CAER ENTRE LAS SABANAS DE OMAR ABBAR CAPITULO 37
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CAPITULO 37

AMAYA.

La primera vez que lo vi me genero un sentimiento de pertenencia, de tranquilidad, me hizo sentir única en el mundo, única ante sus ojos. Me hizo sentir algo que nunca en mi vida había sentido. Por primera vez quise entregarle mi confianza a alguien diferente, a una persona distinta a mi entorno, que estaba fuera de mi zona de confort y cuando creí que estaba lista para dar el siguiente paso y dejar a un lado mi oscuro pasado él me traiciono.

Pero que podía esperar de alguien que vive en el mismo mundo en el que vivo incluso aún peor.

Ahora estoy aquí encerrada bajo el poder de la mafia italiana. Él hombre que creí bueno y jodidamente hermoso me ha secuestrado y obligado a permanecer bajo su techo junto a mi cuñada embarazada.

Quien lo creería ¿no? Que tonta fui al confiarme por aquella sonrisa preciosa de dientes impolutos, y lo peor de todo es que a pesar de estar aquí al mando del enemigo de mi hermano aun sigo sintiendo ese aleteo molesto en mi estómago, ese sentimiento de atracción que no puedo explicarme ¿Por qué diablos lo siento?

Tocan la puerta dos veces haciéndome sobresaltar al momento. La puerta se abre y de ella desciende el hombre mis delirios.

—Te cuesta dormir principessa —suelto un suspiro y me giro para mirarle a los ojos. ¡Maldición porque tenía que tener unos ojos tan bonitos!

—¿Y eso a ti qué? —respondo secamente. Él se encoje de hombros y acorta la distancia que hay entre nosotros.

—Quizás te acostumbre a desvelarte la mía dolcezza —dice mientras toma uno de mis mechones oscuros entre sus dedos. El simple hecho de que este tan cerca, de que su perfume llene el lugar pone mis bellos de punta y hace que mi corazón retumbe en mi pecho.

Sin quitar mis ojos de los suyos murmuro —¡te odio! —sin esperármelo su mano se hunde en mi cabello tomándolo con fuerza y arrimando mi rostro más cerca de la suya.

—No lo haces diosa mía —un gemido suave sale de mi garganta en el momento en que su frente se apoya en la mía y sus labios rosan mi mejilla — sei troppo bella e seducente —trago grueso al escuchar su ronca voz tan seductora y malditamente provocadora.

—Déjanos libre —murmuro con la voz apenas audible.

—¡No!, las dos se quedarán aquí hasta que llegue un acuerdo con tu hermano —responde sin dejar de mirarme con aquel fuego en sus ojos, sin separarse ni un centímetro de mi —te quedaras Amaya, te quedaras y cuando eso pase yo te enseñare lo que se siente ser esclava de mi amor —cierro mis ojos completamente mareada, mareada de su olor afrodisiaco, cautiva de su voz de su cuerpo.

No sé qué me pasaba, mi alma se mantenía insistente y sumisa ante los deseos de este hombre, es como si fuera un imán que atrae metales y yo sea ese metal que es arrastrada en contra de su voluntad hacia él.

—Bellezza della dea —belleza de diosa. Dice antes de presionar sus labios posesivamente contra los míos.

No me resistí, no me aleje, solo disfrute de la fuerza magnética que posee, solo disfrute del calor acumulado en mi bajo vientre. Sus besos, mis brazos rodean sus hombros cayendo abismalmente en su red de seducción. Él me alza con sus brazos y yo rodeo su cintura con mis piernas. No dejamos de besarnos en ningún momento y cuando siento la blanda cama en mi espalda actuó sin pensar en las consecuencias y arrepentimientos.

Lo ayudo a deshacerse de la ropa y el mete sus manos dentro del camisón subiéndolo hasta mi cintura. Él sonríe socarronamente mientras baja su cabeza hacia mi sexo desnudo. Muerdo mi labio inferior cuando besa mi feminidad. Mis dedos se enredan en sus risos suaves y entre jadeos, succiones Leonardo me hace llegar a lo que todos llaman orgasmo.

—Seras mia, seras mia dea dell’impero della sabbia —princesa del imperio de arena.

Nunca había sentido nada como esto, lo único que he conocido de un hombre es el dolor que puede proporcionar con sus puños, el dolor de la perdida, el sufrimiento de un alma rota por la miseria de la vida misma.

Leonardo posa sus brazos a cada lado de mi cabeza, sus ojos hermosos me miran con un deseo ardiente que incluso podría quemar toda esta enorme propiedad con su fuego interno. No sé por qué mi cuerpo correspondía tan cálidamente al suyo, no entendía por qué mi corazón latía con fuerza por él, pero de alguna manera encontraría la forma de escapar de sus garras, de odiarle y alejarme de él.

No pensaba ser esclava de su amor ni mucho menos ser la prisionera de su enorme jaula dorada, aunque eso que importaba ya que siempre he vivido en una.

—Mi dulce caramelo, tortolita exótica —murmura mientras empuja. Su miembro dentro de mí. Por un momento sentí un indicio de pánico, pero en el momento en que nuestros ojos se encontraron fue más que suficiente para que mi cuerpo y mi alma se sintiera confiados de este hombre que en parte es un desconocido para mí —no dejes de mirarme, nunca quites tus ojos de los míos.

—Mmm —gimo cuando todo su miembro entra por completo en mi estrecha entrada. Muerdo mi labio inferior y poso una de mis manos en su espalda. Empieza suavemente moviendo su cintura en círculos tocando un punto dulce de sexo, el jadeo gutural y la jodida sensación húmeda es más que suficiente como para pedirle más —Leo…

—Que bien se escucha mi nombre en tus labios caramelo —dice sin subir el ritmo —solo pídemelo y te lo daré —trago saliva y bajo mi mirada. Veo como nuestros sexos se unen y la sensación se intensifica.

—No… no puedo —murmuro tímidamente.

—Claro que, si puedes dulzura, solo dilo —hundo mis dedos en la piel de su espalda y asiento. Rodeo su cintura con mis piernas y acerco mi rostro al suyo.

—Solo dámelo, dame todo lo que tienes —digo sin más, guardando mi pudor bajo la almohada —cógeme fuerte —una sonrisa sexy aparece y todo comienza con eso. Un fuerte beso, una de sus manos tomando de mi cabello con fuerza, ejerciendo dolor en mi cuero cabelludo. Sus embestidas crudas y precisas, fuertes y abrumadoras.

—¡Ahh, ah si Dios! —grito incapaz de no hacerlo.

—Voy a romperte mi caramelo, voy a joderte el alma al punto de que no puedas olvidarme nunca —me sigue penetrando sin cesar —voy adorar tu cuerpo de diosa árabe hasta el punto de que solo puedas pensar en mi en cada segundo que no esté contigo. Desde ahora eres mía Amaya, eres mía, me perteneces.

Voy a negar, pero su boca toma la mía y se traga todos mis gemidos y gritos.

Estaba perdida, completamente perdida.

***

OMAR.

Tenía miedo, un miedo que cada segundo empezaba a carcomerme muy dentro. Había aceptado hablar con el maldito de Leonardo, me ha citado para hablar sobre un trato de paz. No me importaba nada ahora, no me importaba si quiera lo mucho que arriesgaría si aceptaba hablar con él. Estaba haciendo todo lo posible por mantener la calma, pero es algo que no puedo tener.

Mi madre se enteró de lo sucedido y ahora en este momento se encuentra hospitalizada por una baja de presión. Mi padre ya empezó a mover sus contactos juntos con los míos. Harum se ha mantenido callado y muy dentro de mi sabe que me culpa de lo sucedido.

Él me lo advirtió, pero quise hacer caso omiso.

—Estamos listos…, es hora de ir por ellas —mi hermano entra sin siquiera tocar. Me quedo mirándole por un buen rato antes de asentir y tomar mi arma del cajón de mi escritorio. Esta vez no usaba mi típico abaya, mi traje de tres piezas color negro junto con mi porta armas escondida entre el saco. Salgo de mi despacho y en el camino me encuentro a Salome esperandonos en la entrada.

—Cuídese señor, y traiga a la señora a casa —no dudo ni un segundo y tomo su rostro y beso su frente.

—Mantente preparada por si hay un ataque en nuestra ausencia, no salgas de casa ¡entiendes! —asiente.

—Salome… —Harum va a decirle algo, pero ella ya se ha encaminado hacia la cocina.

—Todo hubiera sido más fácil si hubieras pedido su mano, pero preferiste hacer las cosas complicadas. Mi hermano no me dice nada y sale de la casa. Yo le sigo y ambos subimos a todo terreno, el jet privado está listo para nuestro viaje, en menos de 10horas estaremos en estados unidos. Ya teníamos un plan, aunque mi hermano insistía en que aceptara cualquier cosa que pidiera el bastardo De Rosa, no está dispuesto a ceder cualquier cosa, pero si es dinero lo que pide bienvenido sea, si no pues que haya guerra.

—Te lo había advertido hermano, no era bueno que insistieras y siguieras el maldito plan de quitarles territorio a los de la famiglia, pusiste en riesgo la vida de tu esposa y la de nuestra hermana, ahora somos un punto de mira para nuestros enemigos, un De Rosa pudo entrar y salir de nuestro territorio impune y eso le hará creer a los demás que es fácil entrar en nuestras tierras y robarnos sin que nos demos cuenta.

—Ya me has repetido eso más de mil veces Harum, ¿de verdad crees que no soy consciente de ello?, no soy estúpido, pero eso no volverá a pasar.

—Bien, no dejes que tu amor por tu esposa te segué hermano.

—Tu eres el menos indicado de decirme eso —respondo ya obstinado de su cantaleta.

Llegamos siete horas después, cuando nos bajamos del jet ya un auto está esperándonos. Todo nuestro equipo entra en sus respectivos todo terreno mientras que yo junto a mi hermano vamos en una limosina.

Saco mi móvil y marco el teléfono de Leonardo, al segundo tomo este responde —oh, pero si es mi querido socio.

—Déjate de juegos De Rosa —una risita se escucha en el fondo y algo dentro de mí se detiene. Esa es ella, es mi adorada rubia —¡pásame a mi esposa! —ordeno ansioso de escucharla, de sentir su cálido cuerpo contra el mío.

—No, eso es algo que no pienso conceder —mi mano libre se hace puño, las ganas de romperle la cara está sin desaparecer de mis entrañas —pero no te preocupes tu chica embarazada esta sana y a salvo, y tu hermana pues… esta excelente.

—Quiero hablar con ellas —vuelvo a repetir, pero esta vez más bajo.

—Ya tendrás oportunidad Abbar, ten paciencia, nos vemos en el punto de encuentro —cuelga sin siquiera dejarme terminar. Suelto un suspiro frustrado, mi hermano me mira confundido y niego

—No sé qué es lo que querrá ese hombre, pero si me pide más de lo que debería juro que le matare, y si fue capaz de tocarle un solo cabello dorado a mi esposa, o a mi hermana juro que hare arder en llamas esta maldita ciudad.

Voy por mi mujer, y no me importara los sacrificios que tenga que hacer.