Caerás en mi trampa Capítulo 68
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Capítulo 68

Simon

Me ato las zapatillas de deporte para correr a las siete y media de la tarde. Reservé mi ruta más larga del fin de semana para esta noche, la noche del domingo: veintidós kilómetros.

Si bien disfruto corriendo por el oeste de Chicago, no puedo negar la violencia que azota estos vecindarios y sé que no es la mejor idea correr por la calle a oscuras un fin de semana. Las decoraciones de Halloween tampoco ayudan: los fantasmas, las brujas y las caras de espanto.

Pero nunca dejo de correr por estas calles.

Me inspiran: la gente luchando por salir de la pobreza y las escuelas venidas a menos, siempre recibiendo las sobras, pero aun así tratando de salir adelante.

Tengo una vida privilegiada. Lo sé. Tuve malos momentos, claro, pero nunca me pregunté si tendría un plato de comida en la mesa, nunca me pregunté si iría a la universidad, nunca tuve que evitar estar cerca de las ventanas de mi propia casa por miedo a una bala perdida, nunca me dijeron que no había esperanza para mí.

Nunca me ignoraron. “Encontrarás a alguien que ames”, me dijo mi madre en su última semana de vida, casi luchando para que las palabras salieran de su boca.

Tenía razón. No tuve problemas para encontrar a alguien que amo.

De hecho, encontré a dos personas. La cuestión es que ellas me amen.

Ese es el vacío que sentía, incluso antes de darme cuenta de que era un vacío.

Termino corriendo más rápido de lo que esperaba, supongo que por la ansiedad. Recorro unos once kilómetros en menos de cuarenta minutos.

Me detengo en el callejón detrás de Viva Mediterránea; siento el aire frío sobre mi rostro sudado y mantengo el gorro de lana bastante bajado.

No es que Christian vaya a reconocerme, ni siquiera si saliera a su terraza esta noche fría y me mirara.

¿Ha visto alguna fotografía mía? Puede ser.

Es probable. Nunca nos hemos visto en persona.

A las ocho, enciendo mi teléfono verde y meto la tarjeta SIM. Ya tengo un mensaje esperándome:

Sé que no vas a leer esto hasta mañana por la mañana.

Lamento decírtelo por mensaje en lugar de hacerlo en persona.

Me habría costado mucho hacerlo cara a cara.

Así que, aquí va. Estuve pensándolo mucho y no podemos estar juntos.

No funcionamos. Me pareces una persona MUY especial, pero, si algo aprendí, es que dos personas, para estar juntas, tienen que ser la una para la otra.

Y nosotros no lo somos. No puedo casarme contigo y no estar realmente contigo.

Me iré de la ciudad algunos días para despejar la mente.

Voy a apagar el teléfono. Ya sé que es difícil, pero tengo que hacer lo que sea mejor para mí y es justamente esto.

Por favor, respeta mi decisión y no intentes contactar conmigo.

Lo siento mucho. No quería hacerte daño.

Empiezo a escribir tan rápido que casi se me cae el teléfono:

¿Es una broma? No puedes estar hablando en serio. Todo es grandioso entre nosotros. ¡Por favor, dime que es una broma!

Aparece que está escribiendo. No le lleva mucho tiempo:

Lo siento, no es una broma. No puedo estar contigo. Por favor, respeta mi deseo. Esto es lo que quiero. No voy a cambiar de parecer. Créeme que es lo mejor para los dos.

Respondo de inmediato:

Hablémoslo. En persona. No lo hagamos por teléfono. Si hay algún problema, hablémoslo. Por favor, al menos dame esa oportunidad. ¿Estás en tu casa ahora?

Su respuesta llega enseguida:

No, ya te lo he dicho, me he ido de la ciudad por algunos días. Si me amas, respetarás mi decisión. Voy a apagar el teléfono ahora.

Respondo de inmediato, rompiendo la regla número uno sobre usar nuestros nombres:

Lauren, por favor. Hablemos en persona. O llámame.

No responde. No aparece que esté escribiendo.

Lauren, por favor. Si TÚ me amaras, al menos me hablarías.

Una vez más, no hay respuesta. No hay nada.

Lauren, te lo ruego.

Pulso Enviar.

¿¿¿¿¿¿Así tratas a alguien a quien AMAS??????

Pulso Enviar.

Y luego, después de unos segundos, una respuesta:

No te amo. ¿Ok? Nunca te amé. Necesitaba a alguien diferente después de un matrimonio desastroso. Solo fuiste una etapa de ese duelo. Pero nada más. Es cruel, lo sé, pero tú me obligaste a decirlo. Por favor, no me vuelvas a escribir.

Dejo de escribir y la llamo. La voz robótica me dice que el número al que intento llamar no se encuentra disponible.

No le dejo un mensaje de voz. La vuelvo a llamar. La misma voz robótica.

La llamo otra vez. La misma voz robótica.

La llamo otra vez. La misma voz robótica.

Abro los mensajes. Con el corazón acelerado y las manos temblorosas, le escribo un último mensaje:

Esto no ha terminado.