamente integrados.
Jamás hablábamos, pero, debido a nuestras notas, existía una rivalidad oculta entre los dos, ya que casi empatábamos como los mejores de la clase.
Era difícil explicar que, desde el principio, ella me atraía tanto como me irritaba.
Los tíos vivían detrás de ella, y puedo confesar que muchas chicas también estaban detrás de mí, porque tenía buen aspecto y un cuerpo definido.
Pero Alexia no era una de ellas: tenía su propio grupo exclusivo, la crema de la crema.
Llegar a una de las facultades de Derecho más tradicionales del país no había sido poca cosa, y yo no pensaba rendirme a las chicas solo para convertirme en un objeto decorativo.
A mediados del segundo semestre, para celebrar los primeros días libres del semestre, algunos alumnos organizaron una barbacoa en una finca, y Josué puso todo su empeño en convencerme de que fuera.
—Joder, Héctor, venga, vamos —insistió—. Manuela y Carlos también van.
—No sé… Ya es bastante duro aguantar a ese grupito de pijos esnobándonos en clase; imagínate cómo serán fuera de allí —respondí, indeciso, mientras caminábamos hacia la estación de metro.
—Hazme ese favor, anda, por tu hermano de armas —insistió—. Carlos va a llevar a su novia, y Manu se ofreció a llevarnos en coche.
—¿Manu? —pregunté, al ver a mi amigo intentar disimular la intimidad con nuestra compañera—. ¿Os estáis liando?
—Puede… —contestó, algo avergonzado—. La semana pasada fuimos a un bar —confesó encogiéndose de hombros— y acabamos enrollándonos.
—Enhorabuena, es muy buena gente… y preciosa, además.
—Pues eso, anímate. A ver si ligas con alguna en la barbacoa. Manu me dijo que hay dos o tres con el ojo puesto en ti —rió—, pero se quejan de que eres demasiado serio, que no das pie a que nadie se acerque.
—Vale… si mi hermano me presta el Escarabajo, voy —me referí al Volkswagen del 74, rojo y totalmente original, el niño mimado de Jorge.
—Perfecto, nos vemos en la finca —dijo entusiasmado. Me dio un puñetazo amistoso en el hombro y salió corriendo hacia el andén contrario, ya que vivíamos en extremos distintos de la ciudad.
Poco entusiasmado y nada interesado en la juerga, decidí que aparecería un rato y luego volvería a casa. No quería ser el único antisocial del grupo, así que resolví pasar por allí. Dos horas de carretera después, llegué a eso del mediodía.
Me quedé boquiabierto con los coches aparcados: en su mayoría deportivos de lujo o SUV blindados. Las cuatro clases de primero y segundo semestre se habían reunido para una única celebración, organizada por el centro académico, que había recaudado fondos a través de rifas y colectas.
La finca parecía enorme; decían que pertenecía a la familia de uno de los alumnos. Solo nos pidieron que evitáramos el interior de la casa principal para que nada se dañara y para preservar la privacidad de los propietarios.
En el exterior, la zona de ocio era estupenda y tenía todo para acomodar a toda la gente: una parte cubierta, con varias mesas y sillas de plástico, y otra descubierta, con un minicampo de fútbol y una piscina.
Había un DJ animando a los estudiantes con una pequeña mesa de mezclas; en una encimera de madera conté cinco grifos de cerveza de barril, y en otro rincón unos empleados contratados asaban carne.
La mesa de acompañamientos ofrecía platos de ensaladilla, farofa (harina de yuca tostada típica de Brasil), pan y vinagreta, además de algunas frutas troceadas.
A todos los que llegaban les entregaban jarras de plástico con la frase: Confraternización Derecho - Largo São Francisco[21].
Como había ido conduciendo y no tenía intención de volver tarde a casa, no pensaba beber alcohol, así que llené mi vaso con refresco y me dispuse a buscar a Carlos, Manuela y Josué.
Di una vuelta por todas las zonas donde había grupos reunidos, pero no encontré a mis amigos. Solo faltaba que estuvieran en la casa principal, aunque la invitación dejaba claro que esa área estaba vetada. Aun así, no perdía nada por buscarlos allí. Tiempo era lo que más tenía.
Entré en el salón; la puerta estaba abierta, pero el lugar parecía vacío, aunque se oía ruido en la cocina. Dudé que fueran mis amigos y, dispuesto a dar media vuelta para buscarlos en otro sitio, me topé de frente con Alexia, que apareció por el pasillo en dirección a la sala.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, dejando su vaso de cerveza sobre la mesa y acercándose a mí.
—Estoy buscando a Carlos, a Manuela y a Josué —respondí intentando ser educado, aunque no era asunto suyo, ya que jamás se había dignado a decirme ni un “hola”.
—Si están con Manuela, se fue con los demás a coger limones al huerto, en la parte de atrás de la casa. A alguien se le ocurrió la brillante idea de traer cachaza y quieren hacer caipiriñas con esos limones.
Manuela no era extremadamente rica, ni tampoco pobre; simplemente sabía tratar bien con todo el mundo gracias a su carácter extrovertido y, quizá por eso, estar con Josué, aunque solo fuera por unos días, no hería su ego. Al contrario.
—Entonces volveré a la zona de la barbacoa —respondí sin entusiasmo. Aquella era la primera vez que intercambiaba unas palabras con Alexia y cada vez tenía más claro que nuestros mundos eran distintos.
Guapa, popular y engreída: eso era lo que yo pensaba de ella. Pero me pilló por sorpresa cuando se acercó a mí y retiró mi vaso de refresco de la mano para dejarlo sobre la mesa, junto al suyo.
No parecía la misma chica burlona de siempre; tenía la voz suave, la expresión relajada y un tono casi amistoso. Su aroma era maravilloso, como si las flores la acompañaran.