Capitán Hector (Hombres de la ley 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Años antes

Al ser un barrio antiguo, los edificios no tenían balcones abiertos, algo de lo que yo me había enamorado cuando visitaba los pisos de mis amigos que vivían en Barra.

Sin embargo, estábamos muy bien situados en medio del bullicio: el paseo marítimo era diversión asegurada los fines de semana y estar frente al mar no tenía precio, además de que teníamos una vista más que privilegiada de la fiesta de Nochevieja en la playa.

Me mezclé entre los invitados, amigos de papá, en su mayoría ajenos a la comunidad judía, pues de ese lado de la familia deseábamos el Shanah Tovah durante Rosh Hashaná, algo que yo también respetaba mucho.

Estábamos todos apostados en las ventanas del salón, ya que ocupaban toda la parte frontal del apartamento y eran completamente de cristal.

Un año romano más sería recibido por el espectáculo de fuegos artificiales que iluminaba los cielos de la Ciudad Maravillosa.

Yo estaba entusiasmada con el año que comenzaba. Llevaba un vestido largo blanco que enmarcaba mis curvas, y el suave escote aportaba un toque de misterio a mi cuerpo, que ya se había transformado en el cuerpo de una mujer.

—Alexia Simovitz —papá se acercó con dos copas de cristal, entregándome una de ellas, de la cual bebí un sorbo de la excelente bebida burbujeante—, estás guapísima. Espero que no sigas molesta con tu madre.

Se refería a nuestro desacuerdo del día anterior, cuando estábamos en el centro comercial haciendo las últimas compras y yo me había enamorado de un vestido rojo.

Un escandaloso y deslumbrante escote en V, tanto en la parte delantera como en la espalda, daba a la prenda el toque perfecto de sensualidad, pero mamá se escandalizó con mi elección e impidió que lo comprara.

Siempre había tenido claro que “mi cuerpo, mis reglas”, pero mi enfado ya había pasado.

Ya no estaba molesta; el gran problema entre nosotras era que mi madre tenía una mentalidad muy distinta de la mía.

Yo solo necesitaba acostumbrarme a que ella era una mujer rígida y yo, en cambio, era libre para volar por el mundo.

—No, papá —le sonreí.

¿Y qué motivo tenía yo para dejar de festejar? Al contrario, nada podía quitarme la emoción de estar bien posicionada para estudiar Derecho en la universidad pública más grande e importante de Brasil y la mejor de Iberoamérica.

Me había preparado durante todo el año; además, el año anterior había hecho la prueba como simulacro de Selectividad y la había aprobado.

Todos apostaban por mí, especialmente papá, David Simovitz, el socio mayoritario del bufete de abogados Simovitz, Galván y Soares Abogados Asociados, que ocupaba tres plantas de uno de los edificios más prestigiosos del centro de Río, con más de cincuenta colaboradores entre personal administrativo, abogados de diversos niveles y grandes especialistas en derecho empresarial, civil y penal.

Mi padre no siempre se había llamado Simovitz; su apellido de soltero era Gueiros, un apellido portugués que, de forma hilarante, se originó por un error ortográfico del apellido Queirós.

Era distinto de mi madre, descendiente de una familia judía tradicional de la época del final de la Segunda Guerra Mundial, que había huido de una Europa devastada.

Un vencedor por mérito propio, se había graduado con honores en Derecho en la Universidad Federal de Río de Janeiro y había sido invitado por Simón Simovitz a trabajar en su despacho de abogados, que ya en aquella época era uno de los más prestigiosos de la capital del estado.

Allí conoció a mamá, Simone Simovitz, entonces de dieciocho años, cuando ella visitaba a su padre.

Mamá había sido criada para vivir en la cerrada alta sociedad carioca y en la aún más exclusiva comunidad judía de élite, y quedó impresionada por el joven y expansivo David. Por eso empezó a visitar a su padre con frecuencia, consiguiendo en ocasiones conversar con el nuevo empleado del despacho.

Papá me contó que no tardaron en empezar a encontrarse a escondidas; mamá se enamoró rápidamente.

Papá era alegre, extrovertido y tenía una pasión por el Derecho que la contagiaba, casi haciéndola desear cursar una carrera de relevancia, aun sabiendo que sus padres jamás permitirían que ella tuviera una vida profesional, pues era una familia de pensamiento tradicional, en la que el hombre debía ser el proveedor.

Como mujer de la alta sociedad, mamá había sido criada para ser discreta, convertirse en una buena esposa y cuidar de los hijos, algo que yo no consigo concebir ni para mi realidad ni para mi vida.

Tal vez, por ser tan distintos y por lo extremadamente atractivo que era mi padre, ella se sintiera encantada por él.

Él tenía los grandes objetivos que ella no podía tener y él, bueno… creo que también se sintió cautivado por aquel carácter tímido e inocente de ella, además de que también era guapa.

Papá decía que, en sus primeras conversaciones, percibió que no podía haber tantos deseos de vivir y tantos sueños en un ser tan delicado como ella.

Yo considero que lo que hubo entre ellos fue simplemente amor, de esos que nunca llegaremos a comprender, porque ninguna de sus explicaciones tiene sentido para mí y, aun con diferencias tan evidentes, siguen juntos.

En uno de los encuentros clandestinos de su juventud, acabaron yendo al pequeño apartamento donde papá vivía, y allí hicieron el amor.

En una de las raras conversaciones íntimas que tuve con mamá, me contó que fue algo maravilloso, como si por fin entendiera lo que estaba escrito en las novelas que solía leer durante las tediosas tardes en las que se quedaba acompañando a la abuela y a sus amigas en la mansión de la familia.

A partir de ese día, empezaron a encontrarse siempre que podían, pero pronto mamá se dio cuenta de que estaba embarazada.

Para mis abuelos, la noticia fue un escándalo: mi padre no era judío, provenía de un nivel social inferior y aquello podía generar consecuencias catastróficas que ni siquiera el hecho de que papá fuera un abogado prometedor al inicio de su carrera podría remediar.

Lo acusaron de intentar aprovecharse de la familia, entre otras cosas.

Cuando el abuelo reunió a ambos en su despacho, amenazó a papá de las peores maneras si no dejaba a mamá, incluso con destruir su carrera.

Pero papá lo enfrentó, afirmando que, aunque tuviera que empezar la vida desde cero, jamás abandonaría a mamá, la mujer que amaba, y mucho menos con un hijo en su vientre.

Ella, por primera y única vez, se enfrentó a mi abuelo y declaró que lo dejaría todo para seguir al padre de su hijo; no le importaría ser pobre si eso le daba amor y libertad.

Aunque contrariado, el abuelo acabó aceptando la elección de su hija, y papá fue mantenido en el despacho, pues nadie quería que un niño con la sangre Simovitz pasara hambre… aunque eso no significara que hubiera sido aceptado como yerno de inmediato.

Años después, cuando el abuelo se jubiló, le cedió el despacho a papá. Con la convivencia, tuvo que admitir que su yerno era un excelente abogado, un hombre íntegro, estratega, inteligente y respetable. Gracias a él, la firma terminó creciendo y convirtiéndose en una de las mayores de Brasil.

Mi hermano mayor fue bautizado con el nombre de Saúl y, ahora, con poco más de treinta años, estaba haciendo una especialización en cirugía en Estados Unidos.

Yo llegué catorce años después, por eso no conviví mucho con él, que ya era adolescente cuando nací.

Para compensarlo, papá me crió con una libertad que mi hermano jamás tuvo, pues vivió bajo la mirada crítica de mi abuelo.

Es curioso que mi hermano sea un hombre reservado y adepto a las normas, igual que mi madre, mientras que yo soy ansiosa por explorar el mundo y vivir intensamente, como mi padre.

Siempre he sido extrovertida; quizá mi biotipo ayude en ello: alrededor de un metro setenta, o un poco más, cuerpo esbelto y firme gracias a los años de ballet. Adoro mi pelo negro y liso, mis ojos azul oscuro con puntitos verdes, mi nariz respingona y mis labios rojizos.

Siempre he sido aficionada a los deportes y a la vida al aire libre, aunque en la intimidad de mi cuarto soy una soñadora y una lectora voraz.

A los siete años, me puse en la idea de aprender Krav Magá[13] con el chófer y guardaespaldas de la familia.

Mamá se horrorizó, afirmando que una dama de la sociedad no practicaba ese tipo de lucha; pero insistí tanto que mis padres llegaron a un acuerdo: podría practicar artes marciales siempre que no abandonara el ballet, para que mantuviera un vínculo con mis amigas de la misma edad.

Acabé descubriendo que también amaba bailar, y los entrenamientos me daban mayor elasticidad para la práctica de artes marciales, pues pronto también estaba aprendiendo jiu-jitsu[14].

Eso hizo que empezara a necesitar una dieta bastante reforzada, ya que padecía anemia crónica y gastaba mucha energía con las prácticas.

Cuidar de mi salud era la única imposición que hacía mi padre, sin derecho a discutir.

Yo adoraba a mamá, pero idolatraba aún más a papá, que no me obligaba a seguir las normas de la alta sociedad en la que vivíamos.

Quizá porque él venía de una realidad liberal y humilde, a diferencia de mamá, que provenía de una familia rica, con grandes imposiciones heredadas de generaciones anteriores.

Mi único modelo de vida era mi padre; aun así, como toda adolescente, también le di un poco de trabajo.

Recuerdo mi primera experiencia sexual, que fue con un primo un año mayor que yo.

Cuando yo tenía dieciséis años y Levi era un joven de diecisiete, vi en él ese biotipo atractivo, alto y fuerte como un campesino, que recordaba a sus antepasados paternos que emigraron a Israel desde Rusia después de la Segunda Guerra Mundial, tenía ojos azules y cabello liso y rubio como el trigo.

En su viaje de vacaciones aquí, no estaba acostumbrado a la audacia y la libertad de la cultura de este país, y quedó encantado, por no decir que eso lo llenó de hormonas.