Cadenas Capítulo 55
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Capítulo 55

San Isidro del Valle, Estado Central

El presidente municipal de San Isidro se empeñó en que ese día fuera simbólico. No solo quería organizar una fiesta; quería dejar una marca en la memoria de todos, una que pudiera repetirse con orgullo en los años siguientes.

Había insistido en organizar personalmente la celebración. Las Fuerzas Armadas, en su día, debían ser honradas como se merecían, decía, porque la paz —al menos la que se percibía— parecía haber regresado a la región.

El evento se había preparado con un despliegue de recursos que, para algunos, resultaba casi exagerado: templetes nuevos, banderines de colores cruzando la calle principal, mantas con mensajes de agradecimiento a las Fuerzas Armadas, arreglos florales, puestos de comida ocupando cada esquina.

El presidente estaba satisfecho, pero nervioso; era su primer discurso ante toda la gente desde que tomó protesta, casi seis meses atrás. Y no quería cometer los errores de los anteriores.

A la salida de la misa de las diez, la calle empezó a transformarse.

Las campanas aún no terminaban de callar cuando las familias comenzaron a ocupar los mejores lugares frente al recorrido del desfile.

Los niños tiraban de las manos de sus padres, emocionados por ver los camiones militares, los uniformes, las banderas y, sobre todo, los fuegos pirotécnicos que les habían prometido al final.

Las señoras, arregladas con su ropa de domingo, se acomodaban en pequeños grupos, mostrando su curiosidad con prudencia.

Los hombres se apostaban cerca de las esquinas, por costumbre, medio atentos a la fiesta, medio atentos a cualquier cosa que desentonara.

Lo que más llamaba la atención, al menos entre los adultos, era la ausencia de ciertos vehículos.

Esas camionetas de vidrios polarizados que antes cruzaban las calles sin que nadie se atreviera a mirarlas de frente, con placas de otros estados y motores que se reconocían antes de verlos, ya no estaban.

Nadie las había visto desde hacía meses.

Para muchos, esa ausencia era una señal clara de que las cosas habían cambiado.

Sin embargo, los más viejos no se dejaban llevar tan fácilmente. Ellos miraban otra cosa.

Notaban rostros que no eran de ahí, hombres que no parecían interesados en el desfile ni en el discurso ni en los niños corriendo.

Sujetos que se quedaban en las orillas, más atentos a la gente que a los soldados, como si estuvieran tomando nota de quién hablaba con quién, quién reía demasiado, quién parecía relajado por primera vez.

No llevaban armas ni cadenas de oro, pero había algo en su forma de pararse, en la manera de cruzar los brazos, que los delataba ante ojos acostumbrados a leer el peligro sin necesidad de ver la violencia.

—No te confíes tanto —murmuró un anciano a su nieto, cuando lo vio emocionado por la música—. El ruido tapa muchas cosas.

El muchacho no respondió. Aplaudió cuando escuchó a lo lejos el primer motor pesado que anunciaba la llegada del convoy.

El capitán responsable de la zona había prometido algo «espectacular, como nunca se había visto».

Y, por un momento, pareció cumplirlo. Las primeras camionetas surgieron a la distancia, en formación ordenada, seguidas por vehículos artillados y un par de unidades recién pintadas que contrastaban con las fachadas desgastadas del pueblo.

Los soldados, impecables, avanzaban con paso firme.

Los niños los miraban como si fueran héroes de película.

El presidente municipal observaba todo desde el templete, con una mezcla de alivio y adrenalina.

Tenía en sus manos el discurso, varias veces revisado, y, mientras veía la columna de vehículos acercarse, sintió la confianza de que, después de meses de rumores y de visitas constantes de autoridades estatales, al fin llegaba el día en que podía decir que «la paz había regresado».

Entre la multitud, no todos compartían ese entusiasmo.

Todavía había detalles que no encajaban en esa foto perfecta.

Algunos locales seguían cerrados, pese a la insistencia de abrirlos.

Familias que habían preferido quedarse en casa, prefiriendo ver el desfile desde la ventana, como si temieran que demasiada alegría trajera mala suerte.

Miradas que se desviaban cuando alguien extraño volteaba hacia ellos.

Y pensamientos que los traicionaban ante el recuerdo de que las Fuerzas Armadas fueron socias de las sombras.

Otros, en cambio, aplaudían con genuino alivio. La ausencia de balaceras en la madrugada, de cuerpos abandonados en la carretera, de llamadas anónimas, era una razón suficiente para festejar, aunque nadie pudiera garantizarles cuánto duraría.

Los más viejos sabían que la región estaba hecha de subidas y caídas, infiernos y treguas, amenazas y silencios. Por eso escuchaban los aplausos, pero prestaban atención al murmullo de fondo:

—Dicen que todo está limpio.

—Dicen que ya no mandan los de antes.

—Dicen que hay nuevos llegando.

El verbo «decir» flotaba en ese aire festivo, sin vergüenza, como si fuera parte de una conversación normal. Nadie mencionaba nombres. Nadie afirmaba nada. Todo se quedaba en esa comodidad donde las cosas se saben, pero no se confiesan en voz alta.

Cuando detonaron los primeros fuegos artificiales, el cielo empezó a llenarse de colores. Los niños gritaron de emoción; algunas madres se sobresaltaron, como si fuera el anuncio de un tiroteo.

El presidente tomó el micrófono, la gente guardó un silencio expectante y el eco de sus primeras palabras rebotó contra la muralla de gente: habló de futuro, de la reconstrucción, de oportunidades, de una nueva etapa para San Isidro del Valle.

Sus frases eran correctas, casi impecables.

Muchos lo escucharon con esperanza sincera. Otros, por educación. Unos pocos, con escepticismo obstinado.

Porque, aunque el pueblo parecía haber cambiado, no todos estaban dispuestos a apostar por ello.

Algunos repetían para sus adentros que el diablo no se va con discursos bonitos.

A veces, pensaban, el diablo solo se oculta, se guarda, se reorganiza.

Les da un respiro a todos para que bajen la guardia, para que se acostumbren otra vez a vivir sin mirar por encima del hombro.

Y cuando regresa —si es que decide regresar— ya no deja tantos huecos para escapar.

Sin embargo, ese día se olía a esperanza recién estrenada.

Nadie podía saber si era el comienzo de una paz duradera… o solo el descanso que el diablo se daba, confiado, antes de poner de nuevo sus cadenas.