Caelum 19 #2
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19 #2

—Ahora que estás lista te he venido a buscar. Las mujeres tenemos que despertarnos más temprano para hacerles la comida a los muchachos —sonrió Aeris, como si lo que había dicho no me hubiera horrorizado por completo.

Aeris abandonó la habitación con el gato en sus brazos y yo pregunté al aire:

—¿No comeremos nosotras también?

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Entre las tareas que más odiaba estaba cocinar, limpiar y hacer cualquier tipo de arreglo; sabía que cualquier tarea similar resultaría en un desastre, tal vez incluso en un incendio.

Sin embargo ahí me encontraba, esforzándome por tostar un simple cuadrado de trigo sobre la cocinilla.

Aunque intentaba concentrarme al máximo, veía cómo los bordes se iban quemando y el resultado ya no lucía apetitoso.

Me di cuenta de que no era culpa mía, sino una falla del orfanato.

¿No podrían haberme asignado algo en lo que fuera útil?

¡Cualquier cosa! ¿Qué tal ir a pescar? Incluso con una simple lanza lo habría hecho mejor.

Después de largos minutos los chicos de la casona hicieron su aparición en fila. Ellos, a diferencia de nosotras, las mujeres, podían acomodarse en las sillas y descansar después del... ¿descanso?

—Gyuri, se te está quemando la tostada —me susurró Aeris al verme distraída frente al fogón.

Cuando ya todos los hombres estaban comiendo, quise preguntar: «¿Por qué las chicas no podemos comer lo que cocinamos?

¿A qué esperamos?». Las niñas del orfanato estaban ahí, mirando cómo sus hermanos se disponían a deleitarse con sus platos.

Era injusto, una aberración, pero ninguna de ellas protestaba.

Me paré en línea junto al resto de las chicas y miré, quizá con evidente molestia, cómo los hombres devoraban el desayuno mientras aumentaba mi fatiga.

Cuando los chicos estaban a punto de partir y mi estómago estaría finalmente liberado del sufrimiento, Rydel llegó y tiró de mi falda como si quisiera esconderse debajo de ella.

Las otras niñas lo miraron extrañadas, así que evité que lo lograra.

Debía proteger la reputación del inocente Rydel a toda costa.

Me arrodillé frente a él y lo miré directo a los ojos.

—Rydel, ¿qué pasa? ¿De quién te escondes? —susurré mientras tanteaba el cabello desordenado del querubín.

El lado izquierdo de su cabello estaba erizado y el otro estaba aplastado, modelado por la almohada en la que había dormido.

—No quiero ir con los chicos. Tengo miedo —me contestó—. Por favor, ayúdame a esconderme. Yo no quiero usar lanzas, no quiero enfrentarme a ellos. ¡No soy capaz de hacer eso!

—Rydel —traté de decirle, pero el querubín plantó su rostro en mi regazo—. ¡Rydel! ¡Espera! Tienes que ir. Eres un niño, solo las niñas nos tenemos que quedar aquí.

—¡Pues eso no es justo! ¡Yo no quiero! —gritó, sofocado con la tela de mi falda.

Asentí con expresión melancólica, pues sabía cómo se sentía ser obligada a hacer algo por el mísero motivo de haber nacido chico o chica.

Mientras consolaba al pequeño alguien ocupó el ventanal por el que entraba la luz del exterior, proyectando una sombra sobre nosotros.

Al levantar la cabeza, me encontré a Cyrone frente a mí.

Aunque él reducía la intensidad de la luz, sentí como si me hubiera cegado solo con verlo, debido al torrente de emociones que despertaba en mí.

Mi corazón dio un vuelco y latió con fuerza, como las alas de un dragonarto desesperado por entrar a Dregonia.

Me puse de pie y noté cómo el pequeño niño se acercaba más a mi cuerpo.

Acaricié el cabello de Rydel y juraría que Cyrone notó mi gesto y esbozó una pequeña sonrisa.

—Rydel, tenemos que irnos —le dijo el serafín al pequeño, para luego dirigirse a mí—: No le des falsas esperanzas, él no puede quedarse aquí.

Parecía que no tenía intenciones de mencionar lo que había sucedido la noche anterior entre nosotros, y como tampoco quería entrar en detalles sobre lo que yo había hecho después, decidí seguirle la corriente.

—¿Por qué no? Nosotros no somos dregonenses. Podemos oponernos a las reglas de aquí. ¿No lo ves? ¡Está temblando! —le espeté, levantando la muñeca del querubín para enseñársela.

Cyrone me tomó con delicadeza del brazo para apartarme del grupo y se me acercó al oído, tanto, que cuando comenzó a hablar me tensó el cuerpo de pies a cabeza.

—Gyuri, es verdad que no todas sus costumbres tienen sentido para nosotros, pero ha sido así desde hace muchos años.

Antes incluso del Gran Diluvio, un hombre alegó entre los dregonenses tener una nueva revelación del rol de Nylena y los serafines, a quienes muchos, como antes lo hacías tú, consideran varones.

Nylena es conocida en Dregonia como la Suma Servidora y los serafines son sus protectores.

Suena bonito, pero en la práctica algunos lo han distorsionado, es por eso que se dan segregaciones como esta.

—¿Tan mal concepto tienen?

—Es lo que sucede cuando no nos conocen. Pero ahora no queremos llamar la atención, ¿verdad?

Me aparté un poco de él y le sonreí a Delfina, que iba pasando por nuestro lado.

—Solo... no te despegues de Ry, ¿sí? —le pedí con resignación, mientras separaba a Rydel de mí y le daba un empujoncito en dirección al serafín. El niño no tuvo más opción que aceptar y acompañarlo.

—A veces se te olvida que Rydel no es cualquier niño —me reprendió—. Él es un querubín de aire. No necesitará a nadie encima que le proteja, tenlo por seguro.

Y como si aquellas palabras hubieran animado a Ry, el pequeño se irguió en su lugar y salió corriendo hacia el resto de niños.

—A veces se te olvida que tengo una enfermedad que se llama «haber sido hermana mayor toda la vida» —le susurré a Cyrone cuando el querubín se separó de nosotros. El serafín soltó un poco de aire por los labios, señal que me hizo suponer que le había causado gracia.

—No se me olvida. Lo tienes tatuado en la frente —me dijo luego de unos segundos, y plantó su dedo entre mis cejas, empujándome con una fuerza que solo tumbaría una menuda flor, pero a mí se me hizo suficiente para tambalearme.

—Ustedes parecen los padres de Rydel —escuché en una risita a mis espaldas, junto con aquella afirmación que no tardó en abarrotar mis mejillas de calor. Aeris nos vio callar y se quedó helada—. Un momento, entonces ¿es verdad lo que rumorean los comerciantes? ¿Que ustedes son los padres de Rydel?

Me di la vuelta hacia Aeris, y antes de que pudiera negarme ante aquel comentario, Cyrone se adelantó:

—Por supuesto que no —dijo Cyrone.

Aeris suspiró de alivio.

—Ya decía yo. Gyuri es muy pequeña para haber estado embarazada, ¿cuántos años tienes?

—Veinte —le respondí.

—Dos menos que yo. Sí, eres muy pequeña para ser madre. Deberías esperar por lo menos cinco años —afirmó Aeris alzando un dedo.

—Yo... —me adelanté con las mejillas calientes—. No creo que quiera tener hijos. —Me encogí de hombros—. Si perdiera a uno, no sé qué sería de mí.

—Tienes razón, no sabes cuántas personas sufrieron la pérdida de sus niños con el Gran Diluvio, ni tampoco cuántos niños perdieron a sus padres. Quizá te hagas una idea al contar a los chicos del orfa...

—Cierren la boca de una vez —vociferó Cyrone, interrumpiéndola bruscamente.

Ambas nos quedamos pasmadas, mirándonos sin entender por qué estaba tan irritado.

Al observar al serafín, intenté comprender la razón de su severidad.

Reparé en su piel pálida y su entrecejo fruncido, en el temblor de sus manos vendadas y en cómo las usó para tronarse el cuello. Al hacerlo, casi perdió el equilibrio.

—Capitán, ¿se siente mal? —preguntó Aeris. Cuando intentó tocarlo, él retrocedió, visiblemente nervioso.

—Disculpen —susurró.

Aún con la mirada perdida y la angustia escrita en su rostro, se marchó, dejándonos solas. Le dirigí a Aeris una mirada interrogante, preguntándole silenciosamente si debía seguirlo. Ella me asintió en respuesta.

Fui tras él y me detuve al ver como el serafín salía al pasillo y se detenía junto a una ventana.

Al abrirla, escuché el sonido de su vómito arrojado hacia el exterior.

Antes de que pudiera correr a ayudarlo, Delfina se aproximó a él y comenzó a masajearle la espalda con ternura.

Observé con dolor cómo él se deslizaba frente a la ventana y caía de rodillas.

En mi pecho se formó un vacío, tan oscuro y opresivo que no pude evitar soltar un suspiro de doloroso pesar.

—Yron, ¿qué sucede? —preguntó ella con un aire maternal.

—Estoy agotado... no sé cuánto más puedo soportar.

La anciana no cesaba de frotar la espalda del serafín, quien lucía visiblemente enfermo y desmejorado. Aunque me partía el corazón ver esa escena, opté por dar la vuelta y dejarlos a solas.

Más tarde le preguntaría qué había pasado.