Capítulo nueve #2
Me lo llevo a la boca y la música más dulce posible brota de sus labios. Gemidos, jadeos, palabras de aliento susurradas…
No es que los necesite. No pienso rendirme hasta ganarme mi premio.
Su espalda se arquea, empujándome la boca más abajo, cada vez más profundo en el valle de sus tesoros ocultos. Sumerjo la lengua en su vagina, porque claramente eso es lo que me está pidiendo. Las pequeñas señales y sutilezas de su cuerpo me lo dicen sin ninguna duda.
Gime de placer, y lo hago de nuevo. Más profundo.
Con un agarre firme en sus muslos, concentro aún más mis caricias.
La penetro con la lengua unas cuantas veces, luego vuelvo a subir a su clítoris.
Le encanta que se lo acaricien con un dedo.
Me pregunto si le gustaría que lo chupara.
Lo descubro de inmediato, cuando se estremece contra el colchón con un grito desatado.
Sus uñas se clavan en el dorso de la mano, y se queda paralizada, apretando los muslos contra los lados de mi cara.
Qué triunfo. ¡Qué recompensa!
Haría esto por ella todos los días, si me deja. Varias veces al día, incluso. Por un momento, hay calma. Pero entonces llega la tormenta: Alexis se pone de rodillas y me obliga a tumbarme en la cama. Su repentina determinación no me sorprende, aunque todavía no nos conocemos tan bien.
No sé muy bien cómo sucede, pero acabo tumbado de espaldas mientras me quita los vaqueros y los bóxers. Pierdo toda noción del tiempo y el lugar cuando se sube encima.
De repente, estoy en el cielo con un ángel a horcajadas sobre mí.
Aunque había querido llevar su placer un poco más allá, ahora mismo soy incapaz. Toda la tensión y el sufrimiento de las últimas tres semanas y media me han vencido.
Solo ella puede calmarme ahora. Y lo hace bajando sobre mi polla con una lentitud exquisita.
Alexis es sorprendentemente fuerte. Cuando empieza a moverse, lo noto por la regularidad y seguridad de sus movimientos. Algo me dice que puede mantener este ritmo durante un buen rato. Yo no. Estoy casi agotado, y ella lo sabe.
Lo noto en esa sonrisa sutil. Ahora tiene ella el control. En realidad, lo ha tenido desde el principio.
—Eres preciosa, Alexis.
—Shh…
—Lo eres todo. Joder.
—No hables. Solo disfruta.
Oh, eso ya lo estoy haciendo. Disfrutando cada segundo, porque esto puede acabar en cualquier momento. El final está cerca. Pero lucho por aguantar. Al menos debería durar lo suficiente para darle otro orgasmo.
Pero cada respiración, cada caricia, cada beso me sigue recordando aquella noche. La noche en que todo comenzó. La noche que creí haber perdido para siempre. Se había convertido en una fantasía con la que reconfortarme.
Al mismo tiempo, ese recuerdo palidece en comparación con el presente. Al mirarla a los ojos, quiero creer que para ella es igual. El cosquilleo en el pecho me dice que sí.
La primera vez que pasó esto, todo era desconocido. Nuestros verdaderos sentimientos, nuestras esperanzas y sueños seguían casi ocultos. Ahora, todo está al descubierto.
Se inclina y me rodea los hombros con los brazos, sin dejar de cabalgarme.
He llegado. Este es y siempre será mi hogar.
Dios, ya amo a esta mujer tan profundamente. Y estoy deseando descubrir todo lo que me queda por saber de ella, para poder amar también eso.
Se frota contra mí, perdida en el momento, y sus dientes me rozan el cuello mientras su cuerpo se funde con el mío. No voy a aguantar, por mucho que luche. Su coño me aprieta con fuerza, desatando ola tras ola de sensaciones que nacen en mi centro y se extienden hasta cada extremidad.
Ella también está cerca. Lo noto en el pequeño temblor de sus muslos carnosos que aparece con cada embestida. Y la tensión. Dios mío. Me aprieta aún más fuerte.
Ya está. Casi. Toda esta tensión acumulada está a punto de estallar.
Cierro los ojos y me dejo guiar por el tacto. Mis manos en sus nalgas suaves, guiando cada movimiento, animándola cuando flaquea.
Y entonces… Aunque también lo sentí la última vez, no estoy del todo preparado. Cuando su cuerpo se rinde, yo también quedo indefenso. Incapacitado por el placer, solo puedo atraerla con fuerza contra mi pecho.
Mi polla está enterrada en lo más profundo de ella cuando explota. Como una ola gigante, el placer me envuelve en su dulce calor.
Esta vez ni nos hemos molestado en usar condón. ¿Para qué, si el resultado ya está decidido?
Te quiero, te quiero, te quiero.
Es el estribillo de nuestro orgasmo simultáneo. No sé si lo estoy diciendo en voz alta. Espero que no, no vaya a ser que la asuste otra vez.
Por suerte, no se mueve. No huye de esto. Y por eso siento que estamos aún más cerca que hace un momento, con mi boca pegada a sus pliegues.
El sudor nos cubre el cuerpo. El pelo de Alexis se le pega a la cara. Es lo más hermoso que he visto y no puedo dejar de mirarla. Ni de abrazarla, de acariciar su piel húmeda.
A este paso, no la soltaré nunca. Pero no se lo digo, porque ya he dicho bastante por hoy.
El siguiente paso depende de ella. Nos tapo con las sábanas y nos quedamos así un momento, recuperando el aliento.
—Lo he pensado un poco. Y creo que aceptaré —dice Alexis, rompiendo el silencio.
Sacudo la cabeza y frunzo el ceño.
—¿Aceptar el qué?
—Tu propuesta —aparta la mirada y sonríe brevemente—. Si sigue en pie, claro.
En cuanto caigo en la cuenta, el corazón me empieza a latir con fuerza otra vez.
—¡P-por supuesto! Sigue en pie.
—Aunque todavía no. Es que siempre pensé… —se encoge de hombros y mira a lo lejos.
No me atrevo a decir nada, no vaya a ser que la desanime y no termine lo que intenta decir. Es evidente que no le resulta fácil, sea lo que sea.
—Siempre pensé que solo tendría un bebé después de sentar la cabeza y casarme. Está claro que lo que ha pasado este último mes me ha hecho replantearme eso. Pero ahora…
Una vez más, no me lo puedo creer. No soy un tipo anticuado, pero ese pensamiento debió de pasarme también por la cabeza, o no le habría pedido impulsivamente que se casara conmigo.
—Cuando estés lista, aquí estaré. Siempre —digo.
Me mira y esboza otra sonrisa sutil. Qué curioso. Nunca la había visto tan tímida. Se me derrite el corazón otra vez.
—Ah, ¿y en serio le pediste dinero prestado a Sean para el negocio? —pregunta.
Ahora me toca a mí sentirme incómodo. Pero le prometí sinceridad, y eso es lo que tendrá. Asiento despacio.
—¿Quiero saber cuánto?
Hago una mueca y esta vez niego con la cabeza.
—Vale. Vamos a tener que hacer algo al respecto. Juntos.
—Creía que ya no querías trabajar aquí.
—No quería ser tu empleada. No es lo mismo.
Tiene razón. Y le ofrecí ser socios a partes iguales antes de darme cuenta de todo lo que eso implicaba. Pero mientras pueda tenerla en mi vida —y en mis brazos, por supuesto—, no solo me parece bien: estoy eufórico.
Socios. En todo. Para siempre.