Capítulo 18 #2
—Ese otro suplemento de hierro me ha resultado más fácil de tolerar.
—Me miré las uñas, cohibida. Por el rabillo del ojo, vi cómo Gustavo inspiraba hondo, aliviado y orgulloso.
Al final me rendí y me tomé el suplemento de hierro que me había dejado en la mesa, tragándome mi propio orgullo junto con la pastilla.
—Exacto. —Sofía sonrió y se levantó—. ¿Vamos a echar un vistazo a este bebé? A las doce semanas, ya podemos evaluar la formación y medir la pequeña capa de líquido detrás de la nuca. Podéis acompañarme hasta la sala de exploración.
Me dirigí a la camilla intentando disimular el nerviosismo.
Me cambié de ropa detrás del biombo y me tumbé con la bata desechable. Gustavo seguía en un rincón, con las manos a la espalda, sin saber si podía acercarse. Parecía tan preocupado por no molestarme que me entraron ganas de llamarlo para que se acercara.
Se apagaron las luces principales. La sala quedó sumida en una suave penumbra, iluminada únicamente por el brillo azulado de la pantalla de la ecografía y por la luz indirecta del techo.
—Gustavo, puedes sentarte en el taburete junto a ella, si Isabela te lo permite —sugirió Sofía, con naturalidad, mientras aplicaba el gel calentado en la sonda del aparato.
Lo miré. La vacilación en el rostro marcado de Gustavo era palpable. El hombre que se había enzarzado en una pelea física por mí en el comedor días antes ahora pedía permiso en silencio solo para acercarse a la camilla.
Esa delicadeza hacía aún más difícil seguir desconfiando de él.
Asentí con la cabeza.
Se acercó y se sentó en el taburete a mi lado, con la cara a la altura de mi hombro. Mantuvo las manos sobre las rodillas y la mirada fija en la pantalla, esperando a que comenzara la exploración.
—El gel está tibio, Isa. Vamos allá. —Sofía deslizó el aparato por la parte inferior de mi barriga.
En mi última cita, unas semanas antes, mi hijo no era más que una minúscula mancha, un píxel parpadeante en una inmensidad gris. Estaba aterrorizada y sola, llorando a escondidas.
Pero ahora...
La pantalla parpadeó, se aclaró y se enfocó.
Se me cortó la respiración. El sonido que se escapó de la garganta de Gustavo, a mi lado, fue un sollozo ahogado.
Ya no era una mancha. Era un bebé.
La cabeza estaba perfectamente formada. La columna vertebral brillaba como un pequeño collar de perlas blancas.
Los pequeños brotes de los brazos y las piernas se movían con espasmos acuáticos y rápidos.
Mi hijo estaba nadando en el líquido amniótico, ajeno a todo el caos, al miedo y a los rumores que rodeaban su existencia en el exterior.
—Dios mío… —susurró Gustavo. Se inclinó hacia delante, tan cerca de la pantalla que la luz azul iluminó los rasgos rígidos de su rostro—. Se está… se está moviendo.
—Es un niño muy activo. —Sofía sonrió, mientras ajustaba el contraste de la imagen—. Su tamaño está dentro de la media esperada para doce semanas y dos días. Se ve el huesito de la nariz, y la medida de la nuca está dentro de lo esperado. Los resultados de la ecografía son buenos.
Me quedé mirando la pantalla, con las manos temblando sobre la camilla. Ya había visto muchas ecografías, pero ninguna de ellas me había preparado para la emoción de ver a mi hijo.
Noté un movimiento a mi lado.
Gustavo acercó la mano lentamente y cubrió la mía. Sus dedos estaban calientes y me sujetó con delicadeza, aunque me di cuenta de que él también estaba nervioso.
No me eché atrás. No retiré la mano.
Al contrario, por un impulso de pura vulnerabilidad, giré la palma hacia arriba y entrelacé mis dedos con los suyos, apretándolos con fuerza.
Gustavo exhaló y me apretó los dedos a su vez, sin apartar la mirada de la pantalla.
—¿Listos para escuchar el corazón? —Sofía manipuló los controles del aparato.
Antes de que pudiera responder, Sofía activó el Doppler.
El silencio oscuro de la sala se vio rasgado por un sonido rápido, rítmico y potente.
Ciento cincuenta y ocho latidos por minuto. Me quedé escuchando, demasiado emocionada como para pensar en las peleas o en los chismes del hospital. Era el corazón de nuestro hijo. Gustavo estaba allí conmigo, escuchando también.
Giré la cabeza para mirar a Gustavo.
Esperaba ver la fascinación de un médico y la conmoción de un hombre que, de repente, se da cuenta de que su vida ha cambiado para siempre. Sin embargo, no estaba preparada para verlo tan emocionado.
Aquel hombre que solía ocultar lo que sentía tras bromas y discusiones ni siquiera intentó disimularlo.
Gustavo estaba llorando. Las lágrimas le resbalaban por la cara y ni siquiera se molestó en secárselas. Seguía mirando el monitor, con la boca entreabierta y los hombros temblando. Apenas podía apartar la mirada de él.
Gustavo se llevó nuestras manos entrelazadas a la boca y besó mis dedos. Sentí que me ardían los ojos ante ese gesto de cariño.
—Es perfecto, Isa —murmuró contra mi piel, con voz quebrada y ahogada por el llanto, con sus ojos oscuros brillando a través de las lágrimas y encontrando por fin los míos—. Nuestro hijo es perfecto.
Una lágrima me resbaló por la mejilla.
Estaba acostumbrada a buscar motivos para no confiar en nadie. Sin embargo, ante la emoción de Gustavo, ya no podía convencerme de que él solo estuviera allí por obligación o porque quisiera demostrar algo.
Había cambiado poco a poco, desde la pérdida de Daniel, pasando por la forma en que me defendió y por los cuidados diarios. Todavía recordaba su fama y las relaciones que había dejado atrás, pero el hombre a mi lado estaba enamorado de nuestro bebé.
Mientras me cogía de la mano, creí que se quedaría con nosotros y me di cuenta de que yo también quería eso, mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir hasta entonces.
Desentrelacé mis dedos de los suyos solo para acariciarle la cara. Le pasé el pulgar por la mejilla, secándole una lágrima mientras yo misma lloraba.
Él cerró los ojos ante mi caricia, inclinando el rostro contra mi palma, como si estuviera hambriento de cualquier rastro de mi cariño.
—Sí, Gustavo —susurré, con la voz entrecortada mezclándose con el sonido de los latidos del corazón de nuestro bebé—. Es perfecto.
Cuando terminó la consulta, Sofía nos entregó las nuevas fotos impresas en papel brillante.
El informe confirmaba que el embarazo iba de maravilla.
Mientras me volvía a poner los pantalones y la blusa tras el biombo, oí a Gustavo hablando con la obstetra en un tono bajo y profesional, aclarando dudas sobre la nutrición materna y el riesgo de subidas bruscas de la tensión arterial. Realmente se había preparado bien.
Salimos juntos de la consulta. La luz amarilla del atardecer de Belo Horizonte bañaba la recepción vacía.
Fuimos juntos hasta el aparcamiento. Nuestros pasos resonaban sobre el hormigón, y Gustavo llevaba el sobre con los análisis con un cuidado que me hizo sonreír.
Cuando llegamos a mi coche, desbloqueé las puertas. Accioné el tirador, pero la mano de Gustavo se posó sobre la puerta, impidiéndome abrirla.
Me volví hacia él. Ya no se percibía esa tensión propia de quien espera una pelea, pero aun así me sentía nerviosa. Estábamos cerca el uno del otro de una forma nueva, sin alcohol ni provocaciones que sirvieran de excusa.
No estaba invadiendo mi espacio. Simplemente se detuvo frente a mí, con esa expresión seria y decidida que ponía cuando estaba a punto de inmovilizar una fractura.
—Te dije en el pasillo del hospital que no me iría a ninguna parte, Isabela. —La voz de Gustavo resonó en el silencio del garaje—. Hice una promesa y, aunque decidas seguir viviendo en tu fortaleza de hielo, yo seguiré acampado en la puerta.
Me quedé mirando el cuello de su camisa, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón.
—Tienes la pésima costumbre de crear metáforas bélicas, Albuquerque.
—Me han entrenado para luchar por lo que importa. Y no hay nada, en cuarenta y seis años de vida, que me importe más que tú y este niño.
Levanté la cara, y la sinceridad que encontré en sus ojos me desarmó una vez más.
—Tengo miedo, Gustavo —confesé. Me costó admitirlo, pero ya no quería ocultar lo que sentía—.
Me he pasado toda la vida controlando cada segundo de mi rutina.
El São Gabriel nos exige una perfección patológica.
Mi familia exige aún más. Si te dejo entrar…
si me permito necesitarte y tú me fallas, si el caos que siempre has sido vuelve a dominarlo todo…
no sobreviviré si me convierto en un destrozo más en tu vida.
Gustavo apretó la mandíbula al oírme. Parecía dolido, pero no se alejó. Me sujetó la cara entre las manos y me acarició las mejillas con los pulgares. Quería seguir recibiendo ese cariño, sin tener que defenderme de nada.
—Ya no soy el hombre que entró en aquel bar y se quejaba de que no era capaz de encauzar su vida, Isa. La muerte de Daniel en mi camilla me quitó cualquier ilusión sobre el tiempo que nos queda. El orgullo que me impedía ser un hombre decente murió aquel día.
Apoyó la frente contra la mía. Su nariz rozó la mía y su aliento cálido, con aroma a menta, se mezcló con el mío.
—Sé que tengo que demostrártelo cada día —susurró, con los labios rozando los míos—. Tienes motivos para no confiar en mí y hoy no te estoy pidiendo tu corazón. Solo te ruego que dejes de luchar contra mí. Déjame cuidar de vosotros dos. Dame la oportunidad de demostrarte que puedes contar conmigo.
Mis manos, movidas por una necesidad instintiva, se alzaron y le sujetaron las muñecas. Sentí su pulso fuerte y constante bajo mis dedos.
Ya no tenía ganas de fingir que podía mantenerlo todo bajo control.
—Vas a tener que pintar la habitación del bebé —susurré, con la voz temblorosa y las lágrimas amenazando de nuevo con brotar de mis ojos—.
Odio el amarillo y no voy a subirme a una escalera con esta barriga, porque no quiero correr el riesgo de caerme.
Si compras cualquier ropa de dinosaurios parecida a las corbatas de Thiago, te arranco las orejas.
Gustavo soltó una risa grave y entrecortada, cerrando los ojos, aliviado.