Calentones de salón MIX (Calientes familias de Zorro Blanco nº 1) Caso 12 #2
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Caso 12 #2

—Antes te he visto mirarme por la rendija de la puerta. Estaba mirándome al espejo, a veces lo hago —me confesó con melancolía.

—Ha sido un accidente hija, yo pasaba de la ducha y como no sabía qué hacías pues he sentido curiosidad, solo eso y nada más —le dije poniéndome rojo.

—Me ha gustado que me mires papá, no sé cuantas veces habré leído como hiciste el amor a mamá y lo que ella sintió. ¿Sabes que yo también soy virgen? —me confesó, dejándome completamente descolocado.

—¡Oh, hija! Eso es muy íntimo, ¿en serio que tu madre escribió eso en su diario?

—¡Sí, cada detalle! Al releerlo una y otra vez no puedo evitar sentirme atraída por ese momento —añadió para más inri.

Para mi sorpresa se separó de mí y se bajó los tirantes de su vestido, dejándolo caer al suelo, mostrando su cuerpo espigado, esbelto y desnudo. Únicamente llevaba puesto un tanguita negro, pues sus pechos erectos eran perfectos y no necesitaban de ninguna sujeción extra.

De inmediato me agaché y recogí su vestido para intentar taparla, pero ella me lo impidió.

—¡No me tapes, mírame y vuelve a decirme que me ves bonita! —me dijo.

—¡Oh hija, creo que el vino te pegó muy fuerte! —le dije intentando buscarle alguna explicación racional.

Tiró de mis manos y me hizo levantarme, luego las puso sobre sus pechos desnudos. Sentí el suave calor de su piel nacarada y el delicado roce de sus pezones erectos y duros. Los mismos que ya se le marcaban a través de la fina tela del vestido mientras bailábamos.

—¿Te gustan mis pechos? ¿Son como los de mamá? —se atrevió a preguntarme.

—¡Oh, hija, no sé a dónde pretendes ir! —dije yo un poco asustado.

—¡No te asustes papi! Sólo quiero que me los beses, como lo hiciste con los de mamá —dijo y tirando de mi cuello me puso una teta en la boca.

Estupefacto besé su pezón, su areola y lo chupé dulcemente. Pero rápidamente me separé, no entendía nada…

—Hija, esto no está bien —le dije sintiéndome culpable.

—¿Por qué? No sabes cuanto he deseado que llegara este momento, estar frente a ti, desnuda y caliente. ¡Vamos, papá, házmelo como se lo hiciste a mamá aquella última noche!

Estaba muy aturdido, casi mareado pensando que el vino aquel también se me había subido a mí a la cabeza. ¡Era una locura!

Su mano agarró mi erección y me descubrió en mi excitación oculta hasta ese momento.

—¡Te gustó! —dijo señalándome con el dedo índice.

—¡No, no es eso hija… esto “va solo”! —le dije a modo de excusa—. Hace meses que no estoy con nadie, eso es todo —añadí para justificarme.

—Yo tampoco he estado con nadie, nunca, papá. Por eso quiero que hoy me tomes, como hiciste con mamá —dijo tan segura de sí misma que daba tremendo vértigo.

Se puso en cuclillas frente a mí y tiró de mi cinturón tratando de quitármelo. Yo me negué, forcejeamos y terminó con sus dientes clavados en mi bragueta, aquel acto sutilmente salvaje me soliviantó de una forma que no podía creerlo.

Entonces se echó hacia atrás y se bajó su tanguita negro, dejándolo a un lado se sentó en el sofá y abrió sus piernas mostrándome su sexo desnudo y especialmente depilado para la ocasión.

Levantó sus piernas y apoyó sus talones a ambos lados del sofá, quedando muy expuesta frente a mí, se abrió su rajita rosada y esta lució tan lubricada y sensual que me pareció un fresón maduro.

—¡Mira papá! Estoy tan cachonda que, si tan solo me rozas mi clítoris, creo que me correré —dijo mientras ella misma se masajeaba la zona.

—Pero hija, ¿qué quieres que haga yo? —le pregunté sintiendo que mi erección era ya total.

—Quiero que te quites el pantalón y que me folles ahora, como hiciste con mamá aquella noche —dijo con una seguridad que daba miedo.

Sentía mi erección tan dura que por instinto llevé mi mano a ella y la acomodé mientras me presionaba el bóxer bajo el pantalón.

—Ven, papá. ¿Me vas a dejar así de caliente? —dijo insinuándose mientras no paraba de masturbar su clítoris.

Pensé en una salida, pensé que tal vez si le provocaba un orgasmo saciaría su sed de sexo o tal vez que si me lanzaba sobre ella se asustaría y dudaría de continuar aquella locura.

Me arrodillé ante ella y posé mi mano sobre sus ingles rasuradas, su suave piel se juntaba en un surco perfecto.

Separé sus labios y con un dedo surqué la ola de sus jugos, que manaban en abundancia. Su madre también era muy caliente en este aspecto, algo que me transportó por un momento a aquella noche y que sin duda ella heredó. Acaricié su clítoris tras surfear sus pliegues y ella gimió con fuerza.

—¡Uf, papá, sííí! ¡Sigueee… pooorfa…! —gruñó mientras se aguantaba las piernas abiertas con ambas manos.

Me abalancé sobre sus pezones desnudos y los chupé, mordisqueándoselos suavemente mientras mi mano frotaba su clítoris allí abajo. Ella no paraba de gemir y contorsionarse. Yo seguía besándole las tetas, pasando de una a otra sin dejar de frotar su excitado sexo depilado.

Así llegó su primer orgasmo, comenzando a contorsionarse y estremecerse mientras se abrazaba a mí con fuerza.

Sentí su sexo golpearme la bragueta, y sus piernas cruzarse en mi cintura capturándome sin posibilidad de que la dejase sentada en el sofá en aquel momento.

Permanecí de rodillas con ella abrazada a mí convulsionando hasta que su cuerpo se aflojó y sus brazos me liberaron.

—¡Oh, papá! Nunca pensé que fueses tan buen amante. Has conseguido que me corra con tan solo besarme las tetas y acariciarme el clítoris.

—Me alegro hija, ¿podemos dejarlo por hoy? —dije mientras respiraba acaloradamente, separándome de ella.

Su mirada en mi erección fijó sus intenciones y echando mano a mi cinturón de nuevo trató de desabrocharlo.

—Ahora quiero lo tuyo, papá —dijo con una obcecación propia de su juventud.

Esta bajó la cremallera y rápidamente introdujo la mano agarrándome mi erección por la base con fuerza.

—No te voy a soltar papá —dijo victoriosa cuando la asió.

—Pero, hija, esto no puede ser —dije yo protestando de nuevo.

Había intentado impedir que me desabrochara el cinturón y se había escabullido, así que decidí claudicar y acceder a sus súplicas, tal vez al verla entrara en razón.

Me quité el cinturón y tiré del pantalón llevándome el bóxer a la vez.

Mi erección quedó al aire balanceándose como una palmera al viento.

—¡Oh qué preciosidad! —dijo, y ni corta ni perezosa la agarró por la base y comenzó a menearla adelante y atrás.

El vértigo era indescriptible. Con ella espatarrada en el sofá tirándome de mi dura polla, yo no sabía qué más hacer para hacerla cambiar de opinión.

Entonces tiró de mi cintura con la otra mano tratando de que me aproximara a ella, tan abierta y expuesta como al principio.

—Vamos papá, adelante, quiero perder la virginidad como hiciste con mamá —dijo una vez más en una cantinela que ya era repetitiva en toda la noche.

Estaba obcecada en aquel pensamiento y nada parecía hacerla cambiar de opinión. Y yo, sintiendo su mano tirar de dura polla, con esta abierta de piernas, con su fresón sonrosado frente a mí, invitándome a penetrarla.

—¡No puedo hija, no puedo desvirgarte sin más! —le dije maldiciendo mi suerte.

—Está bien papá, no importa, durante meses me he especializado en algo secreto que hoy compartiré contigo —dijo para mi sorpresa.

Soltó mi erección y se incorporó, dándose la vuelta se apoyó con las rodillas en el sofá del saloncito de mi apartamento y me ofreció su trasero, perfectamente redondo como dos globos gemelos.

—Este es mi pequeño secreto, para no perder mi virginidad aprendí a follarme el culo, papá. Vamos, ¡fóllamelo!

Vamos, fóllame el culito —dijo mientras se chupaba dos dedos para lubricarlos y me daba muestras de que decía la verdad penetrándose ante mi asombro.

Aquello era un callejón sin salida. Caí rendido ante su insistencia. Mi lengua se clavó en su ano y su almizcle me supo a gloria.

—¡Ahhh, papá, sííí, qué buenooo…! —gruñó mientras yo no paraba de lamer su raja y su culo a la vez, preparándola para el coito anal.

Tal vez fue el hecho de tenerla de espaldas, o la tranquilidad de no hacerle perder el virgo en la primera vez, pero me encaramé a su grupa dura y redondeada. La ensarté suavemente, permitiéndome ella acceder a su más tierno interior culero a medida que se dilataba.

—¡Sííí, fóllame el culo, papáaa! —gritó desesperada.

Y la follé el culo con tremendas ganas, aferrándome a sus caderas, tratando de no hacerle más daño del necesario.

Esta no suspiraba y se aferraba al sofá con fuerza.

Mientras hacía una pausa ella misma tomó el mando y comenzó a moverse adelante y atrás rítmicamente para follarme ella misma con su culo.

No quise esperar más, la tensión era máxima y ambos estábamos desatados, así que comencé a correrme, llenando su culito con mi leche caliente mientras ella retozaba y se retorcía de placer, llegando a morder un cojín del sofá al que se había aferrado.

Lo impensable ocurrió, ante su insistencia claudiqué. Cuando envainé mi sable y me senté en el sofá, ella quedó liberada y también se sentó a mi lado agarrándomela de nuevo.

—Es prodigiosa papá, de la próxima no pasa, la quiero en mi coñito virgen, ¡no lo olvides! —zanjó para mi asombro.

Y es que ese era otro rasgo materno, la terquedad de su madre se había concentrado en la hija y no iba a dejar que saliera del aprieto tan fácilmente en la próxima ocasión que tuviera…